Los médicos, y el resto del mundo, lo llamaban por lo que era: cáncer de páncreas. Pero, cuando se lo diagnosticaron a la madre de Alfonso Casas, hijo y progenitora se inventaron una historia. Un inquilino molesto, “El Bicho”, se había instalado sin permiso en el cuerpo de ella. Se resistía a marcharse, se portaba cada vez peor y reclamaba más espacio. Empezó a ponerse agresivo. Finalmente, el cuento no terminó como querían: El Bicho se adueñó del piso entero, cambió la cerradura y obligó a la anfitriona a irse. Tiempo después, el artista encontró en un libro un papelito doblado. Aún se podían leer lugar y fecha: Hospital Universitario Miguel Servet. Sala de Espera de Oncología. 23/11/2024. “Aquella fue la única cita a la que no pudiste acudir”, escribe Casas en su último cómic. Porque, cuando se quedó solo, el hijo acudió de nuevo a las historias. Contó la que habían sufrido y compartido. Y la que ahora trata de vivir él, sin ella. Llenó las viñetas de los mismos monstruos y fantasmas que poblaban su cabeza. Y lo tituló, simplemente, Rosa.. Seguir leyendo
Los médicos, y el resto del mundo, lo llamaban por lo que era: cáncer de páncreas. Pero, cuando se lo diagnosticaron a la madre de Alfonso Casas, hijo y progenitora se inventaron una historia. Un inquilino molesto, “El Bicho”, se había instalado sin permiso en el cuerpo de ella. Se resistía a marcharse, se portaba cada vez peor y reclamaba más espacio. Empezó a ponerse agresivo. Finalmente, el cuento no terminó como querían: El Bicho se adueñó del piso entero, cambió la cerradura y obligó a la anfitriona a irse. Tiempo después, el artista encontró en un libro un papelito doblado. Aún se podían leer lugar y fecha: Hospital Universitario Miguel Servet. Sala de Espera de Oncología. 23/11/2024. “Aquella fue la única cita a la que no pudiste acudir”, escribe Casas en su último cómic. Porque, cuando se quedó solo, el hijo acudió de nuevo a las historias. Contó la que habían sufrido y compartido. Y la que ahora trata de vivir él, sin ella. Llenó las viñetas de los mismos monstruos y fantasmas que poblaban su cabeza. Y lo tituló, simplemente, Rosa.. “Dicen que cuando conviertes algo en una historia, vive para siempre. Dibujar es mi manera de entenderme a mí y al mundo. Pensé que, si hasta ahora me había ayudado con la vida, quizá podría suceder con la muerte”, señala el creador.. La japonesa Hilnama también recurrió a los lápices ante la enfermedad: el manga Tengo cáncer terminal, pero estoy bienla retrataya desde la portada como una conejita con maleta, tablet, sonda en las venas y bomba de infusión. El reciente Respira, de Àurea Muñoz Pérez y Judith Crehuet, muestra la ansiedad en viñetas, y El paréntesis fue la forma en que Élodie Durand resumió, y diseñó, la epilepsia que la atacó a raíz de un tumor. “Escribí para no olvidar, para seguir adelante, para dejar de hablar de ello y para compartir, de forma más amplia, las reflexiones sobre la memoria, la identidad y la familia”, explica la autora.. La experiencia de lidiar con el VIH, alucinaciones, el alzhéimer o el párkinson también tiene sus cómics. Porque los historietistas y sus seres queridos los sufren, igual que los demás. La diferencia es que los artistas pueden dibujar su dolor. Y cada vez más hospitales, universidades e investigaciones reconocen su poder: expresar en viñetas algo que suele dejar sin palabras. Útil para paciente y doctor, para familiares y, en el fondo, para cualquiera. Incluso catártico, a veces. Sin olvidar el placer lector. Tanto que ha surgido una corriente internacional que reivindica este subgénero: Medicina Gráfica.. Una imagen de ‘El paréntesis’, de Élodie Durand, editado por Andana.. ¿Cómo empezó? Todas las respuestas conducen al mismo nombre: Ian Williams. “Creé el término en 2007, por accidente y porque sonaba bien”, se ríe este médico de familia británico. Cuenta que andaba terminando un máster en Humanidad Médica y buscaba una excusa para procrastinar. Se puso a escribir reseñas online de tebeos sobre asuntos sanitarios, pero empezó a sumar lectores y preguntas. Especialmente, una: ¿qué significaban esas dos palabras que daban nombre a su web? Williams descubrió que no bastaba con idear la expresión Medicina gráfica. También debía definirla. “Es cualquier cosa que sucede en la intersección entre cómic y salud”, aclara.. Tres años después, se celebró una primera conferencia, en Londres. Con tal éxito que la noche acabó con los asistentes organizando, entre copas, la segunda. “Fue un día mágico, cambió mi vida”, agrega Williams. Los congresos mundiales dedicados a medicina gráfica ya superan la decena, y países como España hasta tienen los suyos propios. Hace años surgió la organización italiana. La europea acaba de nacer. El propio impulsor constata que su ocurrencia se ha convertido en un “movimiento”.. Lo componen esencialmente sanitarios, dibujantes y profesionales que juntan los dos oficios. Pero, en cuanto a las obras, Williams defiende el enfoque más inclusivo posible: incluye memorias gráficas sobre enfermedades, tebeos educativos para estudiantes o pacientes, manuales y trabajos académicos dibujados, tiras sobre salud, reportajes en viñetas o talleres que cuenten con elementos de cómic, entre otras formas de expresión. El médico ve con buenos ojos incluso los relatos personales que no hayan pasado por un filtro científico, aunque no necesariamente puedan llamarse Medicina Gráfica. Antivacunas y conspiranoicos figuran entre las pocas personas non gratas del club. Sus obras solo se admiten para enseñar lo que no hay que hacer.. Ilustración de Mónica Lalanda sobre la espera en urgencias.. SemGraf, la asociación española, amplía incluso el foco original: abarca ilustraciones e infografías. De su empuje ha brotado hasta una editorial ad hoc, Saludarte. Y la organización lleva revisadas más de 350 patografías gráficas ―cómics sobre una persona enferma creados por ella misma o alguien cercano―, en el recuento de su impulsora, la doctora y artista Mónica Lalanda, que también ha lanzado el primer máster de Medicina Gráfica. Ella valora mucho Y si sale mal, de los hermanos Franco Benito, No solo tiembla, de Ramón Ricart, o El duelo, de Paula Cheshire, entre otros. Y la organización, en general, otorga su reconocimiento a los tebeos que considera capaces de ayudar, aparte de entretener y explicar con rigor. “Nuestra colección empieza a ser una referencia para otros estudios”, presume Rafael Marrón Tundidor, presidente de SemGraf, en una pausa de su turno hospitalario en Urgencias.. “Hay un aumento generalizado de la incidencia de problemas de salud mental tanto reales como autopercibidos y una disminución del prejuicio y el tabú para hablar de ellos. El peculiar lenguaje del cómic, donde no hay reglas para describir emociones, donde puedes jugar con colores, luces y sombras, onomatopeyas, metáforas, metonimias, coexistencia de lo que se dice y lo que se piensa y un largo etcétera lo hacen perfecto para expresar sufrimiento”, reflexiona Lalanda. Ella misma relató en viñetas los abortos de repetición que debió afrontar, así como la llegada de la menopausia. Y acaba de lanzar Vivir hasta el final, creado con Daniel Ramos, médico de cuidados paliativos. El último trabajo ilustrado de Marrón se titula Inés y las bacterias. Y el propio Williams está elaborando un tebeo sobre un doctor que sufre un cáncer: él mismo.. Ilustración para ‘Inés y las bacterias’, de Jimena Andrés, Rafael Marrón Tundidor y Marta Martínez.. “Dibujar mis emociones convertidas en monstruos es mi forma de darles un espacio, de escuchar lo que tienen que decirme. Pero también me sirve para separar su voz de la mía, para no confundirla. Nuestros monstruos tienen mucho que contarnos, aunque no suele ser una conversación fácil y buscamos continuamente la forma de aplazarla. Mis últimos cómics son esa conversación hecha viñetas”, agrega Alfonso Casas. En un momento de Rosa, un fantasma le obliga a decir en alto que su madre ya no está. Solo así, el protagonista consigue no ahogarse. Bea Lema llegó a dibujar a su madre justo mientras intentaba hundirse en el mar. Y retrató a los demonios sentados alrededor de su familia en El cuerpo de Cristo, Premio Nacional de Cómic de 2024. Durand recuperó en El paréntesis los “dibujos rápidos” que realizó durante su convalecencia y le reconectaron consigo misma. Y en el arranque de Una posibilidad, de Cristina Durán y Miguel Á. Giner Bou, ella está tumbada tras dar a luz. La cuna a su lado, sin embargo, está vacía. E incluso cuando la pequeña Laia vuelve, un abismo empieza a delinearse debajo de la pareja.. En el tebeo de Durán y Giner Bou, las primeras explicaciones que reciben sobre los problemas de su hija están impartidas por batas sin rostro. Críticas parecidas, más o menos explícitas, vuelven en la mayoría de estas obras. “Los humanos tenemos mayor capacidad para retener el contenido visual que lo que leemos u oímos. Los conceptos que intentamos transmitir los sanitarios son complejos, con asimetría de información y con una gran componente emocional. La formación de los médicos en comunicación es un déficit histórico: aprendemos a bofetadas, con la realidad. Cuando le estás dando una noticia complicada a un paciente, a menudo sale de la consulta diciendo: ‘No me he enterado de nada, me bloqueé’. A veces estamos haciendo un pequeño esquema en la consulta, y se los llevan, para recordar mejor”, apunta Marrón Tundidor.. Viñetas de ‘Una posibilidad’, de Cristina Durán y Miguel A. Giner, editado por Astiberri.. Tanto Lalanda como Williams se suman a la autocrítica. El inglés cree que poner el foco sobre ello enriquece el debate, y con suerte la comunicación de los futuros profesionales. Y la española añade: “El médico solo ve a los pacientes en la consulta, pero el cómic le abre la posibilidad de observar cómo es la vida si se sufre un herpes, una depresión o un dolor crónico. Aporta contexto, coloca la enfermedad en la rutina”.. En cada entrega de su manga, Hilnama contó aspectos y fases distintas del día a día con cáncer terminal. La incertidumbre, los altibajos, el dolor de su pareja, las pruebas, los efectos de la quimioterapia. Apuntó las frases que nunca querría haber escuchado, como “Tú tranquila, ¿vale?” o “al marido de mi tía también se lo detectaron…”, y las que le sentaron bien, como “si estás mal, no te lo guardes” o “si hay algo que quieras que haga, o dejes de hacer, dímelo sin cortarte”. A medida que el impacto de la obra crecía, la dibujante explica en un capítulo que recurrió a la supervisión de dos médicos. Incluso siendo ella la enferma, dibujar tan delicado tema desde sus “conocimientos del montón” le parecía “una irresponsabilidad”. Y Durand también verificó muy a fondo toda la información científica de El paréntesis. Aun así, la francesa subraya la importancia de la narrativa, más allá de (auto)terapias: “La historia tenía que valerse por sí misma, sin mí”. Por eso llamó a la protagonista Judith, su segundo nombre, ordenó lo mejor que pudo la memoria y dejó pasar años antes de sentarse a diseñar lo que había vivido.. Una viñeta de Ian Williams, creador del movimiento de Medicina Gráfica.. “Es la forma de explicármelo a mí y luego a los demás”, contaba hace años Miguel Gallardo, sobre Algo extraño me pasó camino de casa. No hay tebeo que ahora sirva para explicar la ausencia del historietista. Ni siquiera el suyo propio. Pero quien lo lea podrá recordarlo. Y, tal vez, encontrar alivio o identificación ante sufrimientos semejantes. “Dibujar Rosa fue catarsis y refugio. Me hizo comprenderme a mí mismo en un momento en el que había estado en ‘piloto automático’ por no ser capaz de procesar lo que estaba ocurriendo. Volver a sus páginas me hace sentir que sí estuve presente, y me reconforta. Pasar por un duelo no me hace ningún experto en la materia, pero si este cómic consigue que los lectores se sientan acompañados y entendidos en una situación parecida, es todo lo que puedo desear”, apunta Casas. Lalanda agrega: “Sueño con que algún día prescribamos cómics que ayuden a pacientes a navegar aguas similares”. Para curar, por supuesto, están médicos y fármacos. Pero los tebeos, quizás, puedan dibujar otro auxilio.. Ilustración de Hilnama para su manga ‘Tengo cáncer terminal, pero estoy bien’, editado por Norma.
Conferencias, asociaciones y un máster en España reivindican los tebeos para abordar el día a día de los enfermos, sus dolores y temores
