Nadie en su sano juicio puede legitimar las escenas de destrucción, el pillaje de pequeños comercios y el caos que se produjo este sábado en las calles de Francia al margen de la manifestación multitudinaria que reunió al movimiento estudiantil y a sus simpatizantes (profesores, padres de alumnos, abogados, entre otros), a los chalecos amarillos y a los sindicatos de trabajadores. Tampoco la violencia política ejercida por unos pocos contra las instituciones del Estado, como la que destruyó literalmente el Ayuntamiento de Limoges, la que ocupó la entrada del Ayuntamiento de Marsella o la que se quedó a unos metros de alcanzar el Palacio del Elíseo. La condena de estos hechos debe ser absoluta. Y habrá que analizar en profundidad la naturaleza de los grupos violentos que, manifestación tras manifestación, aprovechan las protestas para sembrar el desorden, logrando que reivindicaciones sociales legítimas queden invisibilizadas.. Seguir leyendo
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos
¿Dónde queda la Francia intergeneracional que salió a la calle este domingo cuando el primer ministro Lecornu pide a los franceses elegir entre el bando de “las fuerzas del orden” y el de “los que tienen un proyecto violento contra la Républica”?
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Nadie en su sano juicio puede legitimar las escenas de destrucción, el pillaje de pequeños comercios y el caos que se produjo este sábado en las calles de Francia al margen de la manifestación multitudinaria que reunió al movimiento estudiantil y a sus simpatizantes (profesores, padres de alumnos, abogados, entre otros), a los chalecos amarillos y a los sindicatos de trabajadores. Tampoco la violencia política ejercida por unos pocos contra las instituciones del Estado, como la que destruyó literalmente el Ayuntamiento de Limoges, la que ocupó la entrada del Ayuntamiento de Marsella o la que se quedó a unos metros de alcanzar el Palacio del Elíseo. La condena de estos hechos debe ser absoluta. Y habrá que analizar en profundidad la naturaleza de los grupos violentos que, manifestación tras manifestación, aprovechan las protestas para sembrar el desorden, logrando que reivindicaciones sociales legítimas queden invisibilizadas.
Sin embargo, cuando el primer ministro, Sébastien Lecornu, afirma que los franceses deben elegir un bando, oponiendo por una parte “el de la República, de las fuerzas del orden y de las personas que protegen los bienes y las personas y aplican la ley”, y por otro el de “los alborotadores, los que tienen un proyecto violento contra la Républica”, ¿dónde queda esa Francia intergeneracional, proveniente de sectores sociales muy diferentes, que este sábado salió justamente a defender esa República en descomposición? Cuando Lecornu, y posteriormente el presidente, Emmanuel Macron, un hombre que lleva 10 años en el poder, centran su discurso en el restablecimiento del orden sin proponer absolutamente nada para subsanar el profundo malestar que recorre la sociedad francesa ante unas políticas que no han hecho más que profundizar las desigualdades, ¿a quién se están dirigiendo?
¿A esos estudiantes cuyas reivindicaciones, más que legítimas, han sido respondidas con disparos de munición de defensa en el rostro que los han dejado tuertos o con la mandíbula reventada a los 14 años, con granadas que les han arrancado una mano o con gases lacrimógenos que fueron lanzados incluso antes de que la manifestación comenzara, según informaron varios medios este domingo? ¿O a los potenciales electores de Marine Le Pen?

La líder de un partido cuyo eslogan es “La Francia apaciguada” y que lleva años presentando su formación, el Reagrupamiento Nacional, como el partido del orden, ha instrumentalizado el miedo de los ciudadanos ante una violencia que no se explica solo por el radicalismo, sino también por la propia violencia social de un Estado que ha dejado a demasiados ciudadanos al margen. Si de verdad les importara esa Francia que sufre y se siente desclasada, ¿por qué los chalecos amarillos, que durante meses movilizaron el país en 2018, viven hoy peor que entonces?
A seis meses de unas elecciones en las que el RN parte como gran favorito, la respuesta del Gobierno francés resulta decepcionante y carece de la más mínima autocrítica. Sobre todo, revela un poder atrapado en un bucle de violencia al que él mismo ha contribuido: una espiral que arranca con el maltrato social, continúa con la brutalidad policial y desemboca en los disturbios urbanos. Lo hemos observado en la revuelta de los chalecos amarillos, en las manifestaciones contra la reforma de las pensiones en 2020, y ahora en la protesta estudiantil. Los franceses se merecían algo mejor por parte de un movimiento político que llegó en 2017 prometiendo modernizar la democracia y luchar contra el auge de la extrema derecha y que en vez de eso no ha hecho más que contribuir a la legitimación del discurso de la formación ultraen la esfera política y entre los ciudadanos.
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