Tras 40 días de guerra abierta y más de dos meses de un alto el fuego frágil, marcado por ataques esporádicos de ambas partes contra sus respectivas posiciones, se ha alcanzado un acuerdo de paz entre Teherán y Washington. Sin embargo, este logro ha suscitado numerosas preguntas e incertidumbres en la opinión pública iraní, ya que muchos ciudadanos no lo interpretan como el final del conflicto. Más allá de sus diferencias de opinión, los iraníes comparten una idea fundamental: la desconfianza hacia la eficacia de cualquier acuerdo entre Irán y Estados Unidos.. Seguir leyendo
Tras 40 días de guerra abierta y más de dos meses de un alto el fuego frágil, marcado por ataques esporádicos de ambas partes contra sus respectivas posiciones, se ha alcanzado un acuerdo de paz entre Teherán y Washington. Sin embargo, este logro ha suscitado numerosas preguntas e incertidumbres en la opinión pública iraní, ya que muchos ciudadanos no lo interpretan como el final del conflicto. Más allá de sus diferencias de opinión, los iraníes comparten una idea fundamental: la desconfianza hacia la eficacia de cualquier acuerdo entre Irán y Estados Unidos.
Saeid Mohebí, profesor de Isfahán de 40 años, expresa en un mensaje su pesimismo y se pregunta: “¿Cuál es la garantía de cumplimiento de este acuerdo?”. Recordando la retirada unilateral de Estados Unidos del pacto nuclear en 2018 bajo el liderazgo de Donald Trump, afirma: “Trump volverá a incumplir cualquier acuerdo en cuanto tenga la oportunidad”. Al mismo tiempo, duda de que Irán esté dispuesto a renunciar definitivamente al enriquecimiento de uranio y a utilizar el estrecho de Ormuz como instrumento de presión.
Ali Mousaví, politólogo residente en Teherán, comparte esta visión desde otra perspectiva: “La obligación de los dirigentes políticos es garantizar la paz y prevenir las guerras, pero, lamentablemente, las máximas autoridades de la República Islámica no dieron pasos efectivos en esa dirección”. En su opinión, “este acuerdo debería haberse firmado antes de que estallara la guerra”. “Sin embargo”, prosigue Mousaví, “hubo guerra, el líder y numerosos altos cargos perdieron la vida y, además, las infraestructuras quedaron devastadas”.
Musaví alude también a las dificultades económicas que atraviesa actualmente el país y sostiene que “como consecuencia de la destrucción provocada por la guerra, muchas personas inocentes murieron y muchas otras perdieron sus empleos o sufrieron graves perjuicios económicos”. Considera que la firma de un acuerdo que satisface las exigencias de Washington en materia nuclear y respecto al estrecho de Ormuz “representa, en este momento, una forma de repliegue”, algo que, antes del estallido de la guerra, “mediante el uso de la diplomacia y una mayor cooperación con el Organismo Internacional de Energía Atómica, podría haber desembocado en un acuerdo más equilibrado”.
No obstante, algunos ciudadanos interpretan este acuerdo como una victoria para Irán. Masumeh, funcionaria de 50 años, residente en Karaj, a 35 kilómetros al oeste de Teherán, lo defiende abiertamente: “La energía nuclear solo era un pretexto de Estados Unidos e Israel para atacar. Lo que realmente querían era derrocar todo el sistema político”. A su juicio, “los enemigos de Irán han fracasado” y ahora “se han visto obligados a dar marcha atrás”. Aun así, no se muestra optimista respecto a la estabilidad del acuerdo y advierte de que “Israel iniciará otra guerra de nuevo”.
Mohamad Yavad, un conductor de 30 años de Teherán, coincide con esta interpretación y subraya que “Irán ha demostrado que, cuando lo desee, puede bloquear el estrecho de Ormuz”. Recuerda asimismo que “la liberación de los recursos financieros iraníes constituye otro logro alcanzado gracias a la resistencia durante la guerra”. En su opinión, “en los próximos sesenta días asistiremos, sin duda, a una nueva violación de los compromisos por parte de Estados Unidos y, especialmente, de Israel”.
Morteza, residente en la capital, sostiene que “el poder dentro del sistema está, lamentablemente, en manos de un grupo acomodaticio”. Considera que el acuerdo constituye “una traición a la sangre del líder mártir y de todos los mártires de la guerra [de cuarenta días]”. Aludiendo a las posiciones inflexibles del anterior líder iraní, Ali Jameneí, añade: “Dudo mucho que este acuerdo se haya alcanzado con el beneplácito del nuevo líder, Mojtaba Jameneí”.
Entretanto, se ha desencadenado una ola de rechazo entre una parte de los partidarios del régimen, que se ha traducido en concentraciones de protesta, críticas públicas por parte de figuras conservadoras y advertencias sobre lo que consideran una “concesión” a Washington.
Los vídeos difundidos en las redes sociales muestran que, el sábado por la tarde, un grupo de simpatizantes del régimen se concentró en Mashhad, en el noreste del país, coreando consignas como “Muerte a [Abbas] Araghchi” y calificando al ministro de Asuntos Exteriores iraní y al equipo negociador de “colaboracionistas e infiltrados al servicio del enemigo”. Esa misma noche, en Teherán, tuvo lugar otra concentración en la que los participantes gritaron lemas como: “[Bagher] Ghalibaf, [presidente del Parlamento iraní], Araghchi, ¿y qué pasa entonces con la sangre de nuestro líder?”.
Sin embargo, algunos medios próximos al Gobierno y al sector reformista han descrito a estos manifestantes como una minoría preocupada por perder su posición dentro del sistema político iraní. El sitio web Entekhab escribió en la red social X que los opositores a la firma del acuerdo entre la República Islámica y Estados Unidos son “cien personas, pero muy ruidosas y desesperadas”, y los vinculó a “los restos del Gobierno de Ebrahim Raisí”, expresidente de Irán, y al Frente de la Estabilidad, una coalición política ultraconservadora que respalda a uno de sus miembros, Saeid Yalilí, antiguo negociador nuclear iraní y actual miembro del Consejo Supremo de Seguridad Nacional.
Algunos responsables iraníes han hecho un llamamiento a la unidad entre los partidarios de la República Islámica y les han pedido que eviten las divisiones y las disputas internas. Abbas Salehí, ministro de Cultura y Orientación Islámica, reaccionó a las protestas contra el acuerdo entre Teherán y Washington mediante un mensaje publicado en la red social X en el que recordó que Jameneí pidió al Parlamento que “no conviertan las discrepancias, ya sean justificadas o injustificadas, en enfrentamientos y divisiones, y que, tanto en palabras como en hechos, sean un reflejo de la cohesión y la unidad del pueblo”. Salehí añadió: “¿Se corresponden algunas de las posturas y actuaciones que estamos viendo estos días y estas noches con ese llamamiento? No rompamos las filas unidas de la nación”.
Ramín, ingeniero mecánico, casado y de 35 años, residente en Teherán, critica la política iraní de apoyo a Hezbolá en Líbano: “Los ciudadanos iraníes tenemos menos importancia en los cálculos de las autoridades que el propio Líbano. Un acuerdo cuya continuidad dependa de Hezbolá está muerto desde el primer momento”. Ramín ve con recelo la posible liberación de los activos financieros bloqueados y la autorización para vender petróleo: “Cada vez que los petrodólares han llegado a este país, el régimen los ha destinado a las fuerzas proxy, a las bases de misiles y al desarrollo de su capacidad nuclear”.
Shirin, una maestra jubilada de 60 años, recuerda asimismo la sangrienta represión de los manifestantes durante las protestas de enero: “En los últimos meses han matado y ejecutado a muchísimos manifestantes”. A su juicio, “Trump animó a la población a salir a la calle porque les hizo creer que los apoyaría”. Sin embargo, Shirin señala que “en ninguna de las cláusulas del acuerdo se menciona la obligación del régimen de respetar los derechos humanos”.
La profesora extrae una conclusión contundente: “Esta experiencia nos ha enseñado que nunca debemos depositar nuestras esperanzas en actores extranjeros ni en Occidente, ni para alcanzar la libertad ni para defender los derechos humanos”.
