
Una tarde, intentando combatir el sopor de la sobremesa conduciendo sola, sintonicé de casualidad Como el perro y el gato, en Onda Cero y, sin ser amante de las mascotas, no solo me espabilé, sino que me reí yo sola con el ingenio, el ritmo y, a la vez, el rigor del programa. Se lo cuento a su director, Carlos Rodríguez, y me cita, encantado, en su clínica, Mascoteros, en un polígono de Rivas Vaciamadrid, a las afueras de la capital. Una nave a la que acude gente de toda España en busca de remedio para los males de sus animales domésticos. Hablamos en una salita, con la mesa de exploraciones de por medio, mientras en el box de al lado una señora muy mayor espera angustiadísima a su perro, que se ha clavado espigas en la oreja. A diario, hay casos mucho más graves. Y no pocos que entran por su pie para ya no salir vivos. El día a día de una clínica veterinaria.

UN TIPO MUY ANIMAL
Carlos Rodríguez (Madrid, pero «con alma gallega», 62 años) se declara fan total del papel del actor Luis Zahera en la serie Animal, que recrea las peripecias de un veterinario rural en la Galicia actual, enfrentado a la visión consumista y mercantilista de las mascotas. «Me lo comía entero», dice este veterinario también de origen gallego que, durante muchos años, trabajó para «los paisanos» campesinos y ganaderos de su tierra, sin horario, sin tarifas y, muchas veces, cobrando en especie. Muchos años después, Rodríguez, que ha ejercido en muchas de las áreas de su profesión, es el director y presentador del programa Como el perro y el gato, en Onda Cero, colabora con la televisión pública de Castilla-La Mancha, y dirige una clínica de mascotas en Rivas Vaciamadrid. Su pasión defendiendo a su profesión y a sus clientes irracionales, y su forma de hablar sin pelos en la lengua, le granjea las simpatías y, también, algún desencuentro con sus colegas: «Un 80% me quiere, porque digo las verdades, y otro 20% me querría meter una pica por el culo por bocazas», dice. En esta entrevista tiene para todos.
Una tarde, intentando combatir el sopor de la sobremesa conduciendo sola, sintonicé de casualidad Como el perro y el gato, en Onda Cero y, sin ser amante de las mascotas, no solo me espabilé, sino que me reí yo sola con el ingenio, el ritmo y, a la vez, el rigor del programa. Se lo cuento a su director, Carlos Martínez, y me cita, encantado, en su clínica, Mascoteros, en un polígono de Rivas Vaciamadrid, a las afueras de la capital. Una nave a la que acude gente de toda España en busca de remedio para los males de sus animales domésticos. Hablamos en una salita, con la mesa de exploraciones de por medio, mientras en el box de al lado una señora muy mayor espera angustiadísima a su perro, que se ha clavado espigas en la oreja. A diario, hay casos mucho más graves. Y no pocos que entran por su pie para ya no salir vivos. El día a día de una clínica veterinaria.
¿Y ese poder de convocatoria?
Pues chica, no sé. A ver, tú sabes perfectamente que los medios te posicionan, y cuando un profesional, de lo que sea, sale en la radio o en la tele, la gente se cree que es Dios. Obviamente, no soy Dios, aunque puedo ser particularmente bueno en cirugía y traumatología. Pero aquí hay gente que se te planta desde Oviedo sin cita, y yo nunca le voy a decir que no. Los días que vengo, no tengo horario.
No es Dios, pero ¿es creyente?
Sí, mis padres eran absolutamente católicos. Mi padre nació en 1920 y mi madre en 1930 y en aquella época, en Galicia, para estudiar, o te ibas con los curas o nada. Pero, sí, curiosamente, soy más creyente cuanto más viejo. Mi padre decía una cosa que me encanta: nacemos incendiarios y morimos bomberos.
¿Eso tiene que ver con ver la muerte cada vez más cerca?
Fíjate, eso del “uy, que viene la parca”, o lo de “este cuerpo pide tierra” no me preocupa demasiado. A mí me preocupa el dolor. Mi padre lo sufrió durante muchísimos años, para al final morirse igual. Mi madre, pobrecita, se fue como un pajarito durante la pandemia.
Habla del dolor y la muerte. ¿Usted se considera médico?
Sí, soy médico. En la mayoría de los países, los veterinarios son médicos, menos en España. En la profesión veterinaria hay frustración porque no se nos considere como lo que somos. Yo, particularmente, no la tengo. Pero creo que, si no es así, es porque nosotros lo hemos hecho mal. En época de mis padres, el veterinario tenía la misma consideración social que el médico. Ya no. Pero todo lo que has comido, ha pasado por nuestra supervisión. Somos quienes visamos todos los alimentos, y toda el agua. Somos salud pública. Tenemos una responsabilidad social brutal y cero poder efectivo y consideración social.
Según su asociación, la de veterinaria es la profesión con mayor tasa de suicidios. ¿Tiene idea de por qué?
Estudias para dar vida y salud, y eso, cuando no puedes hacerlo, duele mucho. No olvides que tenemos la capacidad de decidir quitarle la vida a un animal. Ejercemos la eutanasia de forma libre, evidentemente profesional y consensuada con el propietario del animal, pero la responsabilidad es nuestra. Entonces, estás en contacto con la muerte, con el sufrimiento del animal y de la familia, estás jodido, no te valoran, tienes muchísima responsabilidad social, incluso penal, matas animales, te vas a casa con toda esa mierda. Todo eso, y tener a tu disposición fármacos que te pueden llevar al otro barrio, puede ser una bomba. El último compañero que sé que se suicidó lo hizo en su clínica, se cogió una vía, se puso una botella de eutanasia en el suero, y se quedó ahí dormido, tan ricamente. Es un goteo crónico. A nadie le interesa. También te digo que somos un colectivo que no ha estado unido nunca.
¿Tienen una especie de juramento hipocrático?
Lo tenemos. Nuestra legislación profesional habla de garantizar la salud y bienestar de los animales. Si no puedes dar salud, porque un animal se está yendo, al menos que su último momento sea de bienestar, que no sufra. He visto a miles de animales irse. Muchos no se olvidan.
En este país no hace tanto que se tiraban cabras desde los campanarios.
Yo he estado en el Toro de la Vega grabando, jugándomela, porque me empujaron y me insultaron, y me parecía una aberración. Hablan de tradiciones y respeto: vete a la mierda. El respeto natural es el respeto a la vida. ¿Por qué tiene más importancia tu vida que la de un pececito de acuario? Eso son recuerdos atávicos del ser humano. Hay gente que tiene mucho apego a lo instintivo, al dolor, a la lucha, a la defensa del territorio, al poder. Eso, unido a la masa, es terrible.
¿Le gustan los toros?
Mi padre era taurino hasta que un día, viendo la tele en blanco y negro, mi hermano y yo le preguntamos por qué sudaba tanto el toro, y mi padre, antes de mentirnos diciendo que era sangre, prefirió dejar de ver las corridas. Le pesaba más el pecado de mentir a sus hijos que la afición. Digamos que no soy taurino, pero tampoco un antitaurino encendido.
Hay veterinarios de plazas de toros más taurinos que los toreros.
Todo compañero tiene mi respeto, que se mantiene o no depende de su forma de actuar. Puedo entender a quienes les gusta la estética, la liturgia. Pero dices: “Coño, en Portugal tienen todo eso y no los matan”. Ahí hay algo de eso atávico. Puede que un torero me diga: “Es que me empalmo cuando mato a un toro”. Guay. No vamos a ser amigos. O sí. Yo he tenido clientes toreros que se les moría el perro y lloraban como benditos. No voy a dejar de atender a nadie porque les gusten los toros. Yo soy veterinario y tengo que atender a tu animal. Lo dicho: salud y bienestar.
¿Es usted animalista?
Es que a mí lo de animalista no me define, porque me suena a insulto, como fascista, o como rojo, en según qué contextos. Suena a algo más político que de corazón, y yo no tengo ningún carné de animalista, yo soy veterinario y quiero salud y bienestar para los animales, que es mi código deontológico. Otra cosa es que haya veterinarios que se lo salten.
¿Ama a los animales?
Sí. Lloro. Sufro. Me emocionan. Veo sentimientos en sus ojos y en sus acciones. Los amo.
¿A todos?
Pues te diría que sí, porque, también con la edad, aprecio más la importancia de cada ser en este planeta. Hay una cosa muy chorra, si quieres: pero la Tierra es un gran buque en el que, si desaparece una pequeña especie de escarabajo, se forma una grieta que no sabes cómo va a acabar. Todos cuentan.

Una compañera tiene la foto de su perro en el escritorio. Hay quien se define como “madre” de gatos. ¿Qué le sugiere?
A mí me suena raro, quizá por el léxico. Un hijo, no. Pero que una mascota es un familiar, sí, te lo compro. Siempre he pensado que hay familia genética y no genética. La genética es la que te toca. Y la no genética, la que eliges: los amigos. Y la mascota es un amigo, igual que un señor de Valladolid que has conocido en un tren, pero que metes en casa. Con la diferencia de que la responsabilidad que adquieres es mayor que con un amigo. Porque su vida y su salud depende de ti.
¿Adoptamos mascotas para paliar la soledad?
Muchas veces. La pandemia fue brutal: hubo un repunte en la tenencia de mascotas no por la chorrada de poderlos sacar, sino porque nos enfrentó a una realidad muy jodida: la soledad. A ti te meten en una habitación y en esa situación ¿quién te acompaña?
Un perrito que te ladre.
Claro, cariño. Con una mascota tú te estás asegurando un vínculo positivo en el peor momento de tu puta vida. Un animal no te juzga, te ve en pelotas y no te dice que se te han caído las tetas, o el pellejo de los huevos. Con un animal no hay crisis. Él te ve divino. Un perro te ama. Un gato, bueno, te quiere y es un buen compañero.
¿Sigue habiendo abandono de mascotas en verano?
Pero, cómo. Estamos igual o peor que siempre. La Fundación Afinitty dice que son 250.000 al año, yo creo que estamos cerca del millón. Un millón de mascotas abandonados al año en un país donde se calcula que hay cinco o seis millones de perros y entre tres y cuatro millones de gatos. Somos el país europeo que más abandona. Somos lo peor, una puta vergüenza.
Pero si somos súper pet friendly.
Lo que somos es pijos: parece que si una empresa saca una norma que se pueden llevar al perro, somos guais, pero no. España es un país que todavía huele a sangre animal. Tenemos toros. Tenemos caza: el 80% del territorio español es de caza. Y tenemos la sangre de todos los animales para el consumo. Yo no soy vegetariano ni vegano. Pero, si queremos seguir consumiendo proteína animal, lo que tenemos que hacer los veterinarios es exigir y supervisar que todo el proceso que vive un animal de abasto sea con cero dolor. Salud y bienestar. Si eres veterinario y sigues el código deontológico, es fácil.
¿Ha aumentado la esperanza de vida de las mascotas?
En el 88, cuando acabé la carrera, un perro pequeño vivía unos 12 o 13 años. Ahora, aquí atendemos a un Yorkshire de 23 años que el hijo de puta está perfecto de piel y de todo, con unas cataratas del Niágara, eso sí. Somos cada vez más especialistas y tenemos más medios y más avances médicos, y la gente asume que, si tiene un animal, tiene que cuidarlo.
¿Le gusta la moda canina?
Mira, eso es una gilipollez. El perro tiene su propia ropa, que es su pelaje. Un husky siberiano tiene su ropa y fue creado para un determinado sitio, aunque nosotros lo metamos en Sevilla. Eso es una mala decisión, que, normalmente, el animal es capaz de solventar. Pero lo de los modelitos, el collar de Swarovksy o la ropita de Carolina Herrera es mero posicionamiento social del dueño.
¿Cuántos animales tiene en casa?
Tengo cuatro gatos y un chihuahua viejo. Ninguno de ellos los he decidido tener yo. Los cuatro gatos los trajo mi pareja cuando empezamos a convivir. Y el chihuahua es de mi hija. Entonces, no tengo vida para tener más. Son de la familia. Es como vivir con alguien: quieres estar con esa persona, hablarle, mirarla a los ojos, sentirla, cuidarla. Si es familia, lo es para todo. Y yo no tengo más vida.
O sea, que no me lo voy a encontrar en los “bous a la mar” de Denia.
Mira, eso me parece casi más fuerte que otros festejos. O sea, que, para divertirse los señores, hacen caer a los toros a un medio que no es el suyo y donde pueden morir ahogados. ¿Eso es una celebración? Sería mucho más divertido que el alcalde o alcaldesa corrieran en pelotas con unos cuernos falsos y se dieran un chapuzón. Yo me reiría mucho más.
Carlos Rodríguez (Madrid, pero «con alma gallega», 62 años) se declara fan total del papel del actor Luis Zahera en la serieAnimal, que recrea las peripecias de un veterinario rural en la Galicia actual, enfrentado a la visión consumista y mercantilista de las mascotas. «Me lo comía entero», dice este veterinario también de origen gallego que, durante muchos años, trabajó para «los paisanos» campesinos y ganaderos de su tierra, sin horario, sin tarifas y, muchas veces, cobrando en especie. Muchos años después, Rodríguez, que ha ejercido en muchas de las áreas de su profesión, es el director y presentador del programa Como el perro y el gato, en Onda Cero, colabora con la televisión pública de Castilla-La Mancha, y dirige una clínica de mascotas en Rivas Vaciamadrid. Su pasión defendiendo a su profesión y a sus clientes irracionales, y su forma de hablar sin pelos en la lengua, le granjea las simpatías y, también, algún desencuentro con sus colegas: «Un 80% me quiere, porque digo las verdades, y otro 20% me querría meter una pica por el culo por bocazas», dice. En esta entrevista tiene para todos.
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