En un contexto histórico en el que el fútbol se aplana, dominado culturalmente por la dictadura coñazo de la Premier League y su sucedáneo parisino, el Mundial está siendo un fantástico soplo de aire viejo. Corría el riesgo de no serlo, de convertirse en otro evento olvidable de la nueva ola, el torneo que entregase el testigo a la generación blandita que lo convertirá en otra cosa como le ha pasado, a grandes rasgos, a la Fórmula 1, a la NBA o a las discotecas.
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