Cada campaña electoral cuenta con una instancia fundamental o múltiples instancias que encapsulan su mensaje central y resaltan la importancia de la competencia en curso. Durante los últimos minutos del último debate presidencial en Brasil, ese momento particular tuvo lugar en esta segunda vuelta. Inicialmente, la conversación se centró en el concepto de tarifa cero para el transporte público los fines de semana. Esta propuesta tiene por objeto permitir a los trabajadores aprovechar al máximo su tiempo de ocio, en consonancia con la reducción de la semana laboral de seis a cinco días. Flávio Bolsonaro expresó su apoyo pero acusó al gobierno de disminuir el poder adquisitivo. Afirmó que un salario mínimo más alto no tendría sentido si Lula «proporciona con una mano y se retira con nueve dedos». Un comentario perjudicial, empleado por la oposición contra el presidente que posee un dedo menos, que pronto se arrepentiría. Seguimiento del análisis.
Todas las campañas electorales tienen uno o varios momentos que las resumen, que captan la esencia de lo que está en juego en la contienda. En esta segunda vuelta en Brasil, ese momento se produjo durante unos escasos minutos del último debate presidencial. La discusión giraba, en principio, en torno a la tarifa cero en el transporte público los fines de semana, una propuesta pensada para que los trabajadores puedan aprovechar su tiempo de descanso, en línea con la reducción de la semana laboral de seis a cinco días. Flávio Bolsonaro dijo estar a favor, pero acusó al gobierno de erosionar el poder adquisitivo: de nada servía un salario mínimo más alto, sostuvo, si Lula “da con una mano y quita con los nueve dedos”. Una frase hiriente, utilizada por la derecha contra el mandatario quien tiene un dedo menos, de la que pronto se arrepentiría.
El tema remitía a una cuestión de clase. Y Lula no dejaría pasar la oportunidad de construir una respuesta de clase. El presidente reivindicó que, si alguien conocía el mundo del trabajo, era él, que, según recordó, había perdido el dedo a los 17 años mientras trabajaba de noche en un turno que, por ser menor de edad, no le correspondía. Replicó que no iba a permitir que un “miliciano” —en alusión a los vínculos atribuidos a la familia Bolsonaro con grupos parapoliciales de Río de Janeiro— lo llamara así. Y acusó a su rival de no haber trabajado en su vida y de haber comenzado su carrera con un puesto fantasma en el despacho de su padre, cuando este era diputado federal. Lula transformó el agravio personal en un agravio social.
Desde luego, Flávio Bolsonaro no perdió la segunda vuelta —cuando parecía destinado a ganarla— por un mero traspié retórico. Pero esa “insolencia”, como la llamó Lula, dejaba ver un desprecio más amplio por los de abajo que el antipetismo —el bloque político y social adversario del Partido de los Trabajadores— nunca se molestó en ocultar. Con su respuesta, Lula invirtió, además, una idea-fuerza que la extrema derecha viene machacando desde hace tiempo, tanto en el Norte como en el Sur: como ha señalado el filósofo belga Michel Feher, en lugar de enfrentar a capitalistas y asalariados, esa derecha divide la sociedad en dos grupos morales: los productores y los parásitos. En ese instante, el parásito era Flávio; el productor, Lula.
El candidato ultra comenzó la campaña con la ventaja de tener el ánimo encendido de su base. La desolación atravesaba el campamento enemigo. La primera vuelta no solo había dejado a Flávio Bolsonaro por delante de Lula —lo que parecía definir la elección—, sino que la derecha había logrado importantes victorias en las gobernaciones y en el Senado. La ola que se había llevado por delante al PT debía llevarse también a Lula unos días después. Pero, como ha señalado el columnista Mario Sergio Conti, la remontada vino inicialmente desde abajo. Y, en gran medida, de los jóvenes. Sindicatos, universidades y organizaciones sociales comenzaron a autoconvocarse, movilizados por el miedo a lo que vendría: un bolsonarismo 2.0 que, detrás de un supuesto Bolsonaro moderado, anticipaba un retorno al brutalismo. “Al comprender de repente lo que haría la extrema derecha si recuperara el poder, un pueblo alarmado asumió la tarea de detenerla”, resumió Conti.
El PT logró construir una épica de la remontada hasta el mismo día de la elección. La izquierda tomó las calles. Pero también recuperó espacio en el mundo virtual. El propio Lula destacó, en su discurso de victoria ante una multitud, el papel de André Janones. El diputado de 42 años fue el artífice de lo que la periodista Sabrina Freire denominó la “reorganización digital de la izquierda”, que transformó el miedo a la derrota en una enorme movilización social, en lugar de dejarlo desembocar en una depresión paralizante. “Con humor, desafíos y apelaciones emocionales, Janones transformó WhatsApp en un centro de movilización colectiva.
El canal Ejército de Lula articuló una campaña con casi 11 millones de seguidores”. Fue un ejército capaz de atacar con eficacia a su adversario ultra. Tras el debate, por ejemplo, difundió el hashtag #SomosTodos9Dedos. El desafío en ese terreno era enorme. En la primera vuelta, los dos candidatos a diputados federales más votados de la historia de Brasil fueron Lucas Pavanato y Nikolas Ferreira, dos jóvenes influencers bolsonaristas. El primero tiene unos 6,5 millones de seguidores en Instagram; el segundo, casi 26 millones. Ambos son conservadores, combativos y buenos polemistas. Consciente del peso de las redes sociales, Lula llamó a Janones “nuestro general”.
Por un momento, el gran partido de los trabajadores brasileños y su líder sindical que este 27 de octubre cumple 81 años parecían recuperar su antiguo esplendor. Pero las dificultades para vencer a un candidato gris —que, sin embargo, cuenta con una base territorial, social, ideológica y cultural— y la complicadísima correlación de fuerzas a la que se enfrentará Lula en su cuarto mandato muestran que las cosas no han vuelto a “su lugar”. O, mejor dicho, que este es el nuevo lugar: uno marcado por una derecha reaccionaria, resistente, pero no invencible.
