
Hay personas cuya ausencia cambia nuestra manera de mirar una ciudad. Al despedir a Alfredo Sánchez Monteseirín, Sevilla se convierte también en un lugar de memoria: una avenida por la que caminamos, un tranvía que pasa, una bicicleta que cruza, una plaza donde alguien se detiene a conversar. En esos gestos cotidianos permanece algo de su voluntad de transformar la ciudad y, con ella, la vida de quienes la habitan.
Hay personas cuya ausencia cambia nuestra manera de mirar una ciudad. Al despedir a Alfredo Sánchez Monteseirín, Sevilla se convierte también en un lugar de memoria: una avenida por la que caminamos, un tranvía que pasa, una bicicleta que cruza, una plaza donde alguien se detiene a conversar. En esos gestos cotidianos permanece algo de su voluntad de transformar la ciudad y, con ella, la vida de quienes la habitan.
Machado escribió: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Siempre he pensado que resulta difícil merecer esas palabras. Hablan de una bondad exigente, que obliga a escuchar, a comprender las debilidades ajenas y a ayudar sin calcular la devolución. Una bondad que se pone a prueba cuando llegan las responsabilidades, los conflictos y las decepciones. Alfredo era bueno en ese sentido.
Quienes lo conocimos recordamos su bonhomía, su cercanía, su serenidad y su sonrisa permanente, aquella forma de recibir a alguien y hacerle sentir que disponía de tiempo para escucharlo. Esa disposición convivía con una determinación que algunos tardaban en descubrir. Tenía convicciones y valor para defenderlas. Comprendía que cambiar las cosas traía dificultades y estaba dispuesto a asumirlas.
Nuestra primera conversación a solas tuvo lugar en febrero de 1998, en la cafetería de la Diputación de Sevilla, durante el Circuito Provincial de Ajedrez. Había muchos tableros y chavales jugando. Yo era un veinteañero que había acudido a pedirle consejo. Alfredo se sentó a escucharme. Aquel encuentro conserva para mí la sencillez de las cosas que terminan siendo importantes sin anunciarlo.
Después llegaron las primarias, las decisiones arriesgadas y las responsabilidades compartidas. A menudo he vuelto a aquella escena entre tableros. En política también hay que pensar varios movimientos por delante, tener paciencia y encontrar el momento de avanzar. Alfredo sabía hacerlo. Pero su principal fortaleza estaba en tener claro para qué quería avanzar: mejorar la vida de la gente.
Médico de profesión y socialista de convicción, llevó al servicio público una preocupación profundamente humanista: atender, cuidar, procurar que los demás vivieran mejor. Su paso por la Diputación y su trabajo en los municipios sevillanos precedieron a una alcaldía en la que esa preocupación adquirió una dimensión urbana visible. Gobernar suponía intervenir sobre las condiciones concretas de la existencia: cómo se desplaza alguien, dónde juega un niño, qué espacios comparte un barrio…
Llegó a la alcaldía en 1999, cuando Sevilla convivía con el orgullo de la Exposición Universal y con la dificultad de encontrar un nuevo impulso. Durante sus tres mandatos defendió que la ciudad podía preservar su identidad y abrirse al futuro. Había que tomar decisiones. Y las tomó con audacia, a veces a contracorriente, en una ciudad donde cada transformación parecía obligada a justificar su derecho a existir.
La peatonalización de la avenida de la Constitución, el tranvía, la red de carriles bici, la recuperación de espacios públicos, el plan de barrios o las Setas de la Encarnación respondían a una concepción de Sevilla. El espacio común debía favorecer el encuentro y la convivencia. Caminar, sentarse, desplazarse o disfrutar de una plaza eran asuntos políticos porque afectaban al bienestar y a la libertad cotidiana de las personas.
Su humanismo se basaba en esa idea de Kant: el ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo. Esa exigencia ayuda a entender el sentido de muchas de sus decisiones. La dignidad se expresa también en la posibilidad de habitar una ciudad accesible, compartir sus espacios y participar de sus oportunidades. Alfredo quiso que el progreso de Sevilla llegara a la vida diaria de sus vecinos.
Su proyecto Sevilla, la ciudad de las personas resumía aquella aspiración. El tiempo permite comprobar hasta qué punto algunas decisiones discutidas se han incorporado a nuestra normalidad. Paseamos por lugares cuya transformación provocó controversias y que hoy sentimos inseparables de Sevilla. Esa naturalidad puede hacernos olvidar el esfuerzo político que exigieron: imaginar algo distinto, explicarlo, sostenerlo y responder por ello cuando todavía resultaba más fácil señalar sus inconvenientes que reconocer sus posibilidades.
Hubo tropiezos, errores y momentos difíciles. Recordarlos forma parte de una valoración honesta de cualquier trayectoria pública. También permite apreciar mejor su perseverancia. Alfredo siguió trabajando con la convicción de que Sevilla tenía mucho por delante. Su legado merece ser examinado con rigor y con la perspectiva que aporta el tiempo: una parte sustancial de aquella ciudad que imaginó forma hoy parte de la que vivimos.
Quienes compartimos responsabilidades y amistad con él conservamos, además, una enseñanza menos visible. Sabía confiar, ofrecer oportunidades y crear vínculos que duraban más allá de los cargos. Muchos recibimos de él una orientación cuando todavía estábamos aprendiendo. En esa forma de acompañar había generosidad y respeto. Su autoridad crecía con la cercanía: escuchaba, decidía y asumía la responsabilidad que le correspondía.
Ahora su ausencia nos invita a mirar alrededor. Su huella está en la ciudad transformada y en las personas a las que ayudó a crecer. Recordarlo exige gratitud y también una disposición a cuidar lo recibido. Alfredo Sánchez Monteseirín entendió que Sevilla podía honrar su historia mientras construía un futuro más justo. Tuvo el valor de intentarlo. Y dejó en nuestras calles, y en muchos de nosotros, razones para seguir haciéndolo.
