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“Yo no soy de Badía. Badía nació de mí”, cuenta un vecino de esta población barcelonesa en la que 13.000 habitantes viven en un kilómetro cuadrado. Hace 50 años, el régimen franquista creó en tiempo récord 200 edificios. Pero solo hizo eso. No dotó al lugar de una planificación urbanística ni de servicios básicos. Se convirtió en un espacio al borde del colapso. Fueron sus habitantes los que, a golpe de protesta, lograron escuelas, centros de salud y transporte público. Lo muestra el cineasta Fèlix Colomer en Vecinos de hormigón, documental ya disponible en Movistar Plus.
“Badía del Vallès está en muchas clasificaciones negativas. Es de los pueblos más pobres, de los que tiene mayor densidad de población, el pueblo con más amianto… Tiene mala fama, aunque es muchas otras cosas. Es una ciudad experimento”, comenta a EL PAÍS el director de la película, en conversación telemática desde Barcelona.
De hecho, el título inicial de la película era Experimento Badía, por sus circunstancias únicas: “Se crea, una ciudad de la noche al día, de la nada y llega todo el mundo, que es gente pobre, migrante, joven… Y, encima, no les dan nada. Es el caldo de cultivo perfecto para alimentar una revolución”, explica Colomer.
El documental cuenta cómo asociaciones de vecinos hiperactivas y altamente comprometidas, la solidaridad entre familias y un puñado de protestas imaginativas han obrado el milagro. Es un microcosmos que ha superado a su manera problemas que definen a la España actual, la de la acampada en Sol para reclamar una vivienda digna, la de la falta de recursos públicos y la de la desigualdad social. Y que han inspirado al cineasta catalán. “A mí me ha transformado totalmente conocer a los vecinos de Badía del Vallès. He dejado algo de lado las redes y he empezado a apuntarme a asociaciones de padres del colegio, a clubes de lectura y a cosas que hacen barrio. Me he dado cuenta de que mi vida era completamente egoísta; que lo único que hacía era porque me venía bien a mí”, confiesa.
Y eso que Colomer se crió cerca de allí. Es de Sabadell. “Solo conocía lo malo. Ni siquiera una historia concreta, solo una idea generalizada”. Ahora, ha podido relatar cómo un grupo de madres acordó en los ochenta, casi de forma espontánea, encerrarse en un edificio hasta que las autoridades lo habilitaran como guardería para sus hijos. Luego llegaron las acciones que les dieron las escuelas, los centros de salud y los autobuses. Ahora que la población original de Badía está envejeciendo, lo que necesitan y lo que reclaman son residencias. “Me gusta mucho la frase que dice uno de los vecinos con los que hablamos. Sobre que se convirtieron en rebeldes por necesidad, no por ideología. No les quedaba otra”.

Después de mucho esfuerzo por construir su propio Badía, llegó otro problema que amenazó con destruir todo lo que los vecinos habían logrado. Descubrieron que todos y cada uno de los edificios que había construido Franco contenían un material tan tóxico como el amianto. De nuevo, esa historia se ha convertido en una historia de éxito que ha llegado al documental en el último momento, a modo de cartel final. Tras haber finalizado el montaje, se anunció que las protestas vecinales habían logrado forzar el inicio de las obras de retirada del amianto, un proceso burocrático que les ha llevado muchos años sacar adelante.
Su otro conflicto, es que más de 1.200 viviendas protegidas de la localidad barcelonesa reciben la prohibición de pasar al mercado libre poco antes de cumplirse el plazo por hallarse en una zona de elevada demanda, lo que genera un agravio comparativo entre una parte de la población de Badía con respecto a la otra.
El futuro de esta población barcelonesa, que ha llegado a tener empadronadas a más de 17.000 personas, depende ahora de sus habitantes más jóvenes. Muchos han tenido que marcharse de su lugar de nacimiento. No por falta de oportunidades, sino por falta de espacio. A media que las nuevas generaciones han ido independizándose, no han encontrado vivienda en un lugar en el que ya no se puede construir más. “Además, cuesta mucho que los jóvenes de ahora salgan de casa y se asocien, aunque solo sea para hacer actividades culturales o deportivas. El fenómeno de Maricarmen y la Puerta del Sol me da alguna esperanza. Si los jóvenes de Badía salieran a la calle, creo que los políticos, que son cobardes, accederían a muchas de sus peticiones a cambio de evitar una polémica”, barrunta el director de Vecinos de hormigón.

El alcalde de Badía, Josep Martínez Valencia (PSC), de 36 años, ha sido uno de esos pocos hijos de la ciudad que han podido quedarse en el lugar en el que nació. Uno de los proyectos que tiene en mente es el de intentar que todas estas personas mayores que viven solas compartan piso con estudiantes universitarios.
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