La economía española ofrece hoy una de esas fotografías que cambian bastante dependiendo de la distancia desde la que se observen pues, vista desde lejos, la imagen resulta positiva debido al crecimiento superior al de muchas grandes economías europeas, máximos históricos de empleo y una actividad que sigue mostrando una notable resistencia. Sin embargo, si nos acercamos con la lupa en la mano, comienzan a aparecer algunas fisuras estructurales que convendría no confundir con simples imperfecciones del revelado.. El PIB ha crecido un 2,7% interanual durante el segundo trimestre de 2026, donde la demanda nacional ha aportado 3,3 puntos al crecimiento, pero se espera una desaceleración hasta el 1,8% en 2027. Nuestra economía ha crecido más que la eurozona, pero no es más rica por ciudadano pues seguimos muy por debajo del resto en renta per cápita. Además, es curioso que la cuarta economía del euro gestione su PIB con los presupuestos prorrogados de 2023 basados en otro escenario de inflación, tipos de interés y precios energéticos. En esta línea, vemos que este crecimiento económico está siendo extensivo y no intensivo pues la productividad se encuentra estancada, donde las horas trabajadas aumentaron más que el PIB lo que explica que nuestra economía está creciendo fundamentalmente porque incorpora más factores productivos como es el aumento de la población activa pero no porque estemos consiguiendo incrementar sustancialmente el valor generado por cada hora trabajada. Es decir, aumentamos el tamaño de nuestra economía, pero es poco eficaz para incrementar de manera sostenida los salarios reales y el nivel de vida de cada ciudadano.. El mercado laboral muestra una paradoja similar al haber reducido el desempleo por debajo del 10%, con 22,8 millones de ocupados, lo que es indudablemente positivo, pero seguimos teniendo casi 2,5 millones de parados cuando la tasa de desempleo de la eurozona se sitúa en el 6,4%. Hemos avanzado mucho en ocupación mientras seguimos considerando un gran logro tener un nivel de desempleo que sería difícilmente aceptable en buena parte de Europa. A ello sumamos la precariedad laboral junto a los problemas de incorporación de los jóvenes al mercado. La inflación está incontrolada pues el IPC en agosto se sitúa en el 4,3% interanual y la inflación subyacente en el 2,9%. Después de varios años de pérdida de capacidad adquisitiva, las familias descubren que la estabilidad de precios es una quimera a la que se suma un efecto secundario beneficioso para las arcas públicas como es la progresividad en frío, donde se pagan más impuestos con menor capacidad de compra. Cuando los salarios y pensiones aumentan nominalmente para compensar la subida de los precios, pero los tramos del IRPF no se actualizan, los contribuyentes pagan más impuestos sin haberse enriquecido.. Ingresamos más que nunca pero debemos más que nunca sin recesión, pandemia ni rescate. Este fuerte crecimiento de la recaudación fiscal debería haber permitido acelerar el saneamiento de las cuentas públicas y aún así, seguimos generando déficit y aumentando la deuda pública sin freno, aunque se intente disfrazar mediante ratios sobre PIB. En esta línea, en junio de 2026 la deuda de las Administraciones Públicas alcanzaba 1,763 billones de euros, pero la deuda en términos nominales ha crecido, interanualmente, cerca de 72.000 millones de euros, lo que equivale a casi 195 millones de euros adicionales cada día. Durante 2025, el aumento fue de 78.000 millones, lo que muestra la deudo-dependencia de nuestra economía. Además, el ritmo se ha acelerado en los últimos seis meses, pues del incremento indicado, 64.400 millones corresponden al aumento en el primer semestre de este año. Es decir, ingresamos fiscalmente más que nunca, pero debemos más que nunca, todo ello sin recesión, sin pandemia y sin rescate.. Otro de los retos más complejos es el de la sostenibilidad del sistema de pensiones dada la incorporación de los baby-boomers y el envejecimiento de la población que aumentará durante las próximas décadas la presión sobre unas cuentas públicas que parten ya de niveles de endeudamiento muy elevados, llegando a representar el gasto cerca del 15% del PIB. Las medidas adoptadas son parches que han incrementado los ingresos del sistema, pero maquillan los problemas estructurales pues elevar cotizaciones y transferencias no elimina el problema demográfico, sino que modifica la forma de financiarlo, manteniendo un círculo vicioso insostenible.. Las familias han descubierto que la estabilidad de precio es en este momento una quimera. La vivienda completa probablemente el retrato más visible de nuestros desequilibrios, dada la escasez de oferta, la regulación, la inseguridad con la okupación y el resto de incertidumbres introducidas en el mercado. El precio, tanto de vivienda nueva como usada, sigue creciendo a dos dígitos mientras que también lo hacen los tipos de interés. Y cuando los precios de un activo esencial crecen varias veces más rápido que la renta disponible de buena parte de la población, la prosperidad económica comienza a adquirir un significado curiosamente abstracto para quienes intentan independizarse o comprar su primera vivienda. A todo ello debemos añadir una circunstancia irrepetible, los fondos NextGenerationEU, una oportunidad histórica, insuficientemente aprovechada, para modernizar nuestra estructura productiva por los que España ha contado durante estos años con un extraordinario impulso inversor europeo, un mecanismo que entra en su fase final y del que solo hemos recibido unos 78.000 millones de euros con sólo un 60% de los hitos y objetivos cumplidos.. Quienes tengan que gestionar nuestra economía en los próximos años se encontrarán con una mochila pesada y tendrán que resolver los problemas estructurales heredados cuando la velocidad de crecimiento vaya reduciéndose, incluso con riesgos de recesión, junto a la desaparición de los estímulos extraordinarios actuales.
La economía española ofrece hoy una de esas fotografías que cambian bastante dependiendo de la distancia desde la que se observen pues, vista desde lejos, la imagen resulta positiva debido al crecimiento superior al de muchas grandes economías europeas, máximos históricos de empleo y una actividad que sigue mostrando una notable resistencia. Sin embargo, si nos acercamos con la lupa en la mano, comienzan a aparecer algunas fisuras estructurales que convendría no confundir con simples imperfecciones del revelado.. El PIB ha crecido un 2,7% interanual durante el segundo trimestre de 2026, donde la demanda nacional ha aportado 3,3 puntos al crecimiento, pero se espera una desaceleración hasta el 1,8% en 2027. Nuestra economía ha crecido más que la eurozona, pero no es más rica por ciudadano pues seguimos muy por debajo del resto en renta per cápita. Además, es curioso que la cuarta economía del euro gestione su PIB con los presupuestos prorrogados de 2023 basados en otro escenario de inflación, tipos de interés y precios energéticos. En esta línea, vemos que este crecimiento económico está siendo extensivo y no intensivo pues la productividad se encuentra estancada, donde las horas trabajadas aumentaron más que el PIB lo que explica que nuestra economía está creciendo fundamentalmente porque incorpora más factores productivos como es el aumento de la población activa pero no porque estemos consiguiendo incrementar sustancialmente el valor generado por cada hora trabajada. Es decir, aumentamos el tamaño de nuestra economía, pero es poco eficaz para incrementar de manera sostenida los salarios reales y el nivel de vida de cada ciudadano.. El mercado laboral muestra una paradoja similar al haber reducido el desempleo por debajo del 10%, con 22,8 millones de ocupados, lo que es indudablemente positivo, pero seguimos teniendo casi 2,5 millones de parados cuando la tasa de desempleo de la eurozona se sitúa en el 6,4%. Hemos avanzado mucho en ocupación mientras seguimos considerando un gran logro tener un nivel de desempleo que sería difícilmente aceptable en buena parte de Europa. A ello sumamos la precariedad laboral junto a los problemas de incorporación de los jóvenes al mercado. La inflación está incontrolada pues el IPC en agosto se sitúa en el 4,3% interanual y la inflación subyacente en el 2,9%. Después de varios años de pérdida de capacidad adquisitiva, las familias descubren que la estabilidad de precios es una quimera a la que se suma un efecto secundario beneficioso para las arcas públicas como es la progresividad en frío, donde se pagan más impuestos con menor capacidad de compra. Cuando los salarios y pensiones aumentan nominalmente para compensar la subida de los precios, pero los tramos del IRPF no se actualizan, los contribuyentes pagan más impuestos sin haberse enriquecido.. Ingresamos más que nunca pero debemos más que nunca sin recesión, pandemia ni rescate. Este fuerte crecimiento de la recaudación fiscal debería haber permitido acelerar el saneamiento de las cuentas públicas y aún así, seguimos generando déficit y aumentando la deuda pública sin freno, aunque se intente disfrazar mediante ratios sobre PIB. En esta línea, en junio de 2026 la deuda de las Administraciones Públicas alcanzaba 1,763 billones de euros, pero la deuda en términos nominales ha crecido, interanualmente, cerca de 72.000 millones de euros, lo que equivale a casi 195 millones de euros adicionales cada día. Durante 2025, el aumento fue de 78.000 millones, lo que muestra la deudo-dependencia de nuestra economía. Además, el ritmo se ha acelerado en los últimos seis meses, pues del incremento indicado, 64.400 millones corresponden al aumento en el primer semestre de este año. Es decir, ingresamos fiscalmente más que nunca, pero debemos más que nunca, todo ello sin recesión, sin pandemia y sin rescate.. Otro de los retos más complejos es el de la sostenibilidad del sistema de pensiones dada la incorporación de los baby-boomers y el envejecimiento de la población que aumentará durante las próximas décadas la presión sobre unas cuentas públicas que parten ya de niveles de endeudamiento muy elevados, llegando a representar el gasto cerca del 15% del PIB. Las medidas adoptadas son parches que han incrementado los ingresos del sistema, pero maquillan los problemas estructurales pues elevar cotizaciones y transferencias no elimina el problema demográfico, sino que modifica la forma de financiarlo, manteniendo un círculo vicioso insostenible.. Las familias han descubierto que la estabilidad de precio es en este momento una quimera. La vivienda completa probablemente el retrato más visible de nuestros desequilibrios, dada la escasez de oferta, la regulación, la inseguridad con la okupación y el resto de incertidumbres introducidas en el mercado. El precio, tanto de vivienda nueva como usada, sigue creciendo a dos dígitos mientras que también lo hacen los tipos de interés. Y cuando los precios de un activo esencial crecen varias veces más rápido que la renta disponible de buena parte de la población, la prosperidad económica comienza a adquirir un significado curiosamente abstracto para quienes intentan independizarse o comprar su primera vivienda. A todo ello debemos añadir una circunstancia irrepetible, los fondos NextGenerationEU, una oportunidad histórica, insuficientemente aprovechada, para modernizar nuestra estructura productiva por los que España ha contado durante estos años con un extraordinario impulso inversor europeo, un mecanismo que entra en su fase final y del que solo hemos recibido unos 78.000 millones de euros con sólo un 60% de los hitos y objetivos cumplidos.. Quienes tengan que gestionar nuestra economía en los próximos años se encontrarán con una mochila pesada y tendrán que resolver los problemas estructurales heredados cuando la velocidad de crecimiento vaya reduciéndose, incluso con riesgos de recesión, junto a la desaparición de los estímulos extraordinarios actuales.
