The recent Autumn Fair has highlighted that when there is a bull in the arena, the party becomes grander, and if a heroic and artistic bullfighter intervenes alongside it, the excitement escalates into an uncontrollable frenzy that engulfs and transforms everything into that unfathomable mystery that undoubtedly keeps the bullfighting festival alive in the 21st century. Continue reading.
Si algo ha puesto de relieve la reciente Feria de Otoño es que cuando hay un toro en el ruedo la fiesta se engrandece, y si junto a él irrumpe un torero heroico y artista, la emoción se erige en un arrebato incontrolable que todo lo envuelve y lo transforma en ese misterio insondable que es, sin duda alguna, la lumbre que mantiene la fiesta de los toros en pleno siglo XXI.
El recuerdo de la corrida del pasado domingo ―toros de Adolfo Martín, y los diestros Antonio Ferrera y Román― perdurará mucho tiempo en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de comprobar ―muchos, quizá, por primera vez― la felicidad contagiosa de la lidia cuando se escenifica bajo los parámetros esenciales de la tauromaquia clásica.
Un toro que cause respeto y traslade la sensación de miedo a los tendidos, que se distinga por su fortaleza y fiereza, por su encastada nobleza, también, y por su decisión inapelable de vender cara su vida y pelear por ella hasta la muerte final; y un torero de raza, portentoso, valiente, dispuesto a la entrega total a cambio de una gloria incierta, artista ―artista lo es todo aquel que derrocha ciencia y poder vestido de luces―, es el cóctel necesario para que el encuentro entre el ser humano y el animal sea un estallido de conmoción.
Esa fue la película que se vivió el pasado domingo en Las Ventas, el toreo en plenitud, la verdad sin ambages, la crudeza por un lado y la inspiración por otro, y ambos conceptos abrazados al arrojo total.
Un toro que inunde de miedo los tendidos y un torero dispuesto a la entrega total a cambio de una gloria incierta es el cóctel necesario para que estalle la emoción
Antonio Ferrera, un genio, alejado de la norma, poseído de una sinrazón desconocida, iluminó la tarde con un toreo de chispazos sorprendentes; y Román, un héroe con la cabeza templada, se despojó del miedo y lo repartió por los tendidos.
Y, entre ambos, los toros de Adolfo, poderosos, desafiantes, perseverantes en su lucha, dificultosos, encastados…
Esa fue la tarde de muchas tardes de toros, una corrida para el recuerdo. Los toros, los dos matadores y todos los toreros que hicieron el paseíllo protagonizaron una experiencia trascendental.
Pero la alegría no es permanente en las almas de los aficionados. Al día siguiente, el lunes 12 de octubre, la tauromaquia mostró otro semblante, una cara sórdida, un aire taciturno, la antesala del sopor que rompe las ilusiones. Y la causa, otra vez, fue el toro ―el gran protagonista―, criado no para la emoción, sino para el disfrute y la tranquilidad de los toreros, el toro simplemente noble y tonto, soso y renqueante, manso y descastado. Y los responsables no fueron los dos jóvenes del cartel, se supone que encantados de acompañar al maestro Morante y con los toros de Garcigrande y Núñez del Cuvillo que este había elegido, sino el ‘reaparecido’ veterano que solo pudo desgranar detalles de su excelsa torería como penitencia por su exigencia ganadera.

Una experiencia gozosa y feliz el domingo, y tediosa y cansada el lunes. ¿Acaso la experiencia servirá para rectificar? No. Por una razón fundamental: si cada tarde saliera por chiqueros un toro como los de Adolfo, medio escalafón sesteaba en su casa.
La tromba de agua que el viernes 2 de octubre inundó el ruedo venteño y los cuerpos de casi todos los presentes fue la invitada inesperada al magisterio de Diego Urdiales. Empapado, toreó muy bien y solo el fallo con la espada le impidió vivir un triunfo destacado.
El domingo 4, una estocada de libro permitió que Borja Jiménez paseara una oreja con todos los honores ante una corrida decepcionante de Victorino Martín.
Y el sábado 10, un novillero, Álvaro Serrano, que había dado un serio aldabonazo en San Isidro, tuvo la osadía de encerrarse en solitario con seis novillos; y también la mala fortuna de que el tercero le levantara los pies del suelo y lo enviara, sin posibilidad de vuelta, a la enfermería. No pudo ser en esta ocasión, pero su gesto le concede un alto crédito para el futuro.
Y hubo poco más. Bueno, algo más, sí.
No se es mejor aficionado por acudir a la plaza con la escopeta de la intransigencia cargada y criticar con acritud a un torero antes de que se coloque delante del toro
Tiene razón el maestro Curro Romero cuando asegura que él prefería el público de tenis, que permanece en absoluto silencio, se limita a perseguir la pelota con la mirada, y solo se manifiesta a favor o en contra cuando finaliza la jugada. “¿Se imaginan ustedes a un pintor delante de 10.000 personas ―añade el Faraón―, y que una va y le dice: ‘ponga usted un poquito de blanco aquí, y otra, póngase más a la izquierda que no veo bien; el azul, maestro, moje el pincel en la pintura azul…’ Pues eso pasa en los toros, y te vuelven loco”.
Es verdad que han desaparecido las broncas en el toreo, pero ha surgido un fenómeno nuevo de algún modo relacionado con la reflexión de Romero: los alborotadores latosos, los que acuden a la plaza ―a la de Madrid, se entiende― con el carné de aficionado exigente en la boca y tratan de fastidiar con silbidos y protestas a destiempo, con el único objetivo de molestar, fastidiar y dar la lata.
Que no, que no se es mejor aficionado por acudir a la plaza con la escopeta de la intransigencia cargada y criticar con acritud a un torero antes de que se coloque delante del toro.
Sucedió, especialmente, con Marco Pérez, pero la actitud censurable de unos pocos se ha repetido cada tarde de la reciente Feria de Otoño con la aparente pretensión de romper la deseada armonía de un festejo taurino. Que aprendan de Curro Romero y respeten a los toreros, sea Marco Pérez o quien sea, y repréndanlos cuando la ocasión lo requiera, y después de que se hayan expresado con capote y muleta. La exigencia sin sentido, la mofa o la permanente reprimenda a voz en grito desde el tendido no es de buen aficionado, se siente donde se acomode cada cual.
Ferrera, Román, and Adolfo Martín’s bulls were the stars of a series in which Urdiales and Borja Jiménez also shone, and Alvaro Serrano was injured.
