“Disfruta España, Gabriel”, le dijo Broncano con su pin español en la solapa al candidato Rufián. El presentador hizo una pregunta áspera y necesaria: ¿sigue siendo independentista Rufián? Si será divertida España que se le pregunta, y se le pregunta además con interés, al candidato de Esquerra si es indepe. Como diría él con su eterno latiguillo: por lo que sea. Respondió Rufián que, de haber referéndum de independencia, diría sí. Fue entonces cuando se le dijo algo a lo que Rufián está acostumbrado: que está muy bien en Madrid. Cosa perfectamente compatible con sentirse de otro país, por otro lado. Lo gracioso es Rufián diciendo que apenas conoce cuatro calles: aún va a pasear por más cadenas de televisión que calles.. Seguir leyendo
“Disfruta España, Gabriel”, le dijo Broncano con su pin español en la solapa al candidato Rufián. El presentador hizo una pregunta áspera y necesaria: ¿sigue siendo independentista Rufián? Si será divertida España que se le pregunta, y se le pregunta además con interés, al candidato de Esquerra si es indepe. Como diría él con su eterno latiguillo: por lo que sea. Respondió Rufián que, de haber referéndum de independencia, diría sí. Fue entonces cuando se le dijo algo a lo que Rufián está acostumbrado: que está muy bien en Madrid. Cosa perfectamente compatible con sentirse de otro país, por otro lado. Lo gracioso es Rufián diciendo que no, que solo conoce cuatro calles: paseas por más cadenas de televisión que calles.
Tremendo personaje Rufián. Es la innovación más lograda de la política española: un hombre de códigos renovados (a menudo cargantes: lemas efectistas, populistas, directos), desprejuiciado, brillante, nada sectario y, en lo personal, un muy buen tipo (en palabras de amigos, socios y temibles adversarios suyos).
Demostró esto último al recordar la soledad de Irene Montero cuando “nazis y tarados” rodeaban su casa para insultarla a ella y a su familia, y en el Congreso veía Rufián su soledad en la izquierda (“las cámaras y los cariños se iban a otra bancada”, por Sumar), así que él se encargaba de preguntarle qué tal estaba y hablar con ella. Casi se emociona Montero. Hacen buena pareja política. Son como los nuevos Javis: despojados de amor y con conexión profunda a la hora de concienciar y tratar de ganar un Oscar, que lo cortés no quita lo valiente. Llegaron los dos además con una caja llena de regalos que cargaba Rufián. Estuvieron tan cómodos con Broncano que terminaron hablando de lo que habla la gente cuando está realmente a gusto: de comer culo.
Dijo Rufián que había que considerar el beso negro (no dijo beso negro, que es una cursilada: dijo comer culo, que la verdad pone mucho más) en las puntuaciones sobre sexo de la pregunta clásica. Antes Montero exigió que se subiese la puntuación del sexo oral: “Es más difícil encontrar un tío que te coma bien el coño”. A Broncano se le había ido ya el programa a cualquier parte. Estaba desbordado mirando la botella de aceite mientras pensaba en beberla de un trago, tipo whisky pero en abstemio. Intentó no decir “polla” pero acabó rindiéndose. Se mantuvo el sexo oral a hombres en 0,6, y se subió el de mujeres a 1,5. ¿Para qué? Para que ninguno de los dos dijese al final un número. Igual que la negociación para unir a la izquierda: discuten hasta el final las reglas y se olvidan de sacar el tablero.
Abascal va a venir al programa “porque es un jugón”, y Feijóo “ni de coña: tiene menos gracia que un vaso de agua”, vaticinó Gabriel Rufián nada más llegar. Irene Montero había traído un regalo a Abascal: unas rodilleras que valen también para Feijóo, dijo, ya que Vox se las recomienda tanto a ella. Al perrete que regaló Sánchez le trajo Montero una correa rosa porque hay que tenerlo atado para que no se vaya a la derecha, por ejemplo con la vivienda.
Rufián, por cierto, dijo que tenía 40.000 euros en el banco, que es algo más que la última vez, si bien recordó que ha publicado un libro. Lo dijo como si hubiese fichado por el Espanyol. “Bueno, es que he escrito un libro, ahora tengo mucho más dinero”. El negocio por antonomasia, escribir libros.
Sacaron los dos, Irene Ambrossi y Gabriel Calvo, un retrato de Pablo Casado. Impactó ver a Casado de golpe, sin previo aviso. La mejor demostración de poder de Ayuso ha sido convertir a Casado en un personaje de los años 80, alguien que recordamos de la infancia. Pidió Rufián que se llevase a Ayuso al programa. Reivindicó Montero políticas de vivienda, de igualdad, avisó del riesgo extremo de la llegada de los ultras al Gobierno. Broncano asentía detrás de dos mil regalos y un bombo, que esa mesa la engancha alguien con el síndrome de Diógenes y se pone a barrer.
Les preguntó (bravo) Broncano a los dos por Errejón y las acusaciones que lo hicieron dimitir. “Me sorprendió 10”, dijo Rufián. A Montero no: dijo que lo sabía bastante gente. “Es el poder moviéndose con impunidad”, dijo. Rufián alabó el feminismo: ha frenado al fascismo (no lo decía por Errejón). Los dos coincidieron también en apuntar al aliadismo como fuente de problemas y conflictos. Mejor que el hombre se revise a que aparezca por tu vida revisado perdido, concluyeron.
