Chuck Berry cumple cien años desde su nacimiento. And it’s surprising that the world of show business, always fascinated by round numbers, has barely reacted. Even though we shouldn’t be surprised: few superstars have tried so hard to ruin their reputation. Continue reading
Se cumplen los cien años del nacimiento de Chuck Berry. Y asombra que el mundo del show business, siempre fascinado por las cifras redondas, apenas se haya hecho eco. Aunque no deberíamos sorprendernos: pocas superestrellas se esforzaron tanto por hundir su reputación.
Antipático, arrogante y descreído, adquirió la mala costumbre de trabajar sin banda fija. Solo le preocupaba cobrar por anticipado y en metálico. Llegaba con su Gibson ES-355, exigiendo al promotor de turno que le buscara acompañantes locales. En Madrid, durante la inauguración del Hard Rock Café: se negó a ensayar con los designados para respaldarle, unos asombrados Ronaldos. Ni siquiera informaba a los instrumentistas sobre los temas que se proponía tocar.
Suponía que todo rockero debía conocer su principal repertorio. Él fue el responsable de convertir la guitarra eléctrica en el principal arma expresiva del rock. Y no solo eso: fijó su mitología con la saga de Johnny B. Goode, arquetipo del músico que triunfa gracias a su determinación y un talento innato. Sin olvidar el audaz gesto de altanería que supuso Roll over Beethoven, con su explicitado desdén por Ludwig y Chaikovski.
Infantil, sí. Pero Berry trabajaba para unos teenagers con necesidad de reforzar su identidad en un mundo hostil (eran los tiempos del pánico moral alrededor de la delincuencia juvenil, presentada como deplorable signo de los tiempos). Cierto que la fama le llegó cuando ya era un treintañero, con experiencias vitales muy muy distintas de las de su público. En 1959, conoció en Texas a una muchacha apache, Janice Escalante, a la que se llevó a trabajar en su club, en St. Louis. La chica tenía entonces 14 años y, cuando la relación terminó, acudió a la policía. Aguantó dos juicios, pero acabó en la penitenciaría, año y medio entre rejas, aprovechando para componer joyas como You Never Can Tell y, ah, estudiar contabilidad.
Su estrella había decaído en Estados Unidos, pero no en el Reino Unido, donde The Beatles, The Rolling Stones y otros conjuntos reconstruían gozosamente sus creaciones. Hubo una banda que explicitaba en su nombre la veneración general por su persona: The Rockin’ Berries.
Si lo sabía Chuck Berry, no pareció impresionarle. Tampoco se mostró más precavido: circularon vídeos privados que reflejaban su, ejem, intimidad. Volvieron a surgir problemas por turbios incidentes sexuales, resueltos con acuerdos extrajudiciales. Cuando regresó a la cárcel en 1979, fue por un asunto de impuestos. Se hacía difícil alegar, como se solía comentar en los sesenta, que se castigaba su carácter de negro-que-no-sabía-su-lugar. Conviene recalcar que esos deslices no suponían un baldón en el universo del rock: siempre sospechamos que, vaya, nuestros héroes no se parecían a los ángeles.
Más hiriente resultaba la desidia por su arte. Puede entenderse que menospreciara el gusto del gran público: su único número uno, My ding-a-ling, era una guarrilla canción ajena sobre la masturbación. El documental Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll, que recogía dos conciertos de homenaje celebrados en 1986, mostraba cómo Chuck era capaz de enfurecer a su fan número uno, Keith Richards, encargado de dirigir la banda. Pelearon por la forma correcta de tocar Carol y hasta hubo violencia en el camerino. Richards seguramente olvidó aquello de “mejor no conocer a tus ídolos”.
Paradox: The great chronicler of the explosive youth life in the 1950s was a mature man who also ended up bitter.
