En el colegio público de Urda, habilitado para atender a los familiares de las víctimas del accidente ferroviario, los nombres se leen en voz alta y cada uno se convierte en una espera insoportable. Los familiares pasan del polideportivo a una sala del centro. Una voluntaria de Protección Civil comienza a leer: “Miguel, Marina, Ignacio, Emilio”. Todos escuchan pendientes de cada sílaba, con el corazón en un puño y la respiración contenida. “Es solo una lista para hablar individualmente con los familiares de las personas afectadas”, explica la voluntaria. Pero no. Es la lista de los fallecidos. Un mazazo que acaba con horas de incertidumbre para dar paso ahora al vacío.. Seguir leyendo
En el colegio público de Urda, habilitado para atender a los familiares de las víctimas del accidente ferroviario, los nombres se leen en voz alta y cada uno se convierte en una espera insoportable. Los familiares pasan del polideportivo a una sala del centro. Una voluntaria de Protección Civil comienza a leer: “Miguel, Marina, Ignacio, Emilio”. Todos escuchan pendientes de cada sílaba, con el corazón en un puño y la respiración contenida. “Es solo una lista para hablar individualmente con los familiares de las personas afectadas”, explica la voluntaria. Pero no. Es la lista de los fallecidos. Un mazazo que acaba con horas de incertidumbre para dar paso ahora al vacío.
En apenas media hora, dos familias han recibido la confirmación de que sus seres queridos están entre las víctimas mortales. Una mujer joven grita de dolor mientras sanitarios y psicólogos la atienden. Los voluntarios de Protección Civil la envuelven en mantas e intentan consolarla. A su alrededor, otras familias siguen esperando. Aún no saben si el próximo nombre será el de alguien a quien aman.
En el polideportivo, habilitado para la emergencia y abastecido con agua y comida, los equipos trabajan para obtener información sobre las personas a las que buscan sus familiares. José Luis, de 70 años, espera impaciente, pendiente del móvil. “A mí me pueden contar lo que sea, pero no tienen ni idea”, dice, incrédulo. Otros reclaman información a Renfe: “Hemos ido a cinco pueblos y no sabemos nada. Llevamos desde las nueve de la mañana y son las cuatro de la tarde. Hemos llamado a todos los hospitales y nadie sabe nada”. “Saben que está vivo en algún sitio, pero no saben dónde”, añaden.
Antonio Gómez viajaba en el vagón 3 del AVE con destino a Sevilla por motivos de trabajo. Tenía el ordenador abierto y el sol le daba en la cara cuando el tren se detuvo. Por megafonía, el conductor anunció que había congestión en la vía. Unos cinco minutos después, recuerda, reanudaron la marcha. “No íbamos muy deprisa, yo seguía trabajando”, cuenta.
Después llegó el frenazo. Antonio busca una comparación para explicar la sensación y recurre a una escena cotidiana, la de quien conduce un coche y descubre que el vehículo de delante ha frenado demasiado cerca. “Ostras, que no me da tiempo a parar”. El tren, dice, frenó con toda la fuerza que pudo. “Ha frenado muy fuerte, todo lo que ha podido”.
No llegó a percibir el impacto, pero sí recuerda las maletas volando y el humo. Todavía tiene la nariz ennegrecida. Saca un pañuelo con el que ha intentado limpiarse desde entonces. Le duele una pierna, una molestia que empezó mientras caminaba por el campo después de salir del tren. Perdió el equipaje y solo conserva el ordenador.

Ahora su preocupación es otra: encontrar a un compañero de trabajo que viajaba en otro vagón, más adelante. “El problema que tenemos es que no lo localizamos”, explica.
Su hija, Raquel Gómez, ha acudido para comprobar si su padre está bien. Por la mañana, él la llamó, pero ella estaba dormida. Al despertarse, vio la llamada perdida y se la devolvió. Entonces su padre le contó que habían tenido un accidente.
En el pabellón se escucha el trasiego constante de personas que entran y salen, pasos apresurados, conversaciones entrecortadas y preguntas que no encuentran respuesta. Un voluntario ofrece cajas de comida que contienen dos hamburguesas pequeñas, croquetas y palitos de gambas. La mayoría de los familiares las rechaza; la angustia les ha cerrado el estómago. Algunos deambulan solos por la sala, incapaces de permanecer quietos; otros se sientan en pequeños grupos e intercambian la escasa información que han conseguido reunir. En todos los rostros se repite el mismo gesto, la preocupación de quien espera noticias de alguien a quien quiere. “Lo único que sabemos es que está en la UCI”, dice un grupo de familiares, aferrado a la única certeza que tiene.
Rubén lleva media hora recorriendo la sala de un extremo a otro. Camina sin rumbo, con la mirada perdida y el teléfono convertido en una esperanza inútil. Su novia salió de casa para coger el tren que debía llevarla a Sevilla, donde tenía previsto asistir a una conferencia de trabajo. Desde entonces, no ha vuelto a saber de ella. “No tenemos información. Lo único que han hecho es leer una lista de nombres, pero no nos han dicho si están bien o mal”, cuenta casi en un susurro. Lleva todo el día llamándola, pero el teléfono sigue apagado.
A su lado está Ana Ciprés, acompañada de varios familiares. Tampoco sabe dónde está su marido, Emeterio, pero al menos ha conseguido recuperar a otro miembro de la familia: su perro, que viajaba en el tren y ahora tiembla entre sus brazos. “Está muy nervioso”, explica mientras lo acaricia. En medio de la incertidumbre, Ana se aferra a la posibilidad de encontrar a su pareja en alguno de los hospitales. “Yo quiero pensar que está herido, aunque, si estuviese herido leve, ya me habría llamado”, dice.
Emeterio viajaba en el tren porque es sevillano. La pareja vive entre Madrid y la capital andaluza. Ana solo sabe que el nombre de su marido no aparece en la lista que les han facilitado. Nadie le ha explicado qué significa esa ausencia. Y, mientras sostiene al perro contra el pecho, sigue intentando imaginar dónde puede estar Emeterio.
A las seis de la tarde, uno de los representantes de Renfe coge el micrófono y se dirige a los familiares. El murmullo se apaga poco a poco. Todos se agrupan a su alrededor, pendientes de cada palabra, como si en aquel anuncio pudiera llegar, por fin, alguna respuesta. “Este pabellón se va a cerrar y vamos a trasladar todo a la Comandancia de la Guardia Civil en Toledo”, anuncia. Después, explica cómo se organizará la atención en las nuevas instalaciones: “Cuando lleguéis habrá dos salas, una para Iryo y otra para Renfe, con personal de apoyo para atender todas vuestras necesidades”.
Cuando termina de hablar, comienzan a organizarse las salidas. Cristina, voluntaria de Protección Civil, intenta explicar a los familiares por qué todavía no hay noticias de muchas de las personas a las que buscan. “Ahora mismo no tenemos información de nada”, reconoce. La prioridad, les dice, es atender a los heridos. “Lo prioritario ahora mismo es curar y salvar, no hacer registro de la gente. Por eso hay personas que están inconscientes y no se saben sus nombres todavía”.
Sus palabras tratan de poner algo de orden en una incertidumbre que parece no tener fin. El siguiente paso en este peregrinaje es trasladarse a la Comandancia de la Guardia Civil, donde deberán presentar la denuncia por la desaparición de sus seres queridos. Allí tendrán que reconstruir de memoria cada detalle que pueda ayudar a identificarlos y someterse a pruebas de ADN.
