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  Internacional  Lo que ocurre cuando se deja crecer a la bestia
Internacional

Lo que ocurre cuando se deja crecer a la bestia

8 de septiembre de 2026

En la novela 22/11/63, Stephen King juega con la posibilidad de que alguien viaje en el tiempo para impedir el asesinato del presidente John F. Kennedy en Dallas y así cambiar la historia. Pero la llegada de los grandes totalitarismos fascistas al poder en la Europa de los años treinta —primero Mussolini en Italia, luego Hitler en Alemania y, finalmente, Francisco Franco en España, que no hubiese ganado la Guerra Civil sin la ayuda de los otros dos tiranos— no se hubiese podido evitar con una sola acción. Fue un proceso tremendamente complejo, en el que se mezclaron la violencia con la ceguera política de aquellos que creyeron que los monstruos podrían ser controlados. Las grandes potencias democráticas occidentales no supieron ver lo que se les venía encima. Y no se trata solo del desgraciado “no hay nadie que quiera más la paz en Europa que Hitler”, que persiguió para la historia al premier británico Neville Chamberlain.. Seguir leyendo

  

En la novela 22/11/63, Stephen King juega con la posibilidad de que alguien viaje en el tiempo para impedir el asesinato del presidente John F. Kennedy en Dallas y así cambiar la historia. Pero la llegada de los grandes totalitarismos fascistas al poder en la Europa de los años treinta —primero Mussolini en Italia, luego Hitler en Alemania y, finalmente, Francisco Franco en España, que no hubiese ganado la Guerra Civil sin la ayuda de los otros dos tiranos— no se hubiese podido evitar con una sola acción. Fue un proceso tremendamente complejo, en el que se mezclaron la violencia con la ceguera política de aquellos que creyeron que los monstruos podrían ser controlados. Las grandes potencias democráticas occidentales no supieron ver lo que se les venía encima. Y no se trata solo del desgraciado “no hay nadie que quiera más la paz en Europa que Hitler”, que persiguió para la historia al premier británico Neville Chamberlain.

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El historiador británico Frank McDonough está reconstruyendo la historia del nazismo a través de una serie de libros bajo el título genérico de The Hitler Years. El último volumen está dedicado al Holocausto y las fechas en las que enmarca la destrucción de los judíos de Europa son especialmente significativas: 1933-1945. La Shoah no empezó con la II Guerra Mundial, ni con la decisión de Hitler de ordenar el exterminio —que se debió tomar en algún momento del tramo final de 1941, antes de la Conferencia de Wannsee—, ni con las cámaras de gas y los fusilamientos masivos en la antigua URSS. El Holocausto empezó cuando los nazis, nada más llegar al poder, aprobaron las primeras leyes antisemitas desde la emancipación de los judíos en Alemania en 1871.

Charles Chaplin como el dictador Adenoid Hynkel en la sátira del nazismo ‘El gran dictador’.Bettmann (Bettmann Archive)

Resulta especialmente incómodo leer lo que ocurrió entonces en el resto del mundo: los grandes periódicos estadounidenses —McDonough cita a The New York Times, el Chicago Times, el Atlanta Constitution y el Washington Post— publicaron 455 artículos y editoriales “sobre la persecución de los judíos en Alemania con informaciones que ofrecían descripciones muy gráficas de la violencia física que sufrían”. El 27 de marzo de 1933 —Hitler llegó al poder el 30 de enero— tuvo lugar un mitin para condenar la violencia nazi que reunió a 20.000 personas en el Madison Square Garden de Nueva York dentro del auditorio y a 35.000 en los alrededores. Estas manifestaciones pidieron el boicot de los productos alemanes. En abril, se convocaron marchas en todo Estados Unidos que reunieron a casi un millón de personas. El boicot no se produjo y Alemania siguió siendo tratada como un país más.

Las protestas masivas fueron recibidas con indignación por la cúpula nazi. Hitler calificó las manifestaciones de “propaganda” y Goebbels aseguró que era una prueba más de que los judíos controlaban los medios de comunicación. Básicamente, ninguna de las grandes potencias hizo nada pese a que la bestia de la represión iba creciendo en Alemania y los judíos —y todos aquellos que se oponían a los nazis— eran destruidos.

Manifestación contra los nazis en Nueva York en mayo de 1933.FPG (Getty Images)

El gran dictador, la gran película de Charles Chaplin, una sátira del nazismo considerada actualmente una obra maestra sobre los totalitarismos, provocó un profundo malestar en Hollywood. Los estudios tenían miedo de que el filme que ridiculizaba a Hitler y denunciaba la persecución de los judíos les cerrase el mercado alemán. Por no hablar de la participación, como si no estuviese ocurriendo nada, en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, una clara operación de propaganda nazi por mucho que Jesse Owens demostrase que la superioridad racial era una de tantas patrañas supremacistas.

La ignominia alcanzó cotas difícilmente superables cuando numerosos países se reunieron, en junio de 1938, en la Conferencia de Evian para hacer frente al problema de los refugiados judíos, que todavía podían huir de Alemania. Los delegados de 32 países fueron incapaces de adoptar un acuerdo y cerraron las puertas a decenas de miles de personas que hubiesen podido salvar sus vidas. Jaim Weizmann, líder sionista que acabaría por convertirse en el primer presidente de Israel, resumió el encuentro con una frase: “El mundo parece estar dividido en dos partes: una donde los judíos no pueden vivir y la otra donde no pueden entrar”.

El candidato de Afd, Ulrich Siegmund, el pasado domingo en Magdeburg.Matthias Schrader (AP Photo/Matthias Schrader)

Es imposible saber qué hubiese ocurrido si las democracias llegan a adoptar otra actitud ante evidentes violaciones de los derechos humanos, si hubiesen tomado medidas antes contra aquellos tiranos, si no hubiesen mirado hacia otro lado y pensado que se podía llegar a algún tipo de acuerdo con el mal absoluto. Los años treinta del siglo XX están, afortunadamente, muy lejos (aunque la arrolladora victoria del partido ultra AfD en Sajonia-Anhalt arrastra ecos del pasado), pero hay situaciones, no solo en Europa, que recuerdan a lo ocurrido entonces: la estigmatización de pueblos y religiones, la violencia desatada contra población civil indefensa sin consecuencias, los discursos del odio y la deshumanización del otro, la manipulación del pasado, el ensañamiento con los débiles y los refugiados… El racismo y el supremacismo no deberían admitir compromisos. La historia nos enseña claramente que, cuando se deja crecer a la bestia, acaba por destruirlo todo.

 

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