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  Nacional  En el Gurugú ya solo quedan los monos
Nacional

En el Gurugú ya solo quedan los monos

15 de agosto de 2026

Una madre zarandea con violencia a su bebé y hace un ademán de morderlo. Una familia contempla la escena y se ríe sin que nadie se lo afee. La madre y el hijo de la trifulca son macacos de Berbería, de la misma especie que los célebres monos de Gibraltar, y la familia que asiste encantada al maltrato son unos vecinos de la cercana Nador (161.726 habitantes, Marruecos, a unos 15 kilómetros al sur de Melilla), que huyen del calor pegajoso. Han sorteado la humedad de la costa para refugiarse a la sombra de pinos carrascos en una cumbre que se impone con sus 900 metros junto al mar de Alborán.. Seguir leyendo

  

Una madre zarandea con violencia a su bebé y hace un ademán de morderlo. Una familia contempla la escena y se ríe sin que nadie se lo afee. La madre y el hijo de la trifulca son macacos de Berbería, de la misma especie que los célebres monos de Gibraltar, y la familia que asiste encantada al maltrato son unos vecinos de la cercana Nador (161.726 habitantes, Marruecos, a unos 15 kilómetros al sur de Melilla), que huyen del calor pegajoso. Han sorteado la humedad de la costa para refugiarse a la sombra de pinos carrascos en una cumbre que se impone con sus 900 metros junto al mar de Alborán.

Este sábado, mientras al pie del monte Gurugú la policía y el ejército marroquí se despliegan por doquier para evitar un posible asalto a la valla de Melilla de migrantes irregulares, en la cercanía de la cumbre se respira un aire fresco y ni rastro de los campamentos de migrantes subsaharianos que durante años convirtieron esta montaña, bien visible desde Melilla, en una sala de espera a la intemperie para aguardar el día de la fortuna y conseguir colarse en suelo español.

Inmigrantes subsaharianos en el monte Gurugú, en agosto de 2012.samuel Sánchez

Aquel paisaje icónico durante algunos de los episodios de mayor presión sobre la frontera es ahora un mero espacio de recreo custodiado por el ejército. La Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) de Nador, que asegura seguir desde 2010 la situación de los migrantes y solicitantes de asilo en la ruta hacia Melilla, sitúa en 2022 el último gran campamento de la zona de Nador, provincia marroquí colindante con la ciudad autónoma. Los últimos migrantes de fuera de Marruecos que acamparon en masa fueron sudaneses y se asentaron en los bosques al sur del famoso monte. “En Nador ya no hay migrantes subsaharianos en los bosques”, sentencia Omar Naji, miembro de la AMDH. La asociación denuncia a este diario que Marruecos los ha ido expulsando a zonas del interior del país.

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“No harraga”, asegura un transeúnte de Nador ciudad, la principal del entorno de Melilla, con unos 158.000 habitantes. Emplea el término magrebí utilizado para referirse a quienes intentan emigrar irregularmente a Europa. Pero que no se los vea no significa que no estén. La iglesia católica de Santiago el Mayor en la antigua ciudad del Protectorado Español está cerrada a cal y canto; en una sala anexa a la parroquia, una especie de cochera en penumbra, seis mujeres están aprendiendo a leer y escribir en francés esta mañana. Una de ellas, con un bebé a su lado. Las seis son subsaharianas y muestran un gesto asustado ante la presencia inesperada de la prensa. Prefieren no hablar y quienes las atienden tampoco quieren que lo hagan.

“Están en absoluto peligro. Una simple foto puede ponerlas en riesgo”, explica la religiosa francesa que ejerce de maestra y que no quiere dar su nombre. Cuenta las condiciones en las que llegan algunos de los migrantes que pasan por el servicio diocesano y la atención que reciben. Curan a los heridos y acogen también a mujeres que han dado a luz o están a punto de hacerlo en condiciones insalubres. Muchas han sufrido trata y requieren protección, señala la religiosa. La parroquia mantiene desde hace años un servicio de atención a migrantes que ofrece consulta médica, asistencia psicológica y social, alojamiento de urgencia y acompañamiento en trámites administrativos y solicitudes de asilo. Por allí pasan personas procedentes de distintos países del África subsahariana y también palestinos.

Santiago el Mayor tampoco ha sido ajeno a los intentos de entrada en Melilla de finales de julio, cuando más de 1.300 personas intentaron burlar el celo fronterizo y colarse en España. Este mes, el servicio ha atendido a 18 senegaleses que formaban parte de un grupo mayor y que, asegura la religiosa, habían intentado alcanzar la frontera española. Las fuerzas marroquíes se lo impidieron. Algunos llegaron heridos y con hambre. La mayoría de los migrantes atendidos viven con amigos en pequeños apartamentos del propio Nador que la religiosa califica de “totalmente insalubres y miserables”. Ya no quedan, confirma ella, personas viviendo en los bosques como las que durante años formaron parte del paisaje migratorio de los alrededores de la ciudad. Como en el Gurugú. “La policía no consiente campamentos”.

Fuera de esas dependencias parroquiales, sin embargo, la presencia migrante resulta difícil de detectar. “Ahora hay menos”, dice Tafik, de 78 años, en un español impecable mientras toma un café en vaso en el centro de Nador. Profesor de arte titulado en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, sigue con preocupación las entradas masivas a Ceuta y Melilla. Este sábado, día en que las redes cacareaban una nueva intentona, al menos en Nador “la cosa está bastante tranquila”.

Un destacamenteo de militares y policías marroquíes en la ciudad marroquí de Beni Enzar, fronteriza con Melilla, este sábado.el país

Pero esa calma de Nador comienza a cambiar en el trayecto de unos 14 kilómetros hacia Beni Enzar, cerca de la frontera con Melilla. La carretera está jalonada por vehículos policiales y de las fuerzas de seguridad y hay controles en los que participan agentes de paisano. En el ambiente fronterizo ya no están este sábado los habituales niños que venden chicles a un dirham con la valla española de fondo. Y conforme se acerca el paso fronterizo, el enorme dispositivo de las fuerzas policiales, auxiliares y militares marroquíes se hace mucho más visible.

En la margen de la avenida que conduce hacia España permanecen entre 60 y 70 militares y policías, según una estimación visual sobre el terreno. Unos visten uniformes de camuflaje y otros van completamente de negro. Hay señales de que han pasado allí la noche. Bajo cuatro tiendas se distribuyen alrededor de medio centenar de catres y, junto a ellos, esperan ordenados en el suelo decenas de escudos semicirculares y cascos con rejilla de protección utilizados en intervenciones antidisturbios. Adam, camarero de 18 años de uno de los cafetines próximos a la frontera, cuenta que la presencia policial se ha hecho especialmente intensa durante los dos últimos días.

El despliegue coincide con una jornada en la que se temía a ambos lados de la frontera una nueva entrada masiva alentada por llamamientos difundidos en redes sociales. Este sábado, sin embargo, no se produjo ningún intento. Melilla amaneció en calma chicha, con presencia de la Guardia Civil en distintos puntos del perímetro fronterizo y especialmente en el entorno del Dique Sur, escenario principal, pero no el único, de las entradas de finales de julio.

La AMDH sostiene que el dispositivo marroquí se extiende mucho más allá de Beni Enzar. Su responsable habla de controles en las carreteras procedentes de Uxda (a unos 149 kilómetros al este) y Fez (a unos 300 kilómetros al suroeste), pensados, asegura, “para arrestar a jóvenes que quieren ir hacia el norte” del país, en dirección a Ceuta y Melilla. Especifica que ya no se trata de subsaharianos, sino de marroquíes que “tienen todo el derecho de desplazarse donde quieran dentro de su país”. La organización cifra además en más de 80 los jóvenes marroquíes detenidos desde el 1 de agosto en Nador y Beni Enzar, entre ellos 18 menores y dos chicas, y subraya que las detenciones continúan. Según su responsable, las autoridades utilizan cámaras y grabaciones de drones para identificar posteriormente a jóvenes y detenerlos incluso en sus domicilios. “Es reconocerlos, van a arrestarlos y los llevan ante el tribunal”. Los condenan por atentado a la autoridad, delitos de daños, desorden público…

La asociación, que está asistiendo a los procesos judiciales, sostiene que 26 de esos detenidos fueron condenados el miércoles a cuatro meses de prisión firme y que algunos jóvenes declararon ante el juez haber sufrido malos tratos policiales durante su arresto. Denuncia además traslados hacia el interior del país de marroquíes interceptados en Nador o en las carreteras que conducen hacia el norte, como ocurrió con los subsaharianos. La estimación es de dos o tres autobuses cada noche, “a veces más”, con unas 30 o 40 personas, hacia lugares incluso a centenares de kilómetros como Beni Melal (al suroeste de Beni Enzar), Uazarzate (al sur del país), la carretera de Fez o de Er-Rachidía (también al sur). “Los arrojan allí así como así, con una botella de agua, sin más ayuda”.

 

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