“Oh, no, hermano. No fastidies”, se lamenta decepcionado Rileik Quick cuando se entera de que la gasolinera en la que está repostando, perteneciente a la cadena Freedom Fuel, es de tendencia MAGA (Make America Great Again), el movimiento ultraconservador que llevó en volandas a Donald Trump a la Casa Blanca.. Seguir leyendo
“Oh, no, hermano. No fastidies”, se lamenta decepcionado Rileik Quick cuando se entera de que la gasolinera en la que está repostando, perteneciente a la cadena Freedom Fuel, es de tendencia MAGA (Make America Great Again), el movimiento ultraconservador que llevó en volandas a Donald Trump a la Casa Blanca.
Quick tiene 40 años, trabaja repartiendo paquetes para Amazon y está en una estación de servicio situada en Darby, un histórico distrito a unos ocho kilómetros al suroeste del centro de Filadelfia.
—Espera, ¿cómo sabes eso? —pregunta tras recomponerse.
Lleva un chaleco azul de Amazon y un pequeño compresor en la mano para comprobar la presión de los neumáticos.
—Mira, aquí lo tienes —le muestra el periodista en el móvil.
Es una publicación de la Casa Blanca en X del 7 de julio, en la que aparece un video de promoción de esta red de gasolineras y el presidente Trump.
—Oh, mierda. Jay, mira lo que dice este. Son republicanas. Estas gasolineras son republicanas —dice, dirigiéndose a un compañero estacionado en otro surtidor al tiempo que niega con la cabeza.
—No voy a volver —perjura, antes de despedirse.
Una treintena de gasolineras Freedom Fuel aparecieron el pasado verano en suburbios de Filadelfia, Nueva Jersey y Detroit. La empresa propietaria, Freedom Fuel Network, compró una pequeña red de estaciones de servicio y las decoró con estética MAGA, con unos paneles en los que se ve la bandera estadounidense junto a un águila calva en posición de ataque. Los carteles parecen improvisados y dejan ver los rótulos blancos y verdes de la marca anterior.
No tardaron en hacerse famosas gracias a Trump. La Casa Blanca aprovechó la crisis de los combustibles para promocionarlas. Las estaciones ofrecían un precio simbólico de 3,47 dólares el galón, en homenaje a Trump (el 47º presidente de Estados Unidos). Medio dólar más barato que el resto de gasolineras. En aquella época, el precio del principal combustible que utilizan los coches estadounidenses cotizaba a 3,97 dólares, casi un 40% más que a principios de año, según los datos recopilados por la Asociación Americana de Automovilistas (AAA).

“Me complace anunciar que un minorista muy inteligente, presente en todo el noreste del país, está dando un paso al frente”, anunció el presidente republicano en Truth Social poco antes del 4 de julio, refiriéndose a Freedom Fuel Network.
El coste de la gasolina y el diésel se ha convertido en una piedra en el zapato para las aspiraciones del Partido Republicano de Trump en las elecciones de medio mandato que se celebran el próximo martes. Desde el verano, los carburantes se han encarecido aún más, lo que ha avivado el descontento de las familias estadounidenses con la gestión económica del ocupante de la Casa Blanca. Trump aprovechó las festividades del 250º aniversario de la independencia para publicitar Freedom Fuel y su red de estaciones de tinte nacionalista y MAGA.
Tres meses después de aquel anuncio, EL PAÍS ha visitado cuatro de las 30 gasolineras de la polémica compañía, situadas a lo largo de 12 kilómetros al oeste de Filadelfia, en suburbios de clase obrera y rentas bajas cuyos clientes habituales son trabajadores de los alrededores y vecinos del barrio, de mayoría negra, que desconocen el origen y significado de estas estaciones de servicio.
Ya no venden el combustible a 3,47 dólares. Han subido los precios hasta poco más de cuatro dólares: 3,83 dólares si se adquiere un lavado para el coche. Dos de estas gasolineras presentaban un aspecto descuidado y había un grupo de personas trapicheando en las zonas traseras. Otra de ellas estaba cerrada por trabajos de mantenimiento. En una cuarta, ubicada en Island Avenue, la situada más al sur, no paraban de entrar coches para llenar sus depósitos. Era la que ofrecía el combustible más barato de la zona, donde había otras estaciones de Conoco, Exxon, Quality Gas, Lukoil o Sunoco con precios por encima de los 4,19 dólares.
A Karol, de 69 años, que viaja con su hermana enferma, le molesta que no expliquen mejor los precios. “He venido a esta gasolinera porque es la más barata, pero ahora veo que si no lavo el coche, sube el precio”, cuenta, mientras se pelea con las mangueras del surtidor.
Karol, que está retirada, asegura desconocer el origen de esta red de estaciones de servicio. “Me da igual, es una gasolinera y necesito repostar. Lo hago donde sea más barato. Con lo que cobro de la Seguridad Social necesito cada céntimo”, afirma, aunque tuerce el gesto cuando descubre que la empresa cuenta con el apoyo de Trump.
Tras esta gasolinera está Randy Brown, un exentrenador de pateadores de los Baltimore Ravens, un equipo de la NFL, y exalcalde republicano de Evesham Township, un pueblo de Nueva Jersey de unos 45.000 habitantes. A principios de año, Brown acudió a la Casa Blanca para presentar un proyecto para reabrir una refinería en Saint Croix, en las Islas Vírgenes, pero no encontró mucho entusiasmo por parte de la Administración Trump.
Uno de los socios de Brown en el proyecto era Shamikh Kazmi, un operador de combustible de Nueva Jersey con un historial empresarial cuestionable. Quienes conocen a Brown relatan que es un tipo que necesita una constante aprobación y recuerdan que luce con orgullo su anillo de campeón de la NFL.

Aunque se marcharon de la Casa Blanca decepcionados, volvieron a insistir meses más tarde, cuando vieron que el presidente republicano apelaba a las grandes petroleras para que redujeran el precio de los combustibles, disparados por el bloqueo del estrecho de Ormuz a raíz de la guerra contra Irán. Los dos socios, Brown y Kazmi, registraron la empresa Freedom Fuel Network LLC, en Delaware, un Estado conocido por su opacidad y permisibilidad financiera, a finales de junio. Dos semanas más tarde, tras contactar con algunos contactos de la Administración, consiguieron que la Casa Blanca publicara un video en el que se ve a clientes satisfechos con los precios bajos y que agradecen a Trump la iniciativa.
“Freedom Fuel Network es una empresa privada orgullosamente patriótica, que respondió al llamado del presidente Trump para bajar los precios de la gasolina”, señala la sociedad en su página web. “No lo dudamos; tomamos medidas decisivas y bajamos nuestros precios para que llenar el tanque fuera más asequible para las familias trabajadoras del área metropolitana de Filadelfia”, abunda.
“Esta gasolina es una basura. Tiene un 20% de etanol”, dice Omar Baker, asesor inmobiliario y conductor de Uber en sus ratos libres. “Las ponen en los barrios negros porque son más baratas y así piensan que no nos vamos a quejar”, dice mientras conduce. Baker asegura que si los vecinos del barrio supieran que Trump apoya esas gasolineras, dejarían de utilizarlas.
El caso es que la compañía empezó a recibir denuncias de proveedores y suministradores. Las sospechas sobre Kazmi, que había integrado su pequeña red de gasolineras en el nuevo grupo, no paraban de crecer, al tiempo que la competencia se preguntaba cómo podían ofrecer la gasolina medio dólar más barata con los actuales niveles del precio del petróleo, por encima de los 100 dólares el barril.
Las estaciones de Kazmi acumulaban multas en Nueva Jersey por infracciones de seguridad y medioambientales; otra no había superado una inspección en Filadelfia; y otra de Pensilvania se vio salpicada en una disputa sobre marcas registradas entre BP, según relató el medio Politico en una investigación sobre el caso.

“Me llamo James Bond, soy el original”, dice un cliente de 81 años. “El verdadero”, insiste este hombre de ojos azules, gafas de sol y una gorra. “Sí, sabía que Trump promocionó esta gasolinera. Está bien que los que mandan hagan cosas para reducir el precio de la gasolina”. Cuando se le pregunta por los altos precios, dice con voz pausada: “Está así de alta por la guerra de Irán; quizá necesitemos un cambio. No sé si los políticos hacen las cosas pensando en la gente”.
El escándalo saltó sobre Freedom Fuel a finales del pasado septiembre, cuando la empresa Mansfield Oil demandó a la compañía del hermano de Kazmi alegando que había robado combustible por valor de cuatro millones de dólares y lo había vendido a precio de saldo a las estaciones de la red Freedom Fuel, lo que daría una explicación a que ofreciera precios mucho más bajos. La compañía no quiso hacer comentarios.
Josephine, una treinteañera del barrio, acude a la estación situada en Baltimore Pike, junto al cementerio de Fernwood. “Es mi gasolinera favorita, porque es la más barata”, dice, mientras llena el depósito de su Nissan azul. “La subida me afecta mucho porque tengo que gastar mucho más, claro”, explica mientras asiente. Al despedirse, grita desde la ventanilla de su coche: “Gracias por hacerme saber que esta gasolinera es republicana. No volveré más”.
