Hace un cuarto de siglo, un pequeño anuncio publicado en un periódico gratuito en inglés reunió en la Puerta del Sol a tres aficionados al críquet que no se conocían. Tras charlar un rato decidieron empezar a jugar en una cancha de baloncesto cercana a la estación de Metro Estrella (entre los distritos de Moratalaz y Retiro). Así comenzó la segunda vida del Madrid Cricket Club (MCC), el decano de este deporte en España.. Seguir leyendo
Hace un cuarto de siglo, un pequeño anuncio publicado en un periódico gratuito en inglés reunió en la Puerta del Sol a tres aficionados al críquet que no se conocían. Tras charlar un rato decidieron empezar a jugar en una cancha de baloncesto cercana a la estación de Metro Estrella (entre los distritos de Moratalaz y Retiro). Así comenzó la segunda vida del Madrid Cricket Club (MCC), el decano de este deporte en España.
25 años después de aquella refundación, el club reúne a 60 socios de 14 nacionalidades, cuenta con tres equipos (sénior, femenino y júnior) y ha visto a varios de sus jugadores vestir la camiseta de la selección española en distintas categorías. Sin embargo, desde que se incorporó a una liga nacional, en 2003, disputa sus partidos como local fuera de casa porque la capital no dispone de un campo específico para este deporte. Actualmente lo hace en Alfaz del Pi (Alicante, 21.000 habitantes), a unos 450 kilómetros de Madrid.
“Empezamos jugando con una pelota blanda en una cancha de baloncesto y en cuatro o cinco meses ya éramos una docena”, recuerda su presidente John Woodward (Milton Keynes, 50 años). Creado en 1975 y desaparecido a comienzos de la década de los noventa, el MCC renació prácticamente desde cero. Los primeros entrenamientos fueron posibles gracias al viejo material que conservaba un antiguo jugador del equipo original: protectores, una alfombra para la zona de lanzamiento y parte del equipamiento necesario para arrancar. No tardaron en llegar los nuevos jugadores, las cuotas de socio ―actualmente 100 euros anuales o 60 en el caso de estudiantes y desempleados― y los entrenamientos en un campo de fútbol alquilado en Somosaguas.
Un par de años después de la refundación, Lewis Clark (Londres, 63 años) acudió al consulado británico para renovar el pasaporte y encontró un pequeño cartel en el que se buscaban jugadores. “Pensaba que nunca volvería a practicar el críquet después de mudarme a España”, recuerda el actual vicepresidente, que lleva más de media vida en Madrid. Desde entonces ha sido pieza clave en la creación de una cantera y ha acompañado al club en su búsqueda constante de un lugar donde entrenar y crecer: de Somosaguas a un campo de rugby en Alcorcón, después otro de polo en San Fernando de Henares, un descampado en Sonseca y, desde hace cuatro años, el campo municipal de béisbol de La Elipa (Moratalaz).
Actualmente, los integrantes más jóvenes entrenan los viernes por la tarde en dicha instalación municipal, mientras que los adultos lo hacen los miércoles y domingos en unas jaulas de bateo instaladas en una pista de tenis de la Universidad Complutense, por cuyo uso pagan alrededor de 2.000 euros al año. Eso sí, desde esta temporada los menores no pueden acceder por la normativa de la universidad. “Llevamos 25 años luchando para sobrevivir, pero tener un campo lo cambiaría todo”, resume Woodward.
La ausencia de este espacio obliga al primer equipo a recorrer cientos de kilómetros cada vez que ejerce como local. Durante años jugó en La Manga (Murcia, 5.200 habitantes), antes de mudarse a la provincia de Alicante hace un par de temporadas. Esto se traduce en desplazamientos, hoteles y otros gastos que asumen en gran medida los propios jugadores.

Woodward y Clark coinciden en que disponer algún día de un campo específico permitiría consolidar el crecimiento del críquet en Madrid. Pero también defienden que unas jaulas municipales de bateo supondrían una mejora casi igual de importante y mucho más sencilla de implantar, ya que requieren mucho menos espacio. “Cuando un jugador alcanza cierto nivel, la única forma de mejorar la técnica es entrenando en jaulas”, explica Clark. Esas instalaciones podrían ser utilizadas, además, por el resto de equipos madrileños.
La internacional española María Zamorano comparte ese diagnóstico. Esta madrileña de 18 años responde al teléfono desde Zúrich, apenas un día antes de disputar con la selección femenina la final de un torneo internacional frente a Brasil. “Es fundamental tener un sitio para entrenar. Tener un campo sería ideal, pero entiendo que es mucho más complicado. Por lo menos unas jaulas donde poder hacerlo todos los días”, afirma. Ella descubrió el críquet durante un año de estudios en Inglaterra. Al regresar a Madrid buscó un lugar para seguir jugando y encontró el MCC. Desde entonces ha visto cómo el equipo ha ido creciendo y estabilizándose. “Al principio no teníamos un sitio fijo. Hemos jugado en parques, en colegios… y ahora tenemos La Elipa”, explica.
La joven ha apostado por esta disciplina en la que el bateador trata de enviar lo más lejos posible una pelota del tamaño de una de tenis, aunque considerablemente más dura, y evitar que los rivales derriben el wicket ―tres palos en posición vertical― situado a su espalda. Debutó con el combinado nacional con tan solo 15 años y destaca que las diferencias con otros países son evidentes: “Compites contra gente que entrena todos los días y yo solo puedo hacerlo una vez a la semana”.
Según estiman los responsables del club, algo más de 200 personas practican la modalidad oficial en la capital repartidas en seis equipos. A ellas se suman una quincena de grupos que juegan versiones adaptadas ―en parques y descampados― del segundo deporte más seguido en todo el mundo y que entrará en la programación olímpica en Los Ángeles 2028. Sin embargo, el MCC sigue siendo el único conjunto madrileño que compite en liga nacional.

Ese crecimiento ha encontrado respaldo institucional. El convenio firmado con el Ayuntamiento permite al conjunto utilizar dos horas por semana el campo de La Elipa y recibir una subvención anual de algo más de 7.000 euros para sostener la cantera y, en menor medida, el conjunto sénior. Además, este otoño podrá disputar por primera vez una liga madrileña de tres meses en esas instalaciones, con seis equipos participantes. Consultado por este periódico, el Área de Deportes del Ayuntamiento ha emplazado a los responsables del MCC a mantener una reunión en septiembre para abordar sus demandas.
Más allá de la competición, el MCC se ha convertido también en un punto de encuentro para personas llegadas de distintos lugares del mundo. Parte de su presupuesto se reserva para ayudar a jugadores sin recursos a pagar la cuota o adquirir el material necesario. También organiza torneos benéficos para colaborar con organizaciones sociales.
Uno de esos jugadores es Adnan Shakib, un joven de 20 años que llegó desde Bangladesh hace dos. Apenas habla español y también le cuesta comunicarse en inglés, pero en el campo comparte un lenguaje común con el resto de sus compañeros. Tras enfrentarse al MCC en un partido júnior, quedó impresionado por el ambiente del club y hace apenas unas semanas pudo incorporarse.
Para María Zamorano, esa capacidad para reunir personas de orígenes muy distintos explica buena parte de la identidad. “Es como una gran familia”, resume: “Me quedo con las amistades, la constancia y el no rendirme nunca”.
25 años después de que tres desconocidos se juntaran gracias a un pequeño anuncio en un periódico gratuito, el Madrid Cricket Club ha conseguido mantenerse vivo, formar jugadores que han llegado a la selección española y reunir a decenas de personas unidas por una misma pasión. Aunque, cuando el calendario señala un partido como local, el autobús siga poniendo rumbo a Alicante.
