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  Internacional  De sueño libertario a arma política: así se apropió la ultraderecha de la ola de las criptomonedas
Internacional

De sueño libertario a arma política: así se apropió la ultraderecha de la ola de las criptomonedas

7 de julio de 2026

En la noche del 17 de enero de 2025, en vísperas de la toma de posesión de Donald Trump en el Despacho Oval, el auditorio Andrew W. Mellon estaba de fiesta. Entre esmóquines y trajes de gala, se celebraba el primer Crypto Ball, un evento exclusivo en el que empresarios ligados a las criptomonedas y cargos públicos se reunían para recibir al magnate republicano. La industria contaba las horas para dar la bienvenida a una Administración que le prometía una edad de oro. La felicidad pronto se transformó en euforia: Trump se convertía esa misma noche en el primer presidente criptobro de Estados Unidos al lanzar su propia memecoin.. Seguir leyendo

  

En la noche del 17 de enero de 2025, en vísperas de la toma de posesión de Donald Trump en el Despacho Oval, el auditorio Andrew W. Mellon estaba de fiesta. Entre esmóquines y trajes de gala, se celebraba el primer Crypto Ball, un evento exclusivo en el que empresarios ligados a las criptomonedas y cargos públicos se reunían para recibir al magnate republicano. La industria contaba las horas para dar la bienvenida a una Administración que le prometía una edad de oro. La felicidad pronto se transformó en euforia: Trump se convertía esa misma noche en el primer presidente criptobro de Estados Unidos al lanzar su propia memecoin.

El regreso del republicano a la Casa Blanca volvía mainstream las criptomonedas: que el mandatario de una superpotencia hiciera negocios millonarios en ese mundo legitimaba esta inversión a ojos del gran público. Pasar del ladrillo a este activo de nuevo cuño ha resultado ser una mina de oro para el magnate, que el año pasado declaró ingresos por más de 1.400 millones de dólares (más de 1.200 millones de euros).

Pero Trump no ha sido el único líder de la derecha radical en apostar por este mercado. Ni siquiera el pionero. El Salvador, con Nayib Bukele, fue la primera nación del mundo en 2021 en adoptar bitcoin como moneda de curso legal, un proyecto que tuvo que revertir el año pasado para recibir un crédito del Fondo Monetario Internacional (FMI). El presidente argentino, Javier Milei, promocionó un mes después de Trump otra memecoin, $Libra, que acabó desvelándose como una estafa. El británico Nigel Farage, líder de Reform UK, también propuso desregular las criptomonedas y crear un fondo de reserva de bitcoin a imagen y semejanza del propuesto por Trump en EE UU. Hoy está en contra las cuerdas tras haberse revelado regalos de un criptomillonario condenado por fraude.

“El mito de libertad absoluta que predican Milei o Bukele forma parte de una nueva ola ciberlibertaria dominada por la extrema derecha”, sentencia Paolo Gerbaudo, investigador sénior en Ciencias Sociales de la Universidad Complutense de Madrid. “Las criptos atraen a la extrema derecha porque representan el poder de la riqueza que no quiere ser regulada por la autoridad política”.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firma el Genius Act, la primera ley que regula las ‘stablecoins’. Daniel Torok (DPA/Europa Press)

En teoría, sin embargo, el mundo cripto no debería entender de política ni de ideologías. Bitcoin nació en 2008 inspirada en las ideas de los ciberpunks, activistas de la década de los noventa que veían en la tecnología criptográfica una fórmula para proteger la privacidad de sus comunicaciones ante gobiernos y grandes corporaciones. Mientras el mundo sucumbía a la peor crisis financiera en décadas, provocada por los excesos del sector financiero, emergía esta nueva moneda concebida para operar al margen de bancos e intermediarios. Esta retórica antisistema, de desconfianza hacia el Estado y la promesa de prosperidad rápida sí encaja con el ideario de una parte de la nueva derecha populista y de líderes autoritarios que se han apropiado de la iconografía de este universo en su discurso político y lo han hecho su bandera.

La crisis financiera de 2008 rompió muchas promesas y desencadenó un malestar social que perdura hoy, agravado por la crisis de la vivienda, la precariedad laboral y la erosión del poder adquisitivo de varias generaciones, que creen que el sistema les ha fallado. Y líderes como Trump o Milei han sabido interpretar mejor que nadie esa frustración. “En este contexto de cabreo, las criptomonedas se convierten en una herramienta especialmente útil porque se presentan como una alternativa al sistema y venden la idea de que es posible ascender económicamente sin seguir sus reglas”, afirma Javier Carbonell, director de Future Policy Lab.

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La ideología, con todo, no basta para explicar el matrimonio entre el mundo cripto y la esfera ultraderechista o autoritaria. Hay una cuestión mucho más pragmática: el dinero. Partidos políticos y candidatos a gobernar países tan distintos como EE UU o El Salvador han encontrado en la industria una mina de oro para financiar sus campañas: en Washington, el lobby cripto se ha volcado de lleno en las elecciones de medio mandato (que se celebrarán en noviembre) y ha aportado casi 190 millones de dólares.

No es un fenómeno nuevo y estos activos llevan años empleándose como herramienta para financiar movimientos extremistas. EE UU encabeza esta tendencia, pero en los últimos años Europa ha ganado peso y ha llegado a recibir la mitad de estos flujos destinados principalmente a grupos supremacistas blancos, nacionalistas y antisemitas, según un informe de Chainalysis.

Las criptomonedas han dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en una herramienta al servicio de objetivos ultra. EE UU ha abrazado las stablecoins —criptomonedas estables emitidas por entidades privadas y cuyo valor está ligado al de una divisa como el euro o el dólar— como una nueva vía para reforzar la hegemonía global del billete verde. Es lo que Tobias Boos, investigador de la Universidad de Viena, define como criptomercantilismo.

Nayib Bukele
El presidente de El Salvador, Nayib Bukele en la ceremonia de clausura de la Bitcoin Week en Teotepeque, El Salvador.JOSE CABEZAS (REUTERS)

El acercamiento de estos líderes al universo cripto no siempre responde a una convicción profunda sobre la tecnología ni a sus posibles beneficios económicos o sociales, sino más bien a su utilidad narrativa. “Las cripto o la inteligencia artificial llevan asociada una idea de modernidad: la creencia de que, si las desarrollamos, estaremos en la vanguardia del progreso. En El Salvador esa narrativa funciona como instrumento de propaganda, pero la cuestión es: ¿Para quién?”, se pregunta Boos.

Bukele presentó su proyecto como una solución para mejorar la inclusión financiera en un país donde en 2021 apenas el 40% de la población mayor de 15 años tenía cuenta bancaria. El objetivo era construir un sistema financiero alternativo basado en la criptomoneda, pero su adopción fue limitada. Con el tiempo, el discurso oficial viró hacia la idea de modernizar el país y convertirse en el Silicon Valley de América Latina, atrayendo a gigantes de la industria cripto como Tether, emisor de USDT, la mayor stablecoin del mercado, que trasladó en 2025 su sede al país centroamericano.

Poder y redes sociales

El espíritu rebelde y antisistema de las criptomonedas se ha ido desvaneciendo en apenas 15 años hasta dar paso a un sector que ya exhibe su influencia en los engranajes del poder. La industria cripto, liderada por Coinbase, logró paralizar en enero una ley en EE UU para regular el mercado cripto, la Clarity Act. El rechazo de la empresa al borrador obligó a los legisladores a sentarse en la mesa de negociación para ajustarse a los intereses del sector y a los de la banca tradicional.

La alianza entre las criptomonedas y los grandes líderes también está transformando la propia naturaleza de la política, cada vez más provocadora. Las memecoins lanzadas por Donald Trump y promocionadas por Javier Milei —que provocaron pérdidas millonarias a miles de inversores— son un ejemplo. También lo es Dogecoin, la memecoin por excelencia respaldada por Elon Musk y cuya influencia llegó a inspirar incluso el nombre de un organismo gubernamental estadounidense para fomentar la eficiencia, el DOGE. “Es la irreverencia propia de la cultura de internet frente a una política percibida como aburrida, excesivamente reguladora y burocrática”, señala Gerbaudo.

Pero esa connivencia no se queda en unos tuits. Ha llegado a tocar uno de los pilares del Estado: la moneda. El auge de las stablecoins —versiones digitales del dólar emitidas por empresas privadas— desplaza el poder monetario hacia actores privados. Y la proliferación de memecoins sin utilidad real crea lo que el investigador de la Universidad Complutense de Madrid define como una economía del fraude. “¿Qué sentido tiene una moneda así si no es beneficiar a quien la emite? Lo sorprendente es que hace 10 años lo habríamos llamado crimen económico, mientras hoy lo toleramos como si fuera libre mercado”, insiste.

Dogecoin
Representación de la criptomoneda meme Dogecoin.Yuriko Nakao (Getty)

La normalización de estas dinámicas sería difícil de entender sin el papel de las redes sociales. El universo cripto se apoya en el deseo de pertenecer a algo más grande: comunidades digitales que comparten códigos, narrativas y expectativas. Plataformas como X o Telegram prosperan en un contexto marcado por la crisis de los intermediarios, explica el politólogo Eduardo Bayón. “Está relacionado con la falta de expectativas, la desafección política, la crisis de los medios de comunicación y la creciente tendencia a informarse a través de las redes sociales”, señala. “En estos entornos domina un discurso extremo de individualismo y liberalismo radical, teorías conspirativas y una visión específica del éxito económico”.

En un mundo en el que el ascensor social se ha roto, la promesa de enriquecerse rápidamente al estilo de El lobo de Wall Street ha encontrado un terreno fértil. Ese es el caldo de cultivo de una parte de los llamados finfluencers, creadores de contenido financiero que presentan la inversión especulativa como una vía de ascenso económico al alcance de cualquiera. En España se volvió famoso el caso de Álvaro Romillo, conocido como Cryptospain, que prometía rentabilidades mínimas de un 20% anual y terminó acusado de estafa, organización criminal y blanqueo de capitales. Romillo también financió la campaña a las elecciones europeas del líder de Se Acabó La Fiesta Luis Pérez, Alvise. Pero a estos prescriptores ahora se suman figuras como Trump o Milei, que a golpe de tuits mueven millones de dólares.

La búsqueda del éxito económico a cualquier precio actúa como hilo conductor de muchos de estos discursos. Y la promesa central de las criptomonedas conecta directamente con esa aspiración: enriquecerse rápido. Este nuevo ecosistema encarna el concepto de homo speculans, desarrollado por Aris Komporozos-Athanasiou, profesor de sociología en el University College de Londres, en su libro Comunidades especulativas. Para el experto, la crisis financiera marcó el paso del homo economicus, —un individuo racional que calcula costes y beneficios—, a un sujeto más imaginativo, que ante un futuro incierto, lo único que le queda es especular, algo que deja de ser una excepción. “Cuanta mayor es la incertidumbre que percibimos, más tendemos a especular”, resume. Trump, Milei, Farage o incluso Bukele no han creado este sujeto, pero han aprendido a hablar su mismo idioma.

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