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Economía

La precariedad laboral también condiciona la vida en pareja

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Formar una pareja no depende únicamente de las decisiones individuales, de la afinidad o del azar. La posición laboral, el nivel educativo y el origen social también intervienen en quién logra iniciar una convivencia, con quién lo hace y en qué condiciones. Así lo reflejan varios estudios recogidos en el último número de Panorama Social, la revista monográfica de Funcas, dedicado a analizar el emparejamiento en España.. Las investigaciones dibujan un escenario en el que las desigualdades económicas y educativas se trasladan también al ámbito afectivo. La precariedad laboral dificulta la formación de parejas estables, aunque sus efectos no son idénticos para hombres y mujeres.. Al mismo tiempo, el nivel educativo de las familias de origen continúa influyendo en la elección de compañero o compañera, lo que convierte a la pareja en otro espacio de reproducción de las diferencias sociales.. El estudio de Héctor Cebolla señala que la mayor desventaja se concentra entre los hombres que combinan inestabilidad laboral y ausencia de estudios universitarios. Este grupo presenta un 23% menos de probabilidades de comenzar a convivir en pareja que los hombres con estudios superiores y una situación laboral estable. El efecto se observa a cualquier edad, aunque las diferencias se intensifican durante la treintena, una etapa en la que suelen consolidarse los proyectos de convivencia, vivienda y familia. La incertidumbre económica puede retrasar esas decisiones, sobre todo cuando resulta difícil garantizar unos ingresos regulares o acceder a una vivienda.. Entre las mujeres, la relación entre empleo y convivencia sigue un patrón diferente. La precariedad reduce la probabilidad de vivir en pareja con independencia del nivel educativo. Las universitarias con una posición laboral inestable presentan un 32% menos de probabilidades de convivir que aquellas que tienen estudios superiores y estabilidad en el empleo. Entre las mujeres sin titulación universitaria, la reducción alcanza el 29%.. Los datos sugieren que la estabilidad laboral continúa funcionando como un recurso importante a la hora de construir un proyecto común. Sin embargo, mientras que en los hombres la desventaja se concentra especialmente en quienes tienen menor formación, entre las mujeres la penalización de la precariedad aparece de forma más transversal. Este fenómeno cobra especial relevancia en un país marcado por una fecundidad persistentemente baja y por el descenso de la formación de parejas entre la población joven. Antes de estudiar cuántos hijos tienen las familias, plantea Funcas, es necesario analizar quiénes consiguen llegar a constituirlas.. El origen social influye. Las desigualdades no terminan una vez que se forma la pareja. El origen familiar también condiciona con quién se establece una relación. Rita Trias-Prats y Albert Esteve analizan la denominada homogamia educativa, es decir, la tendencia a formar pareja con personas que poseen un nivel de estudios similar. Su investigación incorpora, además, la formación académica de los padres y de los suegros para comprobar hasta qué punto la familia de origen sigue interviniendo en el mercado matrimonial español.. Los resultados muestran que contar con progenitores universitarios se asocia con una mayor probabilidad de tener una pareja con estudios superiores. Esta relación es especialmente visible entre las mujeres.. Aunque España ha experimentado una fuerte expansión educativa durante las últimas décadas, las personas no se emparejan en un espacio completamente abierto o ajeno a sus circunstancias sociales. Las redes familiares, los entornos educativos y profesionales y los recursos culturales continúan favoreciendo que personas de orígenes semejantes terminen formando una pareja.. Este mecanismo puede contribuir a reproducir las desigualdades. Cuando dos personas con altos niveles educativos y económicos forman un hogar, concentran recursos, contactos y oportunidades que después pueden transmitirse a sus hijos. Lo mismo ocurre, en sentido contrario, con las parejas que acumulan situaciones de vulnerabilidad.. El monográfico también aborda las consecuencias de la convivencia. A partir de los datos de la Encuesta de Salud de España de 2023, Álvaro Suárez analiza la relación entre la situación residencial y distintos indicadores de bienestar físico y psicológico. Las personas que conviven con su pareja presentan, en promedio, una mejor percepción de su estado de salud, menos problemas de salud mental, y menos limitaciones que quienes viven solos o acompañados por personas con las que no mantienen una relación de pareja.

 

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Formar una pareja no depende únicamente de las decisiones individuales, de la afinidad o del azar. La posición laboral, el nivel educativo y el origen social también intervienen en quién logra iniciar una convivencia, con quién lo hace y en qué condiciones. Así lo reflejan varios estudios recogidos en el último número de Panorama Social, la revista monográfica de Funcas, dedicado a analizar el emparejamiento en España.. Las investigaciones dibujan un escenario en el que las desigualdades económicas y educativas se trasladan también al ámbito afectivo. La precariedad laboral dificulta la formación de parejas estables, aunque sus efectos no son idénticos para hombres y mujeres.. Al mismo tiempo, el nivel educativo de las familias de origen continúa influyendo en la elección de compañero o compañera, lo que convierte a la pareja en otro espacio de reproducción de las diferencias sociales.. El estudio de Héctor Cebolla señala que la mayor desventaja se concentra entre los hombres que combinan inestabilidad laboral y ausencia de estudios universitarios. Este grupo presenta un 23% menos de probabilidades de comenzar a convivir en pareja que los hombres con estudios superiores y una situación laboral estable. El efecto se observa a cualquier edad, aunque las diferencias se intensifican durante la treintena, una etapa en la que suelen consolidarse los proyectos de convivencia, vivienda y familia. La incertidumbre económica puede retrasar esas decisiones, sobre todo cuando resulta difícil garantizar unos ingresos regulares o acceder a una vivienda.. Entre las mujeres, la relación entre empleo y convivencia sigue un patrón diferente. La precariedad reduce la probabilidad de vivir en pareja con independencia del nivel educativo. Las universitarias con una posición laboral inestable presentan un 32% menos de probabilidades de convivir que aquellas que tienen estudios superiores y estabilidad en el empleo. Entre las mujeres sin titulación universitaria, la reducción alcanza el 29%.. Los datos sugieren que la estabilidad laboral continúa funcionando como un recurso importante a la hora de construir un proyecto común. Sin embargo, mientras que en los hombres la desventaja se concentra especialmente en quienes tienen menor formación, entre las mujeres la penalización de la precariedad aparece de forma más transversal. Este fenómeno cobra especial relevancia en un país marcado por una fecundidad persistentemente baja y por el descenso de la formación de parejas entre la población joven. Antes de estudiar cuántos hijos tienen las familias, plantea Funcas, es necesario analizar quiénes consiguen llegar a constituirlas.. El origen social influye. Las desigualdades no terminan una vez que se forma la pareja. El origen familiar también condiciona con quién se establece una relación. Rita Trias-Prats y Albert Esteve analizan la denominada homogamia educativa, es decir, la tendencia a formar pareja con personas que poseen un nivel de estudios similar. Su investigación incorpora, además, la formación académica de los padres y de los suegros para comprobar hasta qué punto la familia de origen sigue interviniendo en el mercado matrimonial español.. Los resultados muestran que contar con progenitores universitarios se asocia con una mayor probabilidad de tener una pareja con estudios superiores. Esta relación es especialmente visible entre las mujeres.. Aunque España ha experimentado una fuerte expansión educativa durante las últimas décadas, las personas no se emparejan en un espacio completamente abierto o ajeno a sus circunstancias sociales. Las redes familiares, los entornos educativos y profesionales y los recursos culturales continúan favoreciendo que personas de orígenes semejantes terminen formando una pareja.. Este mecanismo puede contribuir a reproducir las desigualdades. Cuando dos personas con altos niveles educativos y económicos forman un hogar, concentran recursos, contactos y oportunidades que después pueden transmitirse a sus hijos. Lo mismo ocurre, en sentido contrario, con las parejas que acumulan situaciones de vulnerabilidad.. El monográfico también aborda las consecuencias de la convivencia. A partir de los datos de la Encuesta de Salud de España de 2023, Álvaro Suárez analiza la relación entre la situación residencial y distintos indicadores de bienestar físico y psicológico. Las personas que conviven con su pareja presentan, en promedio, una mejor percepción de su estado de salud, menos problemas de salud mental, y menos limitaciones que quienes viven solos o acompañados por personas con las que no mantienen una relación de pareja.

 

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