En Gaza, donde el tiempo parece detenido en una tregua que no ha traído ni calma ni reconstrucción, Suhail Al Buhaisi, de 30 años, y Anud Abu Ashur, de 28, pasan los días esperando una llamada. Su primera hija, Leila, figura con otras miles de personas en la lista de enfermos que precisan “evacuación médica urgente”, porque la devastada sanidad de la Franja es incapaz de tratar sus heridas, causadas por años de bombardeos, o enfermedades complejas, como un cáncer. Leila nació hace solo dos meses con un mal que le impide tragar y que los médicos en Gaza no han logrado diagnosticar, por falta de medios. Así que la pequeña pasa las 24 horas del día bajo observación, por el riesgo de que se ahogue o infecte sus pulmones con su propia saliva o mucosidades, explica su padre, en su casa en Deir El Balah, en el centro de Gaza.. Seguir leyendo
En Gaza, donde el tiempo parece detenido en una tregua que no ha traído ni calma ni reconstrucción, Suhail Al Buhaisi, de 30 años, y Anud Abu Ashur, de 28, pasan los días esperando una llamada. Su primera hija, Leila, figura con otras miles de personas en la lista de enfermos que precisan “evacuación médica urgente”, porque la devastada sanidad de la Franja es incapaz de tratar sus heridas, causadas por años de bombardeos, o enfermedades complejas, como un cáncer. Leila nació hace solo dos meses con un mal que le impide tragar y que los médicos en Gaza no han logrado diagnosticar, por falta de medios. Así que la pequeña pasa las 24 horas del día bajo observación, por el riesgo de que se ahogue o infecte sus pulmones con su propia saliva o mucosidades, explica su padre, en su casa en Deir El Balah, en el centro de Gaza.
Lo delicado de la situación choca con los tiempos de la lista de evacuación al extranjero, que gestiona la Organización Mundial de la Salud (OMS) de la ONU y que se topa con los limitados números de salidas que permite Israel y con la necesidad de hallar países voluntarios para acogerlos y sufragar sus cuidados y estancia. La lista aún contiene unos 15.000 nombres y las evacuaciones van a un ritmo de unas decenas por semana, así que la espera y la angustiosa incertidumbre pueden prolongarse durante meses o incluso años.
Toda una eternidad en el caso de Leila. Al Buhaisi cuenta que la llevan dos o tres veces al día al hospital porque necesita aspiración de secreciones y nebulización para no ahogarse. Que nadie en Gaza tiene capacidad de hacer a Leila las pruebas necesarias para saber qué le pasa desde que nació. Lo descubrieron en la unidad neonatal del hospital, cuando la madre le intentó dar el pecho por primera vez y vieron que no podía chupar ni tragar. Ahora, cuando la bebé duerme, los padres se quedan despiertos para vigilarla, y viceversa. “Me pongo alarmas en el móvil cada cinco minutos para no quedarme dormido y dejarla desatendida”, explica Suhail. “Cuando se despierta, intento dormir”.
Leila figura desde julio como caso prioritario de salida. El padre consulta cada día con la oficina que gestiona las derivaciones médicas, aunque la OMS ha pedido a los familiares desesperados por novedades no colapsarla y tiene una aplicación para chequear el estado de la solicitud. “Lo único que me dicen es que Leila es candidata para viajar y que su caso es urgente, pero nadie puede decirme cuándo me llamarán”, señala. “Intenté averiguar cuánto tiempo tendremos que esperar, pero no hay un plazo definido. Algunas personas recibieron la segunda llamada [la que confirma la fecha de salida] dos semanas después de la primera; otras, en dos meses. Algunas incluso tras un año. Dicen que los casos de emergencia tienen prioridad, pero nadie explica cómo se determina: ¿Se da prioridad a los niños? ¿A los pacientes con cáncer? ¿A los casos de cirugía cardíaca? No hay una respuesta clara”.

En la mejor semana de agosto, salieron 106 pacientes y 132 acompañantes, a través de los cruces con Egipto, Rafah, o con Israel, Kerem Shalom. Entre los primeros bombardeos israelíes en Gaza tras el ataque de Hamás, en octubre de 2023, y este agosto, la OMS ha evacuado de la Franja a más de 13.000 pacientes y de 16.000 acompañantes, según precisó la pasada semana su secretario general, Tedros Adhanom Ghebreyesus.
Muchos han salido durante las distintas treguas, como la actual, en una muestra de cómo el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha utilizado el asunto como moneda de cambio. Mantiene además cerrada desde 2023 una vía más sencilla: permitir su traslado a otros hospitales palestinos de Jerusalén Este y Cisjordania. Los inscritos en la lista son solo la punta del iceberg de un territorio con 174.540 nuevos heridos en tres años de bombardeos, que han dejado el mayor número de niños amputados del mundo, y que ya antes de la invasión tenía enfermos de cáncer sin recibir tratamiento oncológico, a causa del bloqueo israelí.
Voluntarios
El problema no son solo las restricciones israelíes. También la necesidad de que un país de acogida se comprometa a cubrir todos los gastos sanitarios, el alojamiento y los suministros básicos para el enfermo y los acompañantes. Las autoridades militares israelíes argumentan que aprueban “la gran mayoría” de las que reciben. Algunos potenciales voluntarios temen, además, contribuir involuntariamente a vaciar Gaza, algo que el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, considera la única “solución real” y que el de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, propone efectuar en seis años —a unas 250.000 expulsiones por cada uno— en un plan que presentó la semana pasada.
Muath Abu Shawish también está en la lista. Tiene solo 15 años, pero relata con madurez por qué se encuentra en el hospital de los Mártires de Al Aqsa, en Deir El Balah. Su caso es particularmente doloroso, porque era de los pocos antes de la invasión con permiso de las autoridades militares israelíes para recibir atención médica en un hospital de Tel Aviv. Allí tenía previsto que le trasplantasen la médula ósea el 30 de octubre de 2023. Era, cuenta, su “gran esperanza” de “recuperar una vida normal”. Tres semanas antes, Hamás lanzó su ataque masivo, Israel cerró la puerta de salida a cualquier gazatí y Abu Shawish se vio inmerso en el horror bélico arrastrando una inmunodeficiencia hereditaria sin tratar.

“Han sido dos años de vómitos constantes en los que la guerra y la falta de comida lo han empeorado todo. Perdí mucho peso. Llegué a pesar solo 22 kilos y se me veían los huesos”, explica. Ahora, lleva dos semanas hospitalizado, recibiendo transfusiones de sangre por falta de plaquetas a raíz de una endoscopia y una biopsia que le han generado sangrados, añade.
La paradoja es que, por un lado, espera “desesperadamente” la llamada que confirme su evacuación médica, porque su estado solo empeora. Pero, por otro, teme el dolor de la decepción que le provocaron las anteriores. En una, recuerda, le pidieron prepararse junto con su hermano menor Malik (que tiene el mismo problema) para viajar al día siguiente. “Llegamos al hospital listos para partir, pero un médico nos informó de que nuestros nombres habían sido eliminados de la lista de viaje por un problema relacionado con los familiares que nos acompañaban, y que debíamos regresar a casa. Nos dijeron que se resolvería en dos días, pero la guerra se intensificó nuevamente y todo se paralizó”, rememora.
Meses más tarde, recibió una fecha concreta para salir a Jordania a recibir tratamiento. “Estábamos muy contentos, pensando que por fin comenzaba el camino de la recuperación. Pero acabó la semana en que íbamos a viajar y no pasó nada”, afirma. Después, vio su estatus en el sistema cambiar a “Fuera de Gaza” y recibió como explicación que alguien había salido con su nombre. Hace mes y medio, evacuaron a Jordania a su hermano Malik, pero no a él, dejando la familia dividida: la madre allí, con dos de los hijos; y él, con sus otros hermanos, a cargo de su padre en Gaza.

“Antes de la guerra, me encantaba estudiar y aprender, y tenía grandes ambiciones. Me consideraba uno de los mejores estudiantes, pero la enfermedad y la guerra me han quitado mucho. Ahora, paso la mayor parte del tiempo en hospitales y solo puedo estudiar por Internet. Mi vida se limita a hospitales y transfusiones de sangre y plaquetas”, lamenta. Su única suerte es haber podido regresar a la casa familiar en el campamento de refugiados de Nuseirat, tras estar desplazados en Rafah. Es una de las pocas que sigue habitable, con apenas unos daños.
En Gaza, la vida a la espera de una llamada no es exclusiva de los enfermos graves. Así vivieron también decenas de miles de gazatíes en los primeros meses de invasión, antes de que las tropas israelíes tomasen el paso fronterizo de Rafah, en mayo de 2024. Lograron salir porque pagaban miles de euros a una oscura red de intermediarios para figurar en la lista, sin saber cuándo cruzarían. O los gazatíes con pasaporte occidental, siempre pendientes de la luz verde definitiva para su evacuación.
Estudiantes
También lo hacen aquellos aceptados o becados en universidades del extranjero (los bombardeos han afectado al 95% de los campuses de la Franja, según datos de la ONU). Uno de ellos, que llego a España para este curso académico y prefiere hablar desde el anonimato, rememora la dureza de vivir a la expectativa. “En Gaza no esperaba simplemente una llamada: esperaba que comenzara mi vida. Llegué a un punto en el que ya no deseaba nada, no podía disfrutar de nada, ni hacer planes para el día siguiente. Me dormía y despertaba pensando únicamente en esa llamada, porque se había convertido en lo único que me separaba de una vida completa: la seguridad, la universidad, el éxito, la libertad y la posibilidad de ser una persona con futuro, y no alguien que solo intenta sobrevivir hasta el final del día”.
Abdalaziz Abuhasanein, de 29 años, no pertenece a ninguno de esos grupos y ha quedado en una suerte de limbo desesperante. Por teléfono y mensajes de WhatsApp explica que vivía en Valencia en 2023, bajo protección internacional con un permiso de residencia y trabajo cuya foto manda y que, como si fuese un cruel recordatorio, sigue en vigor. Su sonrisa en las fotos que muestra visitando Sevilla, Granada o Madrid contrasta con su actual realidad.

En tanto que primogénito, Abuhasanein volvió al campo de refugiados de Shati, en Gaza capital, en junio de 2023 para cuidar de su madre, cuya salud había empeorado, señala. En octubre, “cuando pensaba ya volver a España”, le sorprendieron los primeros bombardeos israelíes. Ya nunca pudo salir y tampoco fue evacuado con los dobles nacionales españoles hasta noviembre de 2023, porque no lo es. En febrero de 2024, le confirmaron su presencia en la lista española de evacuación. “Desde entonces, sigo esperando”, asegura con más tono de cansancio que de enfado.
Abuhasanein señala el abismo entre su vida en España (“cada tres meses me iba a conocer algún sitio nuevo”) y la que tiene ahora en Gaza, en una tienda de campaña, sin trabajo ni “sensación de seguridad” y recogiendo agua de los camiones cisterna y comida de las cocinas caritativas. “Es difícil”, admite. “Me siento como en una prisión. Cuando salieron hace poco estudiantes, repregunté por mi caso y me dijeron lo mismo: ‘Tienes que seguir esperando’. Es todo lo que recibo por respuesta”.

