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  Economía  Rafael Villegas, buzo profesional de 57 años: «Si la normativa contemplara nuestra realidad, yo ya estaría jubilado»
Economía

Rafael Villegas, buzo profesional de 57 años: «Si la normativa contemplara nuestra realidad, yo ya estaría jubilado»

18 de julio de 2026

El pasado año, un buzo profesional de 63 años fallecía bajo el agua en una presa de Jaén víctima de un infarto. José Antonio Bermejo se convirtió en el ejemplo más trágico de lo que Rafael Villegas Pérez, con 57 años y tres décadas de oficio a sus espaldas, lleva años denunciando: el buceo profesional carece de un marco de jubilación que reconozca el castigo físico y mental que supone sumar entre 230 y 260 inmersiones anuales más allá de los 55, edad a partir de la cual la propia medicina hiperbárica desaconseja seguir sumergiéndose.

«Si la normativa contemplara adecuadamente la realidad de nuestra profesión, probablemente ya estaría jubilado«, sostiene Villegas, cuya trayectoria comenzó en 1988 con el curso de Buzo de 2.ª Clase Restringido en la Escuela Nacional de Formación Profesional Náutico-Pesquera de Santander.

El desgaste no es una percepción subjetiva. La pérdida de concentración, la disminución del rendimiento físico por esfuerzos repetitivos y las alteraciones del sueño que conllevan los embarques prolongados se traducen en un incremento directo del riesgo de accidentes y enfermedades descompresivas. Villegas describe jornadas de doce horas que pueden incluir hasta 180 minutos diarios de inmersión, un ritmo que su cuerpo ya no asimila como en la juventud.

Aquella vocación que despertó de niño viendo el programa Mundo Submarino y que lo llevó a participar en campañas de recogida de algas y trabajos en pantanos desde 1996, dio paso después a una carrera internacional forzada por la crisis de 2008, que lo empujó a encadenar contratos en Argelia, Brasil, Arabia Saudí, Túnez, Egipto, Omán, Marruecos, Filipinas, Nigeria, Israel y la República del Congo.

Una lucha de dos décadas que se traslada ahora a Europa

El colectivo de buzos profesionales en España lo integran entre 700 y 900 trabajadores, una cifra tan reducida que, según Villegas, dificulta que sus reivindicaciones alcancen repercusión política. Durante más de veinte años han mantenido reuniones con grupos parlamentarios, con el Instituto Social de la Marina y con sucesivos gobiernos sin obtener una respuesta efectiva.

El actual coeficiente reductor del 0,15, reconocido mediante la Ley de Pesca Sostenible e Investigación Pesquera, les sabe a conquista insuficiente: por cada diez años trabajados solo se adelanta un año y medio la edad de retiro y, además, su aplicación retroactiva se limita a 2023, lo que vacía de efectos prácticos la medida para los buzos mayores de 50 años. «Cuando alcancen la edad ordinaria de jubilación, habrán acumulado una reducción muy escasa», explica.

La comparación con otras profesiones de riesgo similar irrita especialmente al sector. Villegas subraya que la minería o la Marina Mercante disfrutan de coeficientes mucho más favorables, una diferencia que considera difícil de justificar. Con un coeficiente del 0,40, un profesional con 35 años de actividad podría anticipar su jubilación entre 10 y 12 años, siempre respetando los requisitos de cotización.

Ante el bloqueo en España, el colectivo ha decidido cambiar de estrategia y trasladar sus demandas a las instituciones de la Unión Europea, con la esperanza de mejorar la situación del conjunto de buzos del continente. A la precariedad del reconocimiento legal se suma la enorme temporalidad del oficio: no es extraño que un buzo español acumule entre 80 y 100 contratos laborales a lo largo de su vida profesional.

Una profesión invisible que sostiene infraestructuras esenciales

Villegas insiste en que la raíz del problema es el desconocimiento social. Muy poca gente sabe que detrás de la construcción y el mantenimiento de puertos, emisarios submarinos, presas, tendidos de cables transoceánicos de telecomunicaciones o trabajos en instalaciones nucleares hay buzos profesionales.

«Lo que no se conoce, difícilmente se valora», resume. Esa invisibilidad se traduce en normas de protección social y de prevención de riesgos laborales que apenas tienen en cuenta la especificidad del trabajo subacuático.

A pesar de todo, Villegas reconoce que existe relevo generacional y que la profesión sigue despertando vocaciones. El problema es que la mayor parte del trabajo se encuentra fuera de España, en países como Suecia, Alemania, Marruecos, Nigeria o distintos destinos de Sudamérica, donde las condiciones económicas suelen ser más ventajosas. Esa diáspora laboral tiene consecuencias personales profundas: largos periodos lejos de casa, desarraigo y un impacto en la vida familiar que, según admite, ha terminado en divorcio para muchos compañeros.

A quienes se inician, Villegas les recomienda una formación sólida con reconocimiento internacional y el aprendizaje de idiomas. También advierte del peligro de la proliferación de cursos rápidos ofrecidos por centros privados con escasas garantías, una tendencia que, a su juicio, está deteriorando la calidad formativa del sector.

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Si tú, como Rafael, tienes algo que decir sobre tu profesión o simplemente tienes ganas de compartir las particularidades de la misma, escríbeme un correo a la dirección iago.rodriguez@difoosion.com; estaré encantado de hablar contigo y valorar realizar una entrevista para escribir una pieza sobre tus experiencias.

 

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El pasado año, un buzo profesional de 63 años fallecía bajo el agua en una presa de Jaén víctima de un infarto. José Antonio Bermejo se convirtió en el ejemplo más trágico de lo que Rafael Villegas Pérez, con 57 años y tres décadas de oficio a sus espaldas, lleva años denunciando: el buceo profesional carece de un marco de jubilación que reconozca el castigo físico y mental que supone sumar entre 230 y 260 inmersiones anuales más allá de los 55, edad a partir de la cual la propia medicina hiperbárica desaconseja seguir sumergiéndose.

«Si la normativa contemplara adecuadamente la realidad de nuestra profesión, probablemente ya estaría jubilado«, sostiene Villegas, cuya trayectoria comenzó en 1988 con el curso de Buzo de 2.ª Clase Restringido en la Escuela Nacional de Formación Profesional Náutico-Pesquera de Santander.

El desgaste no es una percepción subjetiva. La pérdida de concentración, la disminución del rendimiento físico por esfuerzos repetitivos y las alteraciones del sueño que conllevan los embarques prolongados se traducen en un incremento directo del riesgo de accidentes y enfermedades descompresivas. Villegas describe jornadas de doce horas que pueden incluir hasta 180 minutos diarios de inmersión, un ritmo que su cuerpo ya no asimila como en la juventud.

Aquella vocación que despertó de niño viendo el programa Mundo Submarino y que lo llevó a participar en campañas de recogida de algas y trabajos en pantanos desde 1996, dio paso después a una carrera internacional forzada por la crisis de 2008, que lo empujó a encadenar contratos en Argelia, Brasil, Arabia Saudí, Túnez, Egipto, Omán, Marruecos, Filipinas, Nigeria, Israel y la República del Congo.

Rafael Villegas Pérez desempeñando su trabajo en 2017

Una lucha de dos décadas que se traslada ahora a Europa

El colectivo de buzos profesionales en España lo integran entre 700 y 900 trabajadores, una cifra tan reducida que, según Villegas, dificulta que sus reivindicaciones alcancen repercusión política. Durante más de veinte años han mantenido reuniones con grupos parlamentarios, con el Instituto Social de la Marina y con sucesivos gobiernos sin obtener una respuesta efectiva.

El actual coeficiente reductor del 0,15, reconocido mediante la Ley de Pesca Sostenible e Investigación Pesquera, les sabe a conquista insuficiente: por cada diez años trabajados solo se adelanta un año y medio la edad de retiro y, además, su aplicación retroactiva se limita a 2023, lo que vacía de efectos prácticos la medida para los buzos mayores de 50 años. «Cuando alcancen la edad ordinaria de jubilación, habrán acumulado una reducción muy escasa», explica.

La comparación con otras profesiones de riesgo similar irrita especialmente al sector. Villegas subraya que la minería o la Marina Mercante disfrutan de coeficientes mucho más favorables, una diferencia que considera difícil de justificar. Con un coeficiente del 0,40, un profesional con 35 años de actividad podría anticipar su jubilación entre 10 y 12 años, siempre respetando los requisitos de cotización.

Ante el bloqueo en España, el colectivo ha decidido cambiar de estrategia y trasladar sus demandas a las instituciones de la Unión Europea, con la esperanza de mejorar la situación del conjunto de buzos del continente. A la precariedad del reconocimiento legal se suma la enorme temporalidad del oficio: no es extraño que un buzo español acumule entre 80 y 100 contratos laborales a lo largo de su vida profesional.

Una profesión invisible que sostiene infraestructuras esenciales

Villegas insiste en que la raíz del problema es el desconocimiento social. Muy poca gente sabe que detrás de la construcción y el mantenimiento de puertos, emisarios submarinos, presas, tendidos de cables transoceánicos de telecomunicaciones o trabajos en instalaciones nucleares hay buzos profesionales.

«Lo que no se conoce, difícilmente se valora», resume. Esa invisibilidad se traduce en normas de protección social y de prevención de riesgos laborales que apenas tienen en cuenta la especificidad del trabajo subacuático.

A pesar de todo, Villegas reconoce que existe relevo generacional y que la profesión sigue despertando vocaciones. El problema es que la mayor parte del trabajo se encuentra fuera de España, en países como Suecia, Alemania, Marruecos, Nigeria o distintos destinos de Sudamérica, donde las condiciones económicas suelen ser más ventajosas. Esa diáspora laboral tiene consecuencias personales profundas: largos periodos lejos de casa, desarraigo y un impacto en la vida familiar que, según admite, ha terminado en divorcio para muchos compañeros.

A quienes se inician, Villegas les recomienda una formación sólida con reconocimiento internacional y el aprendizaje de idiomas. También advierte del peligro de la proliferación de cursos rápidos ofrecidos por centros privados con escasas garantías, una tendencia que, a su juicio, está deteriorando la calidad formativa del sector.

Si tú, como Rafael, tienes algo que decir sobre tu profesión o simplemente tienes ganas de compartir las particularidades de la misma, escríbeme un correo a la dirección iago.rodriguez@difoosion.com; estaré encantado de hablar contigo y valorar realizar una entrevista para escribir una pieza sobre tus experiencias.

 

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