Mientras EE UU y China compiten en IA, semiconductores o computación cuántica, Europa puede presumir ante el mundo de un avance tecnológico incontestable, un gran salto de nuestra civilización como es que el tapón de las botellas nos golpee en la nariz mientras bebemos, algo que muestra que la carrera tecnológica está más igualada de lo que parece.. Ahora, la Unión Europea ha decidido que reciclar correctamente ya no es suficiente pues, a partir de ahora, habrá que añadir al proceso una pequeña excursión doméstica consistente en comprar la bebida, pagar un depósito adicional, consumirla, conservar la botella o la lata, transportarla de vuelta y encontrar un establecimiento o una máquina dispuesta a recibirla. Todo sea por la economía circular, aunque para conseguir que el envase dé una vuelta completa quizá tengamos que dar unas cuantas nosotros.. El nuevo Reglamento europeo de envases obliga a los Estados miembros a conseguir que, en 2029, al menos el 90% de las botellas de plástico y recipientes metálicos de bebidas de hasta tres litros se recojan separadamente. Para alcanzar esa cifra deberán establecer sistemas de depósito, devolución y retorno cuando no puedan acogerse a las excepciones previstas. El mecanismo es sencillo, al comprar una bebida se paga, además del producto, una cantidad en concepto de depósito; cuando se devuelve el recipiente vacío, se recupera ese dinero. La diversión comienza cuando intentamos convertir ese esquema en millones de operaciones diarias.. El Reglamento exige que exista uno o varios operadores coordinados que gestionen el sistema que deben ser independientes y «sin ánimo de lucro», con sistemas de control, disponer de capacidad financiera y de gestión de toda la infraestructura necesaria. Los comercios estarán obligados, con determinadas excepciones por falta de espacio, a aceptar los envases de los materiales y formatos que comercializan y devolver al consumidor el depósito.. Y el dinero lo adelantará el consumidor mientras que los comercios, operadores, fabricantes y administraciones deben organizar la devolución. Además, debemos preguntarnos quién financia las máquinas, la recogida, el almacenamiento, el transporte, el recuento, el software, las campañas informativas y el personal, porque económicamente hay una vieja ley que todavía no ha conseguido derogar Bruselas, que las empresas trasladan costes cuando pueden.. Además, hay otra pequeña maravilla financiera escondida detrás del sistema, que alguien tendrá que tener dinero disponible para devolver los depósitos, es decir, una tienda puede recibir en una tarde cientos de botellas y latas adquiridas incluso en otros establecimientos y tendrá que reintegrar al consumidor el importe correspondiente. Bruselas establece que el depósito debe devolverse, pero el dinero no brota espontáneamente de la máquina de reciclaje por lo que el comercio necesitará liquidez o mecanismos de reembolso y compensación suficientemente rápidos y una gestión de tesorería que para una gran cadena puede ser una molestia administrativa, pero para un pequeño establecimiento puede convertirse en un problema real. El supermercado acaba transformado, además de en vendedor, almacenista y punto de recogida, en una pequeña ventanilla de devolución de depósitos.. Tiempo perdido y emisiones emitidas. La economía circular también tiene una curiosa concepción del tiempo ajeno pues durante la semana iremos acumulando latas y botellas vacías en casa porque ahora poseen un pequeño valor económico que perderemos si las tiramos al contenedor. Llegado el sábado, habrá que cargarlas en una bolsa, meterlas quizá en el coche y desplazarse hasta un punto de devolución que, si está a tres kilómetros, habremos recorrido seis, si está a diez, veinte. Consumiremos combustible, generaremos emisiones y dedicaremos una parte de nuestro tiempo libre a recuperar un dinero que previamente nos habían obligado a adelantar. Todo ello a pesar de que la normativa pretende precisamente que los puntos sean accesibles y próximos al consumidor, donde el establecimiento tendrá la obligación de aceptar los envases que comercializa, incluso sin ticket de compra.. Ahora bien, la cuestión no es si devolver una lata resulta posible, sino quién contabiliza el coste de hacerlo porque Bruselas contabilizará cada botella recuperada, pero no el tiempo perdido para devolverla. Así, la evaluación ambiental contará el envase recuperado; difícilmente aparecerán en esa estadística los veinte minutos del consumidor, el espacio ocupado durante una semana por los recipientes vacíos, la gasolina utilizada para desplazarse o la cola delante de una máquina de retorno. En economía, el tiempo tiene valor y el bienestar también tiene coste de oportunidad, aunque ninguna de las dos cosas lleve código de barras.. Juan Carlos Higueras es doctor en Economía y Vicedecano de EAE Business School
Mientras EE UU y China compiten en IA, semiconductores o computación cuántica, Europa puede presumir ante el mundo de un avance tecnológico incontestable, un gran salto de nuestra civilización como es que el tapón de las botellas nos golpee en la nariz mientras bebemos, algo que muestra que la carrera tecnológica está más igualada de lo que parece.. Ahora, la Unión Europea ha decidido que reciclar correctamente ya no es suficiente pues, a partir de ahora, habrá que añadir al proceso una pequeña excursión doméstica consistente en comprar la bebida, pagar un depósito adicional, consumirla, conservar la botella o la lata, transportarla de vuelta y encontrar un establecimiento o una máquina dispuesta a recibirla. Todo sea por la economía circular, aunque para conseguir que el envase dé una vuelta completa quizá tengamos que dar unas cuantas nosotros.. El nuevo Reglamento europeo de envases obliga a los Estados miembros a conseguir que, en 2029, al menos el 90% de las botellas de plástico y recipientes metálicos de bebidas de hasta tres litros se recojan separadamente. Para alcanzar esa cifra deberán establecer sistemas de depósito, devolución y retorno cuando no puedan acogerse a las excepciones previstas. El mecanismo es sencillo, al comprar una bebida se paga, además del producto, una cantidad en concepto de depósito; cuando se devuelve el recipiente vacío, se recupera ese dinero. La diversión comienza cuando intentamos convertir ese esquema en millones de operaciones diarias.. El Reglamento exige que exista uno o varios operadores coordinados que gestionen el sistema que deben ser independientes y «sin ánimo de lucro», con sistemas de control, disponer de capacidad financiera y de gestión de toda la infraestructura necesaria. Los comercios estarán obligados, con determinadas excepciones por falta de espacio, a aceptar los envases de los materiales y formatos que comercializan y devolver al consumidor el depósito.. Y el dinero lo adelantará el consumidor mientras que los comercios, operadores, fabricantes y administraciones deben organizar la devolución. Además, debemos preguntarnos quién financia las máquinas, la recogida, el almacenamiento, el transporte, el recuento, el software, las campañas informativas y el personal, porque económicamente hay una vieja ley que todavía no ha conseguido derogar Bruselas, que las empresas trasladan costes cuando pueden.. Además, hay otra pequeña maravilla financiera escondida detrás del sistema, que alguien tendrá que tener dinero disponible para devolver los depósitos, es decir, una tienda puede recibir en una tarde cientos de botellas y latas adquiridas incluso en otros establecimientos y tendrá que reintegrar al consumidor el importe correspondiente. Bruselas establece que el depósito debe devolverse, pero el dinero no brota espontáneamente de la máquina de reciclaje por lo que el comercio necesitará liquidez o mecanismos de reembolso y compensación suficientemente rápidos y una gestión de tesorería que para una gran cadena puede ser una molestia administrativa, pero para un pequeño establecimiento puede convertirse en un problema real. El supermercado acaba transformado, además de en vendedor, almacenista y punto de recogida, en una pequeña ventanilla de devolución de depósitos.. La economía circular también tiene una curiosa concepción del tiempo ajeno pues durante la semana iremos acumulando latas y botellas vacías en casa porque ahora poseen un pequeño valor económico que perderemos si las tiramos al contenedor. Llegado el sábado, habrá que cargarlas en una bolsa, meterlas quizá en el coche y desplazarse hasta un punto de devolución que, si está a tres kilómetros, habremos recorrido seis, si está a diez, veinte. Consumiremos combustible, generaremos emisiones y dedicaremos una parte de nuestro tiempo libre a recuperar un dinero que previamente nos habían obligado a adelantar. Todo ello a pesar de que la normativa pretende precisamente que los puntos sean accesibles y próximos al consumidor, donde el establecimiento tendrá la obligación de aceptar los envases que comercializa, incluso sin ticket de compra.. Ahora bien, la cuestión no es si devolver una lata resulta posible, sino quién contabiliza el coste de hacerlo porque Bruselas contabilizará cada botella recuperada, pero no el tiempo perdido para devolverla. Así, la evaluación ambiental contará el envase recuperado; difícilmente aparecerán en esa estadística los veinte minutos del consumidor, el espacio ocupado durante una semana por los recipientes vacíos, la gasolina utilizada para desplazarse o la cola delante de una máquina de retorno. En economía, el tiempo tiene valor y el bienestar también tiene coste de oportunidad, aunque ninguna de las dos cosas lleve código de barras.. Juan Carlos Higueras es doctor en Economía y Vicedecano de EAE Business School
