Los dos grandes cuarteles generales de la política española, el del PP y el PSOE, tienen una enorme diferencia de enfoque en un tema central: la política internacional. En el PP creen que prácticamente nadie en España va a votar mirando a lo que pasa fuera. Están convencidos, según explican varios de sus miembros, de que las elecciones se deciden en asuntos puramente españoles o con claro componente local: el antisanchismo, la corrupción, Ceuta, el accidente de Urda, la amnistía, el nacionalismo, Bildu, la inmigración, la okupación. Su líder, Alberto Núñez Feijóo, apenas habla de asuntos internacionales y no se mueve cómodo ahí. Pero el PP no parece preocupado por esa cuestión. “Ahí no se juegan las elecciones”, insisten.. Seguir leyendo
Los dos grandes cuarteles generales de la política española, el del PP y el PSOE, tienen una enorme diferencia de enfoque en un tema central: la política internacional. En el PP creen que prácticamente nadie en España va a votar mirando a lo que pasa fuera. Están convencidos, según explican varios de sus miembros, de que las elecciones se deciden en asuntos puramente españoles o con claro componente local: el antisanchismo, la corrupción, Ceuta, el accidente de Urda, la amnistía, el nacionalismo, Bildu, la inmigración, la okupación. Su líder, Alberto Núñez Feijóo, apenas habla de asuntos internacionales y no se mueve cómodo ahí. Pero el PP no parece preocupado por esa cuestión. “Ahí no se juegan las elecciones”, insisten.
Por el contrario, en la sede del PSOE están convencidos de que los dos grandes éxitos de la resistencia progresista en Brasil y EE UU, los dos colosos americanos —213 y 350 millones de habitantes, respectivamente, que sumados a los 130 de México compensan los éxitos recientes de la ultraderecha americana en varios países pero mucho menos poblados— sí van a tener una influencia decisiva en el ánimo de los electores españoles, sobre todo los progresistas, que están más desmovilizados, según su interpretación, también por la sensación de que la ola de derecha en todo el planeta es imparable. “El viento empieza a no ser favorable para el PP y Vox. Ha cambiado. Y Feijóo es un barco sin motor, necesita ese viento”, señalan en el entorno del presidente.
Por eso, en su regreso a la campaña después de 10 días de parón por el accidente de Urda, Pedro Sánchez intenta subirse a esa ola de resistencia progresista y centra sus mítines en esa idea de que se acabó la ola derechista, y que España debe ser el remate para frenar a la ultraderecha después de Brasil y EE UU. De hecho, el equipo de Sánchez está intentando cerrar un mitin de Lula en España, aunque no es fácil porque el líder brasileño, de 81 años, está agotado tras una campaña infinita en la que dio un vuelco inesperado con 10 millones de votos más en la segunda vuelta.
“Lo siento mucho por Santiago Abascal y por Alberto Núñez Feijóo, que se querían montar a la ola ultraderechista, pero esta se está desmoronando. Y se desmoronará en España. Hagamos historia”, clamó Sánchez en Tarragona este sábado.
Sánchez ha cambiado el tono de su campaña, ahora mucho menos festivo. Ya no baila ni hace bromas en el escenario, ni se habla ya de la campaña del amor, como antes del accidente. Pero el marco no ha cambiado tanto: el eje está en los servicios públicos, la defensa del Estado del bienestar, un mensaje nítido de izquierda contra la “internacional ultraderechista” —se reivindica como “zurdo” y levanta la mano izquierda frente a los insultos de Milei, cuyo nombre abuchean los militantes, se lanza contra Trump, Bolsonaro o Netanyahu— y además enarbola un nuevo patriotismo que ya utilizó Lula en la campaña brasileña.
Sánchez, como su referente brasileño, explota la idea de que son los progresistas, que contestan a Trump, los verdaderos patriotas porque impiden que Brasil o España esté gobernado por los intereses de EE UU. “España se gobierna desde España, no desde Washington, Buenos Aires, Tel Aviv o Moscú. No vamos a permitir que España sea el patio trasero de la internacional ultraderechista”, lanzó el líder del PSOE. Sánchez incluso usa al Papa, otro referente internacional, a su favor, apuntando claramente que su voto en EE UU —ha confirmado que ejerció ese derecho— ha tenido que ser para los progresistas, porque él defiende la inmigración, la justicia social, el control de la inteligencia artificial, la lucha contra el cambio climático.
El Gobierno está preparando además para este martes otro paquete de medidas sociales relevante para confirmar ese mensaje de su apuesta por lo público, y ya está ultimando la subida del salario mínimo que aprobará en breve.
Mientras Sánchez busca su combustible en el giro político mundial —en su equipo recuerdan que también han ganado los progresistas en otras recientes elecciones europeas como Suecia o Dinamarca, por no hablar del caso serbio, muy especial—, Alberto Núñez Feijóo intenta devolver la campaña a los ejes de su oposición estos tres años, el que cree que más desgasta a Sánchez: la corrupción, las “orgías”, el caso Ábalos, y también Ceuta o el accidente de Urda, asuntos más recientes de ataque al Gobierno.
Feijóo había preparado un mitin en Valladolid, la ciudad de Óscar Puente, que tendría más fuerza si no hubiera dimitido, pero al caer el ex ministro él ha mantenido su discurso burlándose de los aplausos de la izquierda a su salida, que en el PSOE y el Frente Amplio contrastan con el hecho de que Carlos Mazón tardara un año en dejar el cargo y aún hoy siga siendo diputado y presidente de una comisión en Les Corts. “Están a punto de canonizar en la basílica de San Pedro al señor Puente. El PSOE ya le nombró beato, están a punto de santificarlo. ¡Pero qué falta de respeto!“, se burló Feijóo.
”Tendrán que responder ante la justicia y, si han robado el dinero destinado a proteger la vida de los españoles, tendrán que salir del poder para entrar en la cárcel”, insistió el líder del PP, siempre con la idea de la gran sombra de corrupción. Y también pidió el voto femenino, en el que tradicionalmente el PSOE tenía una ventaja importante: “Las mujeres sois las que mas sufrís la inseguridad y el descontrol. Las mujeres que levantan este país merecen que el Gobierno de las orgías se vaya”.
La campaña se abre paso poco a poco, aunque aún está lejos de volver a la normalidad. Este martes será el funeral religioso por las víctimas de Urda en Toledo. Sánchez no acudirá, como es habitual —no va a estos actos religiosos, envía a su vicepresidente, Carlos Cuerpo, y sí acude a los de Estado, laicos—, pero es probable que se reaviven las críticas. Cuerpo está trabajando para abrir vías de contacto con las víctimas, ayudarlas y acompañarlas. La investigación sigue y ahora el equipo de Cuerpo implementará las medidas para mejorar la seguridad que dejó aprobadas Puente antes de dimitir.
Sánchez ha hecho de la necesidad virtud, como siempre, pero lo cierto es que hasta el último momento intentó que Puente no dimitiera. Algunos creen que no tanto por una apuesta política —casi todo el Gobierno creía que era mejor que lo dejara—, sino por una cuestión personal: le parecía muy injusto que acabara así la carrera de un hombre clave de su núcleo duro, que le apoyó siempre desde 2017. Puente ofreció la dimisión a Sánchez dos veces, el miércoles tras el accidente y el sábado en una larga charla en La Moncloa. Pero el rechazo fue tajante. Así que el ministro habló el domingo con su familia y urdió un plan: dimitiría el martes sin decírselo a Sánchez más que un minuto antes, sin posibilidad de pararlo.
El martes Puente terminó su discurso de dimisión en casa, usó la impresora de su mujer, sin avisar a nadie de su equipo, lo metió en una carpeta roja, con tipo de letra y formato diferente a lo que había trabajado con sus colaboradores, y esperó toda la comparecencia disimulando. Finalmente envió un largo mensaje al móvil de Sánchez explicándole lo que iba a hacer. Pero no a mitad de la comparecencia, porque temía que el presidente pudiera intentar forzar un receso para convencerle. Lo hizo ya al final, y le dio la vuelta al móvil para no ver lo que contestaba Sánchez. Solo después, ya dimitido, pudo leer que su jefe político le escribía: “No lo hagas, es justo al contrario de lo que estás diciendo”. Era tarde.
Ahora hasta el propio Sánchez parece tener claro que era la mejor opción posible y la única manera de mostrar empatía con las víctimas y tratar de cortar la presión y salvar la campaña del PSOE. Ahora todo empieza de nuevo. Pero ya queda muy poco tiempo para intentar una remontada al estilo brasileño.
