En la fachada del ayuntamiento de Gori, una capital de provincias georgiana conocida por ser la ciudad natal de Stalin, todavía se pueden apreciar las marcas de decenas de disparos, cicatrices de la batalla que aquí enfrentó a tropas georgianas y rusas en 2008. Tras nueve largos días de ocupación, el Ejército ruso se acabó retirando de la urbe, pero no se alejó demasiado. Sus unidades están desplegadas a unos 20 kilómetros, aunque la frontera rusa reconocida por la comunidad internacional se halla a un centenar de kilómetros. Entre ambas demarcaciones se encuentra Osetia del Sur, una provincia secesionista de Georgia. Sumada a Abjasia, una región en una situación parecida, Moscú ocupa un 20% del territorio georgiano, un porcentaje similar al que controla en Ucrania.. Seguir leyendo
En la fachada del ayuntamiento de Gori, una capital de provincias georgiana conocida por ser la ciudad natal de Stalin, todavía se pueden apreciar las marcas de decenas de disparos, cicatrices de la batalla que aquí enfrentó a tropas georgianas y rusas en 2008. Tras nueve largos días de ocupación, el Ejército ruso se acabó retirando de la urbe, pero no se alejó demasiado. Sus unidades están desplegadas a unos 20 kilómetros, aunque la frontera rusa reconocida por la comunidad internacional se halla a un centenar de kilómetros. Entre ambas demarcaciones se encuentra Osetia del Sur, una provincia secesionista de Georgia. Sumada a Abjasia, una región en una situación parecida, Moscú ocupa un 20% del territorio georgiano, un porcentaje similar al que controla en Ucrania.
Las analogías entre ambos casos terminan aquí, pues tanto Abjasia como Osetia del Sur albergan sendas minorías nacionales inmersas en un conflicto de soberanía con Georgia desde hace más de un siglo. Con el breve inciso de la guerra de 2008, de apenas una semana de duración, en el que ambas autoproclamadas repúblicas independientes lograron expandir su territorio gracias al apoyo militar de Moscú, se trata de un caso clásico de dos conflictos “congelados” desde hace más de 30 años. No obstante, eso no atenúa el sentimiento de injusticia en las calles de Georgia, donde es fácil ver grafitis con insultos dirigidos a Rusia. “La situación es tensa, pero no hay una movilización militar, ni se prevé un retorno a las hostilidades”, apunta Kaja Gogolashvili, un investigador de la Fundación Georgiana para los Estudios Internacionales y Estratégicos.
La frontera con Osetia del Sur es donde se registra una mayor tirantez, ya que después de la ofensiva de 2008, las tropas rusas han instalado vallas de demarcación, a menudo expandiendo de forma progresiva el territorio que controlan. Ello ha causado conflictos con los habitantes de los pueblos colindantes, que en algunos casos han visto cómo el cercado dividía sus terrenos de cultivo. El simple hecho de acercarse a la nueva demarcación o a un retén ruso puede provocar un arresto, o un “secuestro”, el término que prefiere usar la prensa georgiana.
Según un informe del Defensor del Pueblo georgiano, en 2025, un total de 72 personas fueron capturadas por este motivo. La linde puede ser una trampa para los cerca de 30.000 georgianos que viven en sus inmediaciones, pues su localización no siempre es clara y fija.
En todo caso, las tensiones entre Tsjinvali, la capital de Osetia del Sur, y Tiflis han ido a la baja durante los últimos años. “Desde que Sueño Georgiano está en el poder, hay una mayor calma. Las relaciones [de Tiflis] con Moscú han mejorado. Con ellos no habrá otra guerra”, comenta Alik Puhati, un bloguero osetio, en referencia al partido del magnate georgiano Bidzina Ivanishvili, que en 2023 dio un giro prorruso a su política exterior e inició una deriva autoritaria. Pero esta mayor sintonía entre ambas capitales también suscita recelos en Osetia del Sur. “La gente está preocupada. Existe el rumor de que Rusia podría utilizarnos como una carta en una negociación para atraer a Georgia”, apunta Puhati.
Sin embargo, Eleonora Tafuro, experta en la región delcentro de análisis italiano ISPI, descarta este escenario: “Ni tan siquiera Sueño Georgiano aspira a ello”. Aunque en Osetia del Sur, con una extensión inferior a La Rioja, solo viven unas 60.000 personas, más allá de la frontera rusa se extiende la república de Osetia del Norte-Alania, poblada por más de 700.000 almas. “La mayoría de la gente quiere la unificación con Rusia. La línea que separa las dos Osetias es artificial. Somos un solo pueblo”, proclama Puhati, que afirma orgulloso que su padre está considerado un “héroe nacional” por su papel en la guerra de 1991 que escindió el territorio de Georgia.
No obstante, Moscú no parece de momento interesada en legalizar la anexión, quizás para no romper puentes con Tiflis, y apuesta por un statu quo que ya le garantiza el pleno control de la región.

En Abjasia, las relaciones con Moscú son más delicadas. “Los abjasios quieren ser independientes, no quieren ser absorbidos por Rusia, ni política ni económicamente”, asevera Tafuro. De hecho, en 2024, tuvo lugar una ola de protestas en Sujumi, la capital, contra la firma de un acuerdo con Rusia que daba amplios privilegios a los inversores rusos. Las manifestaciones fueron tan fuertes que el presidente de la región, Aslan Bzhania, se vio obligado a dimitir. Su sucesor, el entonces vicepresidente Badra Gunba, retiró la ley.
En comparación con Tsjinvali, las relaciones entre Tiflis y Sujumi son más fluidas. “Es más fácil poder entrar con un permiso especial a Abjasia que a Osetia, donde es casi imposible. También allí hay unas mayores relaciones comerciales con Georgia”, apunta Gogolashvili. Una voz prominente de la sociedad civil abjasia que prefiere guardar el anonimato coincide con esta descripción: “Existen y se están desarrollando relaciones entre las dos sociedades a nivel humanitario y comercial”.
De hecho, la guerra de 2008 se desencadenó tras varios choques en la frontera de Osetia del Sur, y es en ese frente donde se registró la mayor parte del millar de víctimas mortales. No obstante, Abjasia, un territorio a orillas del mar Negro habitado por unas 250.000 personas, posee un mayor valor geoestratégico para Moscú, sobre todo a raíz de la guerra de Ucrania. Desde 2009, el Kremlin posee una base militar permanente en la zona y el presidente Gudra anunció en 2025 la construcción de una segunda base “de apoyo técnico” a la flota rusa del mar Negro.
“La sociedad abjasia no apoya una reintegración con Georgia, al menos no en un número estadísticamente significativo. Antes de la guerra de 2008, habría sido posible una confederación, pero Georgia optó por una política agresiva en lugar de la negociación”, comenta el líder social abjasio, que lamenta el bloqueo político actual y la retórica hostil de la oposición nacionalista georgiana, acentuada tras la guerra de Ucrania. “Debe haber buena voluntad para retomar el diálogo. Más allá del estatus político, hay otros temas que podrían mejorar las relaciones entre ambas sociedades y prevenir nuevos conflictos militares, como la reducción de la propaganda mutua hostil, las conexiones de transporte, la libertad de movimiento de la gente entre los dos lados de la frontera…”, añade.
Esta larga historia de hostilidades entre osetios, abjasios y georgianos no ha impedido que algunas ONG, como la Fundación Berghof, hayan trabajado para construir la paz entre estas comunidades. “No es fácil encontrar participantes para el diálogo porque al inicio hay mucha desconfianza. Pero lo hemos logrado con todo tipo de perfiles, incluidos líderes sociales. A pesar del estancamiento de las conversaciones de Ginebra [entre los representantes de las partes], a nivel social se han logrado avances”, comenta Christina Horváth-Stenner, máxima responsable de estos proyectos. Por su parte, Tafuro coincide en los nulos avances en la mesa de Ginebra patrocinada por la ONU, pero no descarta movimientos en el futuro: “Rusia es un patrón que se encuentra en una situación de debilidad, sobre todo financiera. Y eso podría cambiar la ecuación. Habrá que estar atentos a Osetia del Sur y Abjasia”.
