Durante siglos, el contrato social fue bastante sencillo, trabajamos, cobramos un salario, pagamos impuestos y, con una mezcla de esfuerzo, suerte y paciencia, intentamos llegar a fin de mes. Ahora la IA amenaza con modificar ese acuerdo y Bruselas empieza a escuchar una idea que hasta hace poco parecía reservada a utopistas, tecnólogos millonarios y tertulianos de madrugada, basada en pagar una renta a cada ciudadano por el simple hecho de estar vivo.. La propuesta resulta seductora pues si las máquinas redactan informes, atienden clientes, diseñan campañas, programan aplicaciones y hasta explican cómo despedir empleados con empatía corporativa, parece razonable preguntarse qué harán quienes sean sustituidos por un algoritmo que no enferma, no protesta y tampoco pide teletrabajo los viernes ni un mes de vacaciones.. Hablamos de la Renta Básica Universal que, si fuese de 1.000 euros mensuales para todos los europeos, costaría unos 5,4 billones al año, lo que supone 28 veces el presupuesto comunitario actual, algo inviable con el sistema fiscal existente. Para conseguirlo, no bastaría con subir los impuestos a los ricos, perseguir a cuatro multinacionales tecnológicas y colocar una nueva tasa digital, sino que habría que aumentar impuestos de forma generalizada, eliminar prestaciones existentes o endeudarse hasta que nuestros nietos recibieran también una renta básica para poder pagar la deuda de sus abuelos.. En esta línea, serían necesarias medidas tales como sustituir las pensiones no contributivas, subsidios, prestaciones por desempleo y otras ayudas por esa renta básica, al igual que incrementar considerablemente el IVA, IRPF y los impuestos sobre el capital. Además, habría que tributar por los beneficios generados por la automatización y la creación de nuevos impuestos europeos.. Además, si la IA destruye empleo, también destruirá cotizaciones sociales, recaudación por IRPF y parte del sistema que sostiene pensiones, sanidad y ayudas públicas de modo que Europa podría terminar intentando financiar el desempleo tecnológico con impuestos cobrados a trabajadores que ya no existen.. Por tanto, habría que gravar menos el trabajo y más el valor añadido, las rentas de las grandes corporaciones, los datos y el capital automatizado, es decir, gravar más el capital y la productividad generada por las máquinas donde Europa, que regula con extraordinaria eficacia tecnologías creadas en otros lugares, corre el riesgo de convertirse en el continente que no fabrica los robots, pero redacta cuidadosamente el formulario para cobrarles impuestos.. Y aquí viene el gran problema pues mientras las empresas digitales puedan trasladar sus inversiones y beneficios a otras jurisdicciones fiscalmente más amables, si Europa grava excesivamente la IA, pero no desarrolla empresas ni tecnologías propias capaces de competir, podría terminar repartiendo una riqueza que se genere en EE.UU. o Asia, lo cual sería el inicio del fin del ansiado Estado del Bienestar.. En este sentido, Europa se convertiría en consumidora, contribuyente y dependiente de la IA, pero no propietaria de la riqueza generada, de modo que una parte creciente de la renta europea saldría del continente en forma de suscripciones, licencias, servicios en la nube y beneficios empresariales, por lo que el valor añadido terminaría en las cuentas de una minoría de compañías extracomunitarias, propietarias de la tecnología.. Además, Europa perdería los pocos empleos de alto valor que le quedasen, reduciendo su capacidad fiscal ya que una renta universal no crea riqueza por sí misma, solo distribuye la producida con anterioridad y, por tanto, Europa tendría que conseguir que la IA generase aumentos de la productividad extraordinarios y, además, capturar fiscalmente una parte de los mismos. Simplemente, idílico, porque no se puede construir un Estado del Bienestar de primer nivel sobre una economía tecnológicamente de segunda división pues, quien no crea la tecnología acaba pagando por utilizarla y quien no posee el capital termina dependiendo del subsidio.. Los europeos debemos recordar que quien solo reparte la riqueza ajena termina descubriendo que también reparte su propia decadencia. En definitiva, la renta universal puede llegar a ser necesaria, pero no será gratis, ni universal en la práctica, ni una solución mágica, será una transferencia gigantesca desde quienes controlen la tecnología hacia quienes dependan de ella, haciendo que la libertad económica se transforme en dependencia permanente del Estado o, peor aún, bajo un nuevo “tecnofeudalismo” controlado por grandes corporaciones.
Durante siglos, el contrato social fue bastante sencillo, trabajamos, cobramos un salario, pagamos impuestos y, con una mezcla de esfuerzo, suerte y paciencia, intentamos llegar a fin de mes. Ahora la IA amenaza con modificar ese acuerdo y Bruselas empieza a escuchar una idea que hasta hace poco parecía reservada a utopistas, tecnólogos millonarios y tertulianos de madrugada, basada en pagar una renta a cada ciudadano por el simple hecho de estar vivo.. La propuesta resulta seductora pues si las máquinas redactan informes, atienden clientes, diseñan campañas, programan aplicaciones y hasta explican cómo despedir empleados con empatía corporativa, parece razonable preguntarse qué harán quienes sean sustituidos por un algoritmo que no enferma, no protesta y tampoco pide teletrabajo los viernes ni un mes de vacaciones.. Hablamos de la Renta Básica Universal que, si fuese de 1.000 euros mensuales para todos los europeos, costaría unos 5,4 billones al año, lo que supone 28 veces el presupuesto comunitario actual, algo inviable con el sistema fiscal existente. Para conseguirlo, no bastaría con subir los impuestos a los ricos, perseguir a cuatro multinacionales tecnológicas y colocar una nueva tasa digital, sino que habría que aumentar impuestos de forma generalizada, eliminar prestaciones existentes o endeudarse hasta que nuestros nietos recibieran también una renta básica para poder pagar la deuda de sus abuelos.. En esta línea, serían necesarias medidas tales como sustituir las pensiones no contributivas, subsidios, prestaciones por desempleo y otras ayudas por esa renta básica, al igual que incrementar considerablemente el IVA, IRPF y los impuestos sobre el capital. Además, habría que tributar por los beneficios generados por la automatización y la creación de nuevos impuestos europeos.. Además, si la IA destruye empleo, también destruirá cotizaciones sociales, recaudación por IRPF y parte del sistema que sostiene pensiones, sanidad y ayudas públicas de modo que Europa podría terminar intentando financiar el desempleo tecnológico con impuestos cobrados a trabajadores que ya no existen.. Por tanto, habría que gravar menos el trabajo y más el valor añadido, las rentas de las grandes corporaciones, los datos y el capital automatizado, es decir, gravar más el capital y la productividad generada por las máquinas donde Europa, que regula con extraordinaria eficacia tecnologías creadas en otros lugares, corre el riesgo de convertirse en el continente que no fabrica los robots, pero redacta cuidadosamente el formulario para cobrarles impuestos.. Y aquí viene el gran problema pues mientras las empresas digitales puedan trasladar sus inversiones y beneficios a otras jurisdicciones fiscalmente más amables, si Europa grava excesivamente la IA, pero no desarrolla empresas ni tecnologías propias capaces de competir, podría terminar repartiendo una riqueza que se genere en EE.UU. o Asia, lo cual sería el inicio del fin del ansiado Estado del Bienestar.. En este sentido, Europa se convertiría en consumidora, contribuyente y dependiente de la IA, pero no propietaria de la riqueza generada, de modo que una parte creciente de la renta europea saldría del continente en forma de suscripciones, licencias, servicios en la nube y beneficios empresariales, por lo que el valor añadido terminaría en las cuentas de una minoría de compañías extracomunitarias, propietarias de la tecnología.. Además, Europa perdería los pocos empleos de alto valor que le quedasen, reduciendo su capacidad fiscal ya que una renta universal no crea riqueza por sí misma, solo distribuye la producida con anterioridad y, por tanto, Europa tendría que conseguir que la IA generase aumentos de la productividad extraordinarios y, además, capturar fiscalmente una parte de los mismos. Simplemente, idílico, porque no se puede construir un Estado del Bienestar de primer nivel sobre una economía tecnológicamente de segunda división pues, quien no crea la tecnología acaba pagando por utilizarla y quien no posee el capital termina dependiendo del subsidio.. Los europeos debemos recordar que quien solo reparte la riqueza ajena termina descubriendo que también reparte su propia decadencia. En definitiva, la renta universal puede llegar a ser necesaria, pero no será gratis, ni universal en la práctica, ni una solución mágica, será una transferencia gigantesca desde quienes controlen la tecnología hacia quienes dependan de ella, haciendo que la libertad económica se transforme en dependencia permanente del Estado o, peor aún, bajo un nuevo “tecnofeudalismo” controlado por grandes corporaciones.
