Hace diez años, desde la azotea de un edificio art déco de Copacabana colgaba una pancarta de 28 metros que mandaba al carajo al presidente de la Cámara de Diputados. “Fora Cunha”, se leía en unas letras blancas sobre fondo negro. Eduardo Cunha, experto submarinista de las cloacas políticas brasileñas, había abierto el proceso que acabaría tumbando a la presidenta Dilma Rousseff, del partido de Lula, y meses después terminaría él mismo en la cárcel por corrupción. Carteles así abundaban en las ventanas de Brasil, pero ninguno tan grande.. Seguir leyendo
Hace diez años, desde la azotea de un edificio art déco de Copacabana colgaba una pancarta de 28 metros que mandaba al carajo al presidente de la Cámara de Diputados. “Fora Cunha”, se leía en unas letras blancas sobre fondo negro. Eduardo Cunha, experto submarinista de las cloacas políticas brasileñas, había abierto el proceso que acabaría tumbando a la presidenta Dilma Rousseff, del partido de Lula, y meses después terminaría él mismo en la cárcel por corrupción. Carteles así abundaban en las ventanas de Brasil, pero ninguno tan grande.
La idea fue de Zé Alberto, un ingeniero electrónico que se consideraba apolítico. El señor pensó en colgarlo solo en su balcón, pero Cunha causaba tanta indignación que los demás vecinos, aunque pensaban y votaban muy diferente, convirtieron el asunto en una iniciativa de condominio. Hoy no se pondrían de acuerdo ni en eso.
Aquel era ya un Río de Janeiro dividido que salía a la calle a favor o en contra de la izquierda casi cada semana. Empezaba a asomarse ya ese clima de crispación que ha terminado imponiéndose aquí y en buena parte de la región, la más polarizada del mundo, según la ONU. EL PAÍS volvió al edificio el pasado lunes, con Brasil camino de una de las segundas vueltas más reñidas de la historia, con curiosidad sobre cómo seguía esa convivencia.
Las disputas ideológicas no se han transformado en una guerra abierta entre los vecinos, pero hay más silencio. Los mismos que hace diez años debatían en la azotea hoy ni lo intentan. Cada uno está más seguro de lo suyo, y cada uno teme por la democracia en manos del otro.

Diez años y siete meses después, Ângela Valério tiene el pelo algo más cano, pero no ha cambiado mucho. La actriz sigue bella y vital a sus 75 años. En 2016, cuando EL PAÍS la entrevistó por primera vez, vestía toda de blanco, pero hoy aparece de rojo chillón, el color del Partido de los Trabajadores. Su camiseta es un homenaje a Dilma Rousseff. Valério está decepcionada y preocupada por el resultado de la primera vuelta, en la que la derecha arrasó y Flávio Bolsonaro superó por dos puntos a su admirado Luiz Inácio Lula da Silva. En Río, Lula ganó en los barrios del metro cuadrado más caro, Copacabana incluida, mientras que Bolsonaro lo hizo en la periferia pobre de la Zona Oeste. “Cada cien años la humanidad cae en una enfermedad de absolutismo. Es pendular. Y como es una enfermedad, no sirve de nada tener argumentos”, lamenta.
Su militancia ha ido a más en estos años. Durante los 580 días que el expresidente pasó en prisión, la actriz viajó cuatro veces a Curitiba para sumarse a quienes, cada día, le gritaban al líder del PT desde fuera de la cárcel “buenos días, presidente Lula”. “Buenas tardes”. “Buenas noches”.
Y, desde 2019, cada domingo monta con otros militantes una mesita en el paseo marítimo. Hoy también ha revisado lo que pensaba de su oficio: “Cuando era más activa como actriz, creía que ese trabajo ya era una forma de militancia. No lo era. Era solo fantasía. Militancia es esto, estar de verdad en contacto con la gente”. ¿Por qué sus vecinos no votan a Lula, si también les fue bien con él?, se pregunta. “Es un prejuicio de clase. Y está lo de las iglesias, que presentan a Lula como el demonio”.
El ascensor sube hasta la azotea y, por el camino, se ve la puerta de su casa, cubierta de pegatinas de propaganda política —“una vez un trabajador del edificio me las arrancó”, asegura—. En el último piso había hace diez años una terraza con unas sillas de plástico blanco. En dos de ellas se sentaron Ângela y Zé Alberto para contar la historia de la pancarta. Ella cargaba contra los “medios golpistas” y una “justicia selectiva” con Lula.
Él, con una camiseta de apoyo a Sergio Moro, el juez que lo investigaba, le reprochaba al PT haber nacido como “un partido ético” para acabar justificando “el robo de siempre”. La actriz se rascaba la oreja y sonreía apretando los dientes para contenerse; el ingeniero agitaba la mano derecha para subrayar cada frase. No estaban de acuerdo en nada, pero la discusión se diluyó sin mayores tensiones.
Hoy, donde estaban aquellas sillas, hay una coqueta zona común con sofás y mesas, que los vecinos usan para sus propias reuniones. Se conocen desde hace 30 años, pero casi nunca se juntan. “La usamos muy raramente, y cada uno por su lado”, dice Ângela. Se reúnen sobre todo en Nochevieja, para dar la bienvenida al nuevo año, pero porque es cuando la playa de enfrente se convierte en uno de los espectáculos pirotécnicos más fotografiados del mundo.
Recrear aquella conversación de hace una década entre vecinos no va a ser fácil. Nadie aparece. Ângela escribe en el chat del edificio y nadie contesta. “Llevo más de 30 años viviendo aquí y no tenemos ninguna intimidad con ningún vecino. Es una locura”, dice. Sospecha que su militancia no ayuda: “La gente se defiende, y más sabiendo quién soy”.
Zé Alberto, que ahora tiene 67 años, está de viaje por trabajo. Él sí responde al teléfono y concede unos minutos, aunque horas más tarde. “En Brasil nos estamos cerrando”, reconoce. Según un estudio del centro de investigación InternetLab, la mitad de los brasileños evita hablar de política en el grupo de WhatsApp de la familia para no pelearse, y dos de cada tres prefieren no tocar el tema con familiares y amigos.

Zé Alberto, hoy presidente de la comunidad, también se ha endurecido. “No soy partidario de Bolsonaro. Eso no es verdad”, corrige, aunque Sergio Moro, el juez al que admiraba por encarcelar a Lula, fue ministro de Justicia de Jair Bolsonaro y acaba de ser elegido gobernador de Paraná con las siglas de su partido. “Lo que soy es antipatizante. Del PT, de Lula”. Cuenta que votó al metalúrgico hace muchos años, cuando el PT era ese “partido ético”, pero hoy ve un Brasil que “involucionó”.
El Gobierno de Lula es para este ingeniero “un régimen más totalitario que democrático” y pone como ejemplo las condenas por el intento de golpe de Estado por el que Jair Bolsonaro ha sido condenado a 27 años de prisión. Antes de colgar, pide que se escriba con cuidado, para no quedar “en una posición muy agresiva contra el régimen”. Dice temer represalias.
Nadie quiere hablar ya de política en este edificio. Ângela y Zé Alberto, que antes discutían, pero se entendían, hoy solo se tratan para lo estrictamente necesario. “Solo hablo de política con personas que piensan parecido a mí”, dice él. “La gente no habla de política, solo dentro de nuestras burbujas”, dice ella. Él: “Es que deja de ser una discusión de ideas y pasa a ser un enfrentamiento”. Ella: “Enseguida hay un corte. Las conversaciones no avanzan”. Él vuelve a atacar al Gobierno “totalitario” de Lula. Ella vivió el mandato de Bolsonaro como “una amenaza constante de golpe”.
¿Volverían a colgar algún cartel? “Hoy no me atrevo a poner una pancarta en el edificio. De ningún tipo”, responde Zé Alberto. El ingeniero no teme la pelea con los vecinos, sino al “régimen”: “Mi opinión puede ser vista como una agresión al Estado democrático. Es absurdo”. Ângela tampoco colgaría ni un trapo: “¿Una pancarta de qué?”.
