Cuenta José María del Nido que, durante su estancia en prisión, necesitó enviar de forma urgente una carta a otro recluso por un método que no resultó el reglamentario. La dirección se enteró y lo sancionó sacándolo de su módulo —que era el de respeto, donde el perfil y el comportamiento de los presos es tranquilo— y enviándolo de forma temporal a otro que era conocido por los internos como La Jungla.. Seguir leyendo
Cuenta José María del Nido que, durante su estancia en prisión, necesitó enviar de forma urgente una carta a otro recluso por un método que no resultó el reglamentario. La dirección se enteró y lo sancionó sacándolo de su módulo —que era el de respeto, donde el perfil y el comportamiento de los presos es tranquilo— y enviándolo de forma temporal a otro que era conocido por los internos como La Jungla.
—¿Y era la jungla en realidad?
—Sí. De hecho, cuando entré en la zona de tránsito, había allí tres tipos grandes como gorilas, de dos metros de alto. Pensé que estaban de paso, como yo, pero no, habían salido a recibirme.
Luego seguimos con la historia; vayamos antes con las presentaciones. José María del Nido Benavente es abogado. Acaba de cumplir 69 años y, salvo por el asunto que ahora nos ocupa, las páginas de los periódicos que estaba acostumbrado a frecuentar eran las de deportes. Fue presidente del Sevilla Fútbol Club desde 2002 a 2013 y todavía es el máximo accionista de la entidad, pero un fuerte enfrentamiento con el actual presidente, que es su hijo, José María del Nido Carrasco, lo mantiene alejado de lo que considera su nación, su “patria emocional”, el Sevilla.
Nos recibe en su casa de verano en una urbanización exclusiva de Conil de la Frontera (Cádiz), vestido de punta en blanco y con un bronceado perfecto. Aunque esta serie de agosto no se detiene en los delitos, sino en la experiencia en prisión de algunos personajes de la vida pública española, hay que recordar que Del Nido fue abogado del Ayuntamiento de Marbella durante los mandatos de Jesús Gil y Julián Muñoz, y que fue condenado a siete años de prisión como cooperador necesario de los delitos de malversación de caudales públicos y prevaricación. El expresidente del Sevilla estuvo tres años en la cárcel ―de marzo de 2014 a abril de 2017— y luego cumplió un año más en régimen abierto. Asegura que no se siente marcado por el estigma de la cárcel, y explica el motivo: “Me equivoqué. Asumí el delito. Pedí perdón públicamente y pagué con años de cárcel y con más de seis millones de euros. La misma ley que me condenó es la que me rehabilitó”. Subraya la idea con un mensaje para navegantes: “Si aceptas la condena, también tienes que aceptar la rehabilitación”.
Al igual que los dos protagonistas anteriores de esta serie ―el andalucista Pedro Pacheco y el independentista catalán Jordi Sànchez—, José María del Nido tiene grabado el golpe seco de la puerta de la cárcel al cerrarse. Pero asegura que la “ruptura radical, la quiebra biográfica”, se produjo dos años antes, cuando le notificaron la sentencia y supo que la pérdida de libertad era cuestión de tiempo. Admite que aquel “clac” y las primeras jornadas en la soledad de su celda supusieron un “trauma mental” que vivió con agobio. “Soy una persona”, se describe, “que había triunfado en el Sevilla, en los negocios, en la abogacía; y verte allí, pasar de la cima a la sima, te hace recapacitar. Como lo que le decían al César cuando venía de las Galias de ganar una batalla: ‘Recuerda que eres humano’. En la cárcel te das cuenta de que eres uno más”.
Del Nido explica que logró sobreponerse a su nueva situación gracias al deporte —“antes corría medias maratones como quien hace rosquillas y conseguí un permiso para correr alrededor del campo de fútbol de la prisión”—, a la estricta rutina del módulo de respeto y a que —al igual que Pacheco en la cárcel del Puerto— echó mano de su profesión de abogado. Es aquí donde retomamos la anécdota del principio. Habíamos dejado a Del Nido a punto de entrar en el módulo conocido como La Jungla, junto a tres tipos de aspecto patibulario: “Uno de ellos se dirigió a mí y me dijo: ‘Me llamo fulano de tal; soy el jefe del módulo. Un recurso suyo me quitó 10 meses de mi condena principal y ya he advertido a los demás internos que a usted, ni mirarlo”. El expresidente del Sevilla había conseguido que la dirección de la cárcel le autorizase un ordenador sin conexión a internet y una impresora para ayudar a los internos a formular recursos ante la propia cárcel, el juez de vigilancia penitenciaria o el juzgado correspondiente. “Aquello”, concluye, “fue una satisfacción. Me sentí halagado. Aquellos presos me agradecían con su respeto aquel favor que les hice”.
Se compara con el hombre que era cuando, hace ahora 12 años, entró en prisión: “El Del Nido anterior era más impulsivo; el de ahora, más pausado, más tranquilo, disfruta más de la familia, de la vida”. Aquellos que conocieron a aquel joven peleón del barrio de Los Remedios de Sevilla, al que protagonizaba sonadas broncas con el presidente del Betis Manuel Ruiz de Lopera o al altivo abogado de Jesús Gil y Julián Muñoz, se sorprenderían de la oferta que hace Del Nido al final de nuestro encuentro en Conil: “La pena de prisión debe tener una parte de ‘el que la ha hecho la paga’, pero no puede quedarse ahí”. A su juicio, si no tiene una “función resocializadora”, se puede “devolver” a la sociedad “una persona peor”. “Y para los delitos económicos, se podría compaginar la pena de cárcel con un resarcimiento económico superior”, agrega. Del Nido defiende que no se trata de que “los ricos no pisen la cárcel”, sino de que “restituyan verdaderamente lo que han hecho”. “La legislación está anticuada. Si el Estado me dijera: ‘señor del Nido, el ministro [del Interior, Fernando Grande-] Marlaska quiere que usted colabore con Instituciones Penitenciarias’, yo estaría dispuesto a irme gratis dos o tres años a vivir a Madrid. Y pondría el ímpetu en la función resocializadora de los presos”.
