Allí donde la libertad no existe y ser periodista tiene un enorme coste personal, no suele escucharse el mantra de que todos los medios mienten. Nóvaya Gazeta, símbolo de que la democracia es posible en Rusia, apagará sus luces el lunes después de alumbrar durante 33 años todo lo que el Kremlin quería ocultar bajo un manto de oscuridad: crímenes de guerra, asesinatos políticos, corrupción. Este es el último turno de fin de semana en la Redacción de la avenida Potapovski de Moscú, donde las cajas de embalaje guardan miles de documentos que escrutaron las acciones del poder y los recuerdos que dejaron seis compañeros asesinados por advertir del camino que ha traído a los rusos hasta la actualidad.. Seguir leyendo
Allí donde la libertad no existe y ser periodista tiene un enorme coste personal, no suele escucharse el mantra de que todos los medios mienten. Nóvaya Gazeta, símbolo de que la democracia es posible en Rusia, apagará sus luces el lunes después de alumbrar durante 33 años todo lo que el Kremlin quería ocultar bajo un manto de oscuridad: crímenes de guerra, asesinatos políticos, corrupción. Este es el último turno de fin de semana en la Redacción de la avenida Potapovski de Moscú, donde las cajas de embalaje guardan miles de documentos que escrutaron las acciones del poder y los recuerdos que dejaron seis compañeros asesinados por advertir del camino que ha traído a los rusos hasta la actualidad.
“Esta periodista fue crítica con el poder […], pero su capacidad de influencia sobre la vida política de Rusia era insignificante. Su asesinato causa más daño a los gobiernos de Rusia y Chechenia que sus publicaciones”, dijo Vladímir Putin delante de la entonces canciller alemana, Angela Merkel, cuando en octubre de 2006 unos pistoleros mataron a la periodista Anna Politkóvskaya en el portal de su casa por sus investigaciones sobre la guerra de Chechenia.
Dos décadas después, Nóvaya Gazeta anunció el viernes de la semana pasada su cierre por la persecución de Putin. Por el camino, la paz europea que Merkel intentó comprar con el gas ruso fracasó por las ambiciones del Kremlin. Y unos “desconocidos” arrancan la placa en homenaje a Politkóvskaya cada vez que su gente la restaura.
“Estamos orgullosos del trabajo que hemos realizado aquí durante casi 34 años, orgullosos de lo que hemos logrado”, dice por teléfono Serguéi Sokolov, uno de los periodistas fundadores de Nóvaya Gazeta y director desde 2023, cuando el putinismo declaró “agente extranjero” a su anterior responsable, Dmitri Muratov.
Esta etiqueta proscribía a Muratov, premio Nobel de la Paz en 2021, de toda actividad pública bajo la amenaza de ser multado e incluso de entrar en prisión. Moscú trataba así de amedrentar a su Redacción, pero la guerra librada contra Ucrania se enquistó y la represión interna rusa se agudizó. Finalmente, el Kremlin iría todavía más lejos este año, catalogando como “agentes extranjeros” a todos sus periodistas.
“No puedo decir si este periódico ha sido o no un símbolo, dejemos que otros lo juzguen desde fuera”, continúa Sokolov. “Nos entristece no poder seguir trabajando. Poca gente sabe realmente lo que está pasando en Rusia ahora mismo y tratamos de llenar ese vacío con información”.
No obstante, dice, ningún régimen es eterno. “No me arrepiento de ni un solo día que pasé aquí, y sigo profundamente convencido de que ninguna represión puede vencer a las leyes de la historia. Tarde o temprano Nóvaya Gazeta volverá a ser publicada”, reafirma su director.
La asfixia de Putin
Un grupo de periodistas de Komsomólskaya Pravda, el diario de las juventudes del Partido Comunista, fundó Nóvaya Gazeta en 1993. Entre ellos estaban Sokolov y Muratov. El expresidente soviético Mijaíl Gorbachov financió sus primeros ordenadores con el dinero que recibió del premio Nobel de la Paz.
Sus investigaciones sobre la corrupción de las autoridades rusas y las guerras libradas en Chechenia y Georgia le granjearon una enorme reputación en los años siguientes. Sin embargo, el precio fue muy alto. “Nos indigna profundamente que, durante el reinado de este régimen [de Putin], y no durante la violenta década de los noventa, nuestros colegas Ígor Dómnikov, Yuri Shchekochikhin, Anna Politkóvskaya, Stas Markélov, Anastasía Baburova y Natalia Estemírova fueran asesinados por motivos políticos cuando cumplían su deber profesional y cívico”, denunció Nóvaya Gazeta la semana pasada, cuando anunció su cierre.
Dómnikov fue asesinado a martillazos en el año 2000 por sus investigaciones sobre la corrupción. Markélov y Baburova fueron tiroteados a 800 metros del Kremlin en 2009. Ese mismo año fue asesinada Estemírova por su trabajo en Chechenia, igual que Politkóvskaya tres años antes.
El periodista y diputado Yuri Shchekochikhin murió por una repentina y extraña enfermedad en 2003 mientras investigaba la cadena de bombas en edificios residenciales de 1999 que consolidó a Putin en el poder al servir de pretexto para su segunda guerra en Chechenia. Las autoridades nunca publicaron la causa de su muerte ni permitieron tomar muestras para un análisis independiente. Aquel año también fue asesinado otro miembro de la comisión que analizaba los atentados, Serguéi Yushenkov.
La cadena de ataques paró cuando la policía local de Riazán descubrió a dos sospechosos introduciendo explosivos en un edificio residencial. Eran agentes del Servicio Federal de Seguridad (FSB) y su jefe, Nikolái Pátrushev, miembro del círculo más íntimo de Putin, dijo que aquello era “un entrenamiento”.
Nóvaya Gazeta resistió incluso tras el comienzo de la invasión total de Ucrania, en febrero de 2022. Las autoridades bloquearon el acceso a su web, confiscaron su imprenta y presionaron a otras empresas para que no imprimiesen el periódico. “Posteriormente, el Estado revocó nuestra licencia de prensa, privándonos del derecho a ganarnos la vida”, señalaba el diario en su despedida.
Aquella persecución provocó el exilio de gran parte de su plantilla, igual que pasó con otros medios independientes rusos. Algunos de sus redactores fundarían Nóvaya Gazeta Europa, un diario totalmente aparte que mantiene el pulso del país gracias a sus fuentes internas.
Entretanto, la Nóvaya Gazeta original mantuvo cierta actividad dentro de Rusia pese a sus enormes limitaciones. “Logramos trabajar en la clandestinidad lejos de los servicios secretos durante casi cinco años”, enfatizó con orgullo el comunicado de su cierre. Sin embargo, la espiral represiva ha terminado por hacer inviable su existencia.
Muratov fue agredido en 2022, quedando casi ciego y sin abrirse ninguna causa penal a pesar de que se conocía a los autores. La columnista Yelena Milashina fue secuestrada y golpeada en Chechenia en 2023. Y este mismo año, con el Kremlin sumido en una dura crisis por el enquistamiento de su guerra, llegó el asalto final contra toda la Redacción: en septiembre, las autoridades declararon “agentes extranjeros” a todos sus empleados, más de 100 personas, y en octubre las fuerzas de seguridad irrumpieron en sus oficinas y detuvieron a su redactor jefe, Oleg Roldugin.
Quizás esto no fuera suficiente para someter a un colectivo de periodistas valientes, por lo que el putinismo aplicó al diario la misma fórmula con la que ha ahogado a varias organizaciones defensoras de derechos humanos, como la ONG para las víctimas de la violencia machista Nasiliu.net: el bloqueo bancario.
“Los bancos nos cortaron el acceso a la plataforma de donaciones a principios de septiembre y recibimos de forma simultánea un aviso de desalojo de la que ha sido nuestra casa estos 30 años”, explica a EL PAÍS el director de Nóvaya Gazeta. “Vivíamos únicamente del dinero que nos enviaban los lectores. Contactamos con otros bancos, pero todos se negaron a trabajar con nosotros. Concluimos que no fue decisión suya, la orden provino de las autoridades, de los servicios de seguridad, y fuimos conscientes de que, sencillamente, no podíamos seguir existiendo”.
Sokolov pronto entendió que “la escalada de represión no se detendría ahí, así que se tomó la decisión de cerrar porque a partir de ahora será imposible publicar nada bajo la marca Nóvaya Gazeta”.
Los ánimos no son buenos entre sus periodistas. El sacrificio es cada vez más inasumible. Algunos mantienen su intención de intentar seguir ejerciendo su labor dentro de Rusia, pero prefieren no revelar sus planes para no exponerse a las autoridades.
Tenacidad periodística
Si mañana hubiese un holocausto nuclear, lo último en desaparecer serían las cucarachas y los periodistas independientes rusos para informar sobre ello. Incluso bajo la represión actual, una descentralizada red de reporteros locales todavía saca a la luz las injusticias que asolan al país.
“Es difícil decir qué pasará ahora mismo, estamos con el último número”, apunta el director de Nóvaya Gazeta. “Cada periodista tomará su propia decisión. Algunos podrían dejar el país; otros, cambiar de profesión; y otros seguirán ejerciendo aquí el periodismo… Mi trabajo y el del consejo editorial es ofrecerles algunas opciones”, señala Sokolov. “Pero el margen en Rusia para los periodistas, si ejercen como tales, se está empequeñeciendo. Y creo que la situación solo va a empeorar”, advierte. Solo en el último mes han sido detenidos un informador local y otro extranjero.
