Tras años de prosperidad económica en los que Alemania se benefició del mercado único de la UE y de la globalización, convirtiéndose en una gran potencia exportadora, en los que Rusia proveía de energía barata a su gigantesca industria y China era un importante mercado de destino de sus productos, Berlín se enfrenta a una nueva realidad cargada de desafíos. Tiene tantos frentes abiertos con una economía que no termina de recuperarse, que el pesimismo se ha extendido entre la población. Los alemanes, además, dudan de que el canciller alemán, Friedrich Merz, esté a la altura.. Seguir leyendo
Tras años de prosperidad económica en los que Alemania se benefició del mercado único de la UE y de la globalización, convirtiéndose en una gran potencia exportadora, en los que Rusia proveía de energía barata a su gigantesca industria y China era un importante mercado de destino de sus productos, Berlín se enfrenta a una nueva realidad cargada de desafíos. Tiene tantos frentes abiertos con una economía que no termina de recuperarse, que el pesimismo se ha extendido entre la población. Los alemanes, además, dudan de que el canciller alemán, Friedrich Merz, esté a la altura.
China ha irrumpido de forma masiva en el mercado europeo, desplazando no solo a los fabricantes de automóviles germanos, sino también a los de otros sectores, como el de la ingeniería mecánica. A esto se suman los aranceles estadounidenses impuestos por Donald Trump y la crisis energética desencadenada tras la guerra en Ucrania. La falta de competitividad de las empresas alemanas, tanto por sus productos como los costes, ha llevado a muchas a emprender duros recortes y a trasladar sus actividades fuera del territorio germano.
Desde la pandemia de coronavirus, Alemania ha perdido más de 341.000 empleos en el sector industrial, es decir, ha desaparecido uno de cada 17 puestos de trabajo, especialmente en el sector automotriz. Desde hace meses, existe una concatenación de malas noticias. La última saltó la semana pasada, cuando se dio a conocer que el grupo Volkswagen prevé recortar hasta 100.000 empleos en todo el mundo y estudia el posible cierre de tres fábricas en las ciudades alemanas de Hannover, Zwickau y Emden. Sin olvidar el exiguo pronóstico de crecimiento de un 0,5% para este año, retrasos en grandes proyectos de infraestructura y la impuntualidad de los trenes alemanes. El año pasado, apenas el 60% llegó a su hora.
Todo ello ha extendido el pesimismo entre la población, que mira también con escepticismo al futuro. Menos del 10% cree que a la próxima generación o a la siguiente le irá mejor. “Es una cifra que hasta ahora no habíamos visto”, comenta el sociólogo Steffen Mau, director del Instituto Max Planck de Ciencias Políticas y Sociales y profesor en la Universidad Humboldt de Berlín. Pero este pesimismo generalizado, que afecta a todas las capas sociales, es distinto a épocas pasadas. “Es diferente porque la crisis es mucho mayor. Llevamos siete años sin crecimiento. Esto no ha ocurrido nunca antes en la historia de Alemania”, señala Mau, y añade: “También falta liderazgo por parte de la política”.
La conjunción de problemas ha hecho caer en picado la popularidad del Gobierno. Según la última encuesta de DeutschlandTrend, solo el 13% está satisfecho con la labor del Ejecutivo de conservadores y socialdemócratas y, de nuevo, solo el 13% lo está con Merz. Ningún canciller en el cargo ha recibido jamás una valoración tan mala. “Ese pesimismo económico y a la vez político, con un auge de dos partidos extremos y un Gobierno a la vista de los votantes débil, es una mezcla bastante peligrosa, porque con anteriores crisis económicas, por lo menos había un mínimo de confianza en el Ejecutivo”, explica Peter Matuschek, politólogo e investigador del instituto demoscópico Forsa. “Con un Gobierno malo había una economía que funcionaba, pero ahora se junta la crisis económica con la política y es peligroso”, alerta.
De acuerdo con sus encuestas, la economía sigue siendo la principal preocupación “con diferencia” de los alemanes, y mientras que en la pandemia había una mayoría que creía que el Estado era capaz de afrontar los problemas, ahora ya no es así. “Hay una desconfianza que no afecta solo a la actuación del Gobierno, sino también a la capacidad del Estado de cumplir con sus funciones. Y en la medida que eso se extienda puede ser peligroso para el apoyo al sistema democrático en su conjunto”.

El Gobierno intenta ponerle remedio, pero Merz ha tardado 14 meses en lograr un acuerdo con los socialdemócratas, su socio en la coalición, para presentar finalmente esta semana un extenso paquete de medidas con las que volver a encarrilar al país y que van desde una reforma fiscal y flexibilizaciones en el mercado laboral hasta una profunda reforma de las pensiones. Pero el electorado lleva mucho tiempo viendo las peleas de los socios de coalición y escuchando declaraciones desafortunadas de Merz, como cuando insinuó que los alemanes eran unos vagos y que debían trabajar más si querían mantener la prosperidad del país. “Hasta los votantes conservadores están insatisfechos con el rumbo del país y del Gobierno”, indica Matuschek.
“Cuando preguntamos a ese más del 80% que no está satisfecho con Merz qué les molesta, son tres cosas: que haya roto sus promesas electorales, que no haya liderazgo y que anuncie cosas que luego no cumple”, analiza el experto. “Nunca hemos visto una caída de confianza en un Gobierno en un solo año como ahora”, subraya. Al final, como apunta también el sociólogo Mau, existe un sentimiento generalizado entre la población de que los políticos “simplemente no son capaces” de resolver los problemas actuales. El gran beneficiario de esta situación es el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD), que lidera los sondeos de intención de voto con un 29%.
“Una sociedad sin confianza en el futuro y sin optimismo es difícil de integrar. Es entonces cuando crecen las fuerzas centrífugas y surgen nuevos actores políticos que pueden sacar partido de ello. Y eso es precisamente lo que está haciendo AfD con gran éxito en estos momentos. Y eso es, en realidad, algo que hace cuatro o cinco años no nos hubiéramos podido imaginar: que casi un tercio de los votantes estuviera dispuesto a dar su voto a un partido que, en algunos aspectos, es inconstitucional”, comenta Mau sobre el éxito de los ultras, impulsado por el pesimismo y “un resentimiento arraigado” en el este de Alemania. Como en Sajonia-Anhalt, donde en septiembre podría ganar las elecciones regionales con más de un 40%. Pero también cuenta con mucho apoyo en el oeste, “donde la gente les vota por miedo hacia el futuro”, apunta Matuschek.

Como explica el sociólogo Axel Salheiser, del Instituto para la Democracia y la Sociedad Civil (IDZ), todos los partidos democráticos deberían hacer balance “con un poco de autocrítica y reconocer que, sencillamente, hay razones por las que el electorado tradicional se ha alejado”. “Se trata precisamente de abordar de verdad los problemas, los miedos y las preocupaciones de la gente. Y es evidente que AfD lo ha conseguido con algo más de éxito, al menos en lo que respecta a la comunicación y la presentación”, apunta.
Su entrada por primera vez en un Gobierno de un Estado federado enviaría, según Salheiser, “una señal fatal”, ya que en última instancia se abrirían las puertas a la participación de AfD en otros gobiernos. “AfD se normalizaría, al igual que otros partidos de ultraderecha en Europa ya se normalizaron mucho antes”, pronostica, “Pero con la diferencia de que aquí nos enfrentamos a un partido verdaderamente antidemocrático, muy radical y una ideología de facto fascista”.
AfD se nutre de la sucesión de crisis: primero la de los refugiados, después la del coronavirus y al final la energética, que han provocado que la gente sienta que se va de mal a peor. “Sienten que la política solo saca conejos viejos de la chistera”, asegura Salheiser.
Por si esto no fuera suficiente, esta semana la selección alemana fue eliminada en el Mundial de fútbol ante Paraguay. No obstante, como dice Matuschek, “hay que tener en cuenta que la mayoría no está interesada en el fútbol. Solo un tercio de la población tiene interés en el fútbol”. “Pero sí, es un poco simbólico”, reconoce. El orgullo alemán se nutría antaño, sobre todo, de los éxitos económicos y de la industria automotriz. “Ese orgullo se basaba, en realidad, en que, con el trasfondo del auge económico de la posguerra, siempre se ha creído que es económicamente superior a otros países”, recuerda Mau. Y detalla: “Uno viajaba antes a Italia u otros países y allí siempre se decía: ‘Sí, se está muy bien allí, pero cuando vuelves a Alemania, aquí todo funciona a la perfección”.
Eso ha cambiado. “Cuando hoy uno viaja a España, Italia o Francia ya no se dice eso necesariamente, sino que uno se sorprende de que muchos ámbitos de la vida estén mucho más digitalizados, de que el tren funcione de maravilla y esté muy limpio, y así sucesivamente”, agrega. “Aunque como es natural, algunas personas interpretan la eliminación del Mundial de alguna manera como un reflejo de la situación mental, política y económica general del país”, concluye el experto.
