Hangares, música electrónica, instalaciones audiovisuales y una asistencia en sostenido crecimiento han hecho del MIRA un certamen de iniciativa local que se ha consolidado a lo largo de sus 15 años de historia. En la edición este aniversario, cerrada este fin de semana con unas 12.000 personas de asistencia entre sus dos jornadas, se reiteraron las enseñas del festival, presididas por una limitación voluntaria de aforo y una oferta que en lo musical tuvo nombres consolidados como Fennesz, Arca, Max Cooper o Tortoise junto a nuevas propuestas perfil Shygirl o Underscores. Los despliegues visuales en algunos conciertos, a cargo de artistas de la imagen y la luz, complementaron espectáculos que entrando por los ojos acabaron bien instalados en el cerebro o descargándose a través de los pies en dos jornadas para mayor gloria del mundo digital.. Seguir leyendo
Hangares, música electrónica, instalaciones audiovisuales y una asistencia en sostenido crecimiento han hecho del MIRA un certamen de iniciativa local que se ha consolidado a lo largo de sus 15 años de historia. En la edición este aniversario, cerrada este fin de semana con unas 12.000 personas de asistencia entre sus dos jornadas, se reiteraron las enseñas del festival, presididas por una limitación voluntaria de aforo y una oferta que en lo musical tuvo nombres consolidados como Fennesz, Arca, Max Cooper o Tortoise junto a nuevas propuestas perfil Shygirl o Underscores. Los despliegues visuales en algunos conciertos, a cargo de artistas de la imagen y la luz, complementaron espectáculos que entrando por los ojos acabaron bien instalados en el cerebro o descargándose a través de los pies en dos jornadas para mayor gloria del mundo digital.
Parte de los espacios del MIRA se ubican donde el Sónar Día vivió en sus últimos años antes de sus titubeos, allí precisamente donde estuvo el recordado Hall. En esas zonas interiores de la Fira Montjuich colindantes con la calle Lleida, la asistencia deambulaba por la penumbra entre instalaciones que en general reflexionaban y/o usaban la IA. En una de ellas (Parallel Self, Ramón Prat), esta inteligencia, atrapada en la carcasa de un viejo ordenador, se planteaba su existencia, no estaba al ciego el servicio de los humanos e incluso podía llegar a insultarlos aparcando el servilismo zalamero.
Otras instalaciones planteaban el acercamiento entre bosques y tecnología (Nodèn, Eina Centre Universitari), inventaban seres devoradores de plásticos en un mar convertido en vertedero (An Ecosystem Of Excess, Pynar Yondas) o reconocimientos faciales por medio de inquietantes artilugios que exploraban la cara de quienes se acercaban a ellos (Capture/Resemble, Andreas Lutz). Se supone que como se especulaba sobre el futuro todas las explicaciones estaban sólo en inglés, lo que sugiere que catalán y castellano acabarán entre los plásticos del mar. Por lo demás, el espectáculo de luces, sonido y movimiento era tan sugestivo que algún espectador quedó asombrado ante lo que al final sólo era el puesto de venta de camisetas del festival.

Musicalmente fue el austríaco Fennesz el encargado de abrir el tramo central de conciertos del viernes. Apoyado por los visuales de Lillevan, preciosas formas con la textura y colores de la lava, reinterpretó su sensacional Endless Summer, un disco del 2.001 en el que conviven crepitaciones, ruidos abrasivos, errores digitales, guitarras tratadas y una suerte de melancolía con el imaginario de fondo de playas sin ukelele. Fue tal el realismo en esta reivindicación del error que en Shisheido algo se rompió interrumpiendo el concierto. De tanto mentar la bicha, ésta apareció. Les pasó lo mismo a Tortoise con su música circular en bucles de variada instrumentación (post-rock), otro ejemplo de que en el fondo la tecnología es un fruto humano con alma de yerro. El pop rapeado y vistoso de Shygirl antecedió a una sesión de Arca en la que su sesión de música descuajeringada descompuso techno y cumbia para solaz de un público nuevamente sorprendido por una artista que es la sorpresa misma.
La segunda jornada tuvo como hito la larga sesión audiovisual de Max Cooper, un doctor en biología computacional capaz de crear espectáculos de gran impacto. Dispuso dos pantallas en paralelo, la primera traslúcida, la segunda opaca en la parte trasera del escenario con él en medio, de forma que evocaba una visión tridimensional. Formas biológicas, geométricas, celdas que evocaban un Excel apaisado, cascadas de símbolos y otros recursos bañados en color apoyaron su set. Durante el mismo mutó desde interludios ambientales a IDM, techno y drum & bass, pero de manera que nada permanecía demasiado tiempo en solfa, impidiendo el acomodamiento bailable del público. Antes Nicola Cruz había conseguido algo parecido con sus ritmos de evocación tribal y evocación orgánica en compases variables, que tampoco desplegó en busca del baile.
A todo esto, en los cambios de escenario las pantallas del recinto llamaban a secundar la próxima huelga general mediante la proyección de sus principales reivindicaciones. Esta vez la publicidad no sonaba a evasión y consumo. Más allá de la medianoche, el MIRA mostró dos de sus muchas caras. En el escenario principal el hyperpop de ritmo desenfrenado de Underscores, la norteamericana April Harper Grey cantando sola en escena sobre las bases de sus piezas, evidenció que el pop ya va a tanta velocidad que sólo se puede bailar saltando. Lo hizo ella, un calambre en escena, y el entusiasmado público en temas como The Peace, mientras que en la balada Lovefield, el hangar se llenó de brazos haciendo el limpiaparabrisas.
Simultáneamente en el escenario secundario, la severidad experimental y angulosa de la pareja Nosaj Thing y Daito Manabe ofreció su música de creación conjunta, que sólo dio acomodo a la melodía en la pieza All Points Back To U de Nosaj Thing. Aún con todo lo más perturbador fue un derrame de color rojo en un urinario masculino. Pareció una instalación más, esta quizás obra de Gottfried Helnwein. O quién sabe, igual se trató de una broma o de un error.
