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  Nacional  El diario de Mohamed tras 15 días malviviendo en Ceuta, en busca de comida y lugar para dormir
Nacional

El diario de Mohamed tras 15 días malviviendo en Ceuta, en busca de comida y lugar para dormir

16 de agosto de 2026

Mohamed tiene 26 años y nació en Castillejos, la ciudad marroquí que mira cada día hacia Ceuta. El pasado 30 de julio entró a nado en la ciudad autónoma. Desde entonces, lleva dos semanas sobreviviendo en una situación extrema: duerme en la calle, sin un lugar seguro donde refugiarse y dependiendo de la ayuda de la ONG Luna Blanca para comer una vez al día.. Seguir leyendo

  

Mohamed tiene 26 años y nació en Castillejos, la ciudad marroquí que mira cada día hacia Ceuta. El pasado 30 de julio entró a nado en la ciudad autónoma. Desde entonces, lleva dos semanas sobreviviendo en una situación extrema: duerme en la calle, sin un lugar seguro donde refugiarse y dependiendo de la ayuda de la ONG Luna Blanca para comer una vez al día.

Este es su diario. En él cuenta, en primera persona, cómo tomó la decisión de irse, qué sintió mientras cruzaba el mar y qué ha ocurrido desde que puso los pies en Ceuta. Es el relato de un viaje que comenzó con la esperanza de encontrar una vida mejor y que, al otro lado de la frontera, se ha convertido en una lucha por sobrevivir.

30 de julio. Una frontera sin obstáculos

Me levanté el jueves a las ocho de la mañana. Había visto en El Faro de Ceuta que algunas personas estaban entrando a nado en la ciudad y pensé que quizá yo también tendría una oportunidad. Me vestí deprisa y salí.

No era la primera vez que intentaba llegar a España. Un año antes ya lo había intentado, pero la policía marroquí me expulsó. Esta vez fue diferente. No hubo obstáculos, así que entré.

No tuve miedo. Siempre había querido venir a España. Estudié Ingeniería Eléctrica y trabajaba en una fábrica en Tetuán 12 horas al día, seis días a la semana, por unos 300 euros al mes. No veía cómo podía construir mi vida así.

Llegué a Ceuta a las nueve de la mañana. Lo primero que hice fue caminar. Y seguir caminando. Había miles y miles de personas. Algunas habían llegado en camionetas desde ciudades tan lejanas como Casablanca.

Fui hacia el polígono de El Tarajal [en Ceuta] porque mis padres habían trabajado allí. Antes de la pandemia, las naves estaban llenas de negocios y el comercio transfronterizo daba trabajo a muchas familias de Castillejos. Cuando llegó el covid, cerraron la frontera y los vecinos de mi ciudad ya no pudieron entrar. Mis padres se quedaron sin trabajo y sin ingresos.

Ahora siento que soy la esperanza de mi familia.

El primer día empezó a hacerse difícil cuando llegó la hora de buscar comida. Pero la noche fue todavía peor. Tuve que dormir en el monte. Pensaba en mi familia, en todo lo que había dejado atrás. Lloré. No sabía dónde iba a dormir al día siguiente, ni siquiera si tendría algo que comer.

Mohamed durante su jornada de trabajo en Marruecos en una imagen cedida por él.

31 de julio. Mortadela y paciencia

Nada más levantarme, fui al arroyo para lavarme la cara, el cuerpo y la ropa. No tenía jabón, así que solo pude hacerlo con agua. Tampoco tenía nada que beber. Bebí del río y después me sentó mal al estómago.

Luego empecé a buscar comida. Mi familia me había dado algo de dinero, así que fui a una pequeña tienda de la barriada de El Príncipe y compré una barra de pan y un poco de mortadela. Me preparé un bocadillo y guardé el resto para la cena. Cuando volvía a tener sed, regresaba al río y bebía agua de allí.

Ese día conocí a Ismail y Munim, de 25 y 27 años. Empezamos a hablar y enseguida surgió la idea de juntar el poco dinero que teníamos para comprar comida y poder repartirla entre los tres durante varios días. Me cayeron bien. Los veo con ganas de trabajar y, sobre todo, sinceros. Desde entonces nos hemos hecho amigos. Nos cuidamos entre nosotros y eso, aquí, significa mucho.

Por la noche decidí que no quería volver a dormir en el monte. Me fui a las afueras de las naves de El Tarajal, donde duermen cientos de migrantes. Saqué la mortadela que había guardado por la mañana y me la comí para cenar.

Antes de dormir, me repetí lo mismo que llevo diciéndome desde que llegué: tengo que tener paciencia. Mucha paciencia.

Personas que entraron a nado en Ceuta y ahora están el en polígono del Tarajal.Joaquin Sánchez

El polígono de El Tarajal donde se refugia Mohamed se ha convertido en un laberinto de calles ocupadas por cientos o miles de migrantes llegados a Ceuta. Entre los garajes de los antiguos negocios se amontonan colchones, mantas y cuerpos que buscan un rincón donde pasar la noche. Algunos duermen directamente sobre el suelo. De día, el calor queda atrapado entre las naves y convierte el polígono en un horno. De noche, cuando baja la temperatura, muchos apenas tienen con qué cubrirse.

Una vez al día llega la comida. La reparte la ONG Luna Blanca bajo la escolta de ocho agentes de la Policía. Antes de que aparezcan las cajas, las personas empiezan a colocarse en fila. La cola crece hasta hacerse kilométrica. Para muchos, ese reparto es la única comida que tendrán ese día. Han pasado 15 días desde las llegadas a nado y el cansancio empieza a pesar sobre quienes viven aquí. También la tensión. No hay espacio suficiente, faltan recursos y nadie sabe cuánto tiempo tendrá que seguir durmiendo en el mismo lugar. Las discusiones y las peleas son frecuentes. También los robos.

En este espacio hay mujeres y niños. Algunos todavía llevan en el cuerpo las consecuencias del trayecto a nado. Las heridas que se hicieron al llegar no siempre han podido curarse en condiciones y, sin apenas acceso a higiene o medicamentos, algunas se han infectado. Otros sufren sarna u hongos y esperan un tratamiento que les permita curarse. El director de programas de Save the Children en España, Raúl Arnáiz, describe la situación en el polígono como “de una miseria extrema”.

A partir de aquí, vuelve el relato de Mohamed, que retomamos desde esta semana porque los días en El Tarajal empiezan a confundirse unos con otros: esperar para comer, buscar un lugar donde dormir y, sobre todo, esperar a que algo cambie.


Lunes 10 de agosto. Cada vez hay más tensión

Me levanté por la mañana y fui al arroyo para lavarme la cara y asearme un poco. Después salí a buscar algo de comida. Hay días en los que seguimos sin tener nada que comer.

Las pocas cosas que tengo las dejo en el polígono, al cuidado de una mujer que tiene tres hijos y pasa allí todo el día. Me las guarda para que no me las roben. Yo paso buena parte del día buscando algún sitio donde estar tranquilo.

No entramos en el centro de Ceuta porque hay mucha policía. Tampoco queremos molestar a nadie. Tenemos miedo de algunas personas. Nosotros solo queremos una solución, no queremos pelearnos con nadie. Sigo teniendo la esperanza de que algún día pueda ir a la Península.

Al móvil le queda un 5% de batería. Necesito cargarlo, así que voy a la casa de una mujer mayor que vive en la barriada de El Príncipe. Me deja enchufarlo un rato. Ese gesto, que en otro momento parecería insignificante, aquí es importante: sin batería, me quedo también sin una de las pocas formas que tengo de comunicarme.

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Ese día conozco a Imane Khaddar, una chica de 23 años que vino desde Kenitra, en Marruecos. Me cuenta que la primera noche durmió en las calles de El Príncipe, pero se asustó al escuchar disparos. Desde entonces duerme en el polígono. Aquí la tensión empieza a notarse cada vez más. Algunos chicos discuten y terminan peleándose. Últimamente ocurre casi todos los días.

Por la noche busco un sitio en la zona donde duermen las mujeres y los niños. Allí me siento más seguro. Prefiero estar lejos de quienes consumen drogas y de quienes roban para comprarlas. Lo peor es que también hay niños que consumen drogas.

Intento dormir pensando que mañana será otro día.

Martes 11 de agosto. Pienso en volver. Y lloro

Me levanté temprano, como todos estos días, y fui al arroyo para lavarme la cara. Después salí a buscar algo de comer. A veces tenemos suerte y encontramos a alguien que nos ayuda y nos da algo de comida. Otras veces, no.

Me siento en un bordillo, frente al polígono, junto a un grupo de personas. Están preocupadas. Miran sus teléfonos y se enseñan unas a otras las noticias que circulan por las redes sociales en Marruecos. Hablan de que el ministro de Justicia ha dicho que mantiene su determinación de recuperar a los niños y menores que se encuentran en España. También vemos las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores español, que asegura que “hasta la última persona que ha entrado irregularmente en España volverá a Marruecos”.

Nos entra miedo.

Intentamos averiguar qué hay de cierto en esas noticias. Cada vez que aparece un periodista por el polígono, le preguntamos. Queremos saber qué va a pasar con nosotros. Las familias están especialmente preocupadas por sus hijos y por la posibilidad de que puedan separarlos.

Yo también tengo miedo. Y hambre.

Ese día, lo único que como son unos macarrones con tomate que reparte la ONG Luna Blanca. Caben en un pequeño recipiente de plástico redondo. A veces también nos dan agua o leche.

Intento no pensar demasiado. Pero es difícil cuando escuchas que puedes ser devuelto. Cuando llevas días durmiendo en la calle y sin saber qué va a pasar mañana, una noticia así lo cambia todo.

Por las noches, cuando me tumbo, pienso en la posibilidad de tener que volver. Y lloro.

Estoy sufriendo mucho.

La ONG Luna Blanca, ha repartido el viernes 7 de agosto, unas 4.500 raciones de comida a los jóvenes Marroquíes en el polígono de El Tarajal.PACO PUENTES

Miércoles 12 de agosto. Hacemos pancartas: solo queremos una oportunidad

Hoy tuvimos suerte. Una chica vino hasta el polígono con dos bolsas de comida que había comprado en un supermercado. Había manzanas, pan, queso, cereales, zumos… Decidí repartirlo entre los niños. Los mayores podemos aguantar un poco más. A los pequeños les hace más falta.

Después llegó una mujer canadiense que trabaja con una ONG. Traía un botiquín para atender las heridas de quienes estamos aquí. Nos dijo que algunos niños tenían infecciones que podían empeorar mucho si no los veía un médico.

Poco después, dos niños se desmayaron. Uno, según nos dijeron, por falta de comida. El otro apenas podía tragar por el dolor que tenía en la garganta. La mujer llamó a una ambulancia. Llegaron dos sanitarios, les tomaron la tensión y les hicieron varias pruebas antes de llevárselos al hospital.

Hoy hemos cogido varias sábanas blancas para hacer pancartas. Con pintura roja que nos han dejado, hemos escrito lo que queremos que se escuche fuera de estas naves: que tenemos oficios, que sabemos trabajar y que solo queremos una oportunidad para hacerlo.

En otras sábanas hemos escrito “gracias a la Policía” y “viva España”.

Las hemos colgado para que puedan verse desde fuera. Es nuestra manera de decir que queremos que se nos dé una oportunidad.

Dos migrantes desplomados en el suelo por la falta de comida y agua son atendidos por sanitarios.Joaquin Sánchez

Jueves 13 de agosto. La policía pasa

Me desperté por la mañana y repetí la rutina de estos días. Fui al arroyo para lavarme y después salí a buscar algo que comer. Llevo varios días con la misma camiseta. Me la dio una voluntaria italiana durante los primeros días. En ella hay una frase: “Nadie es ilegal”. La sigo llevando porque es de las pocas cosas que tengo y porque, de alguna manera, siento que también habla de nosotros.

Por la noche estoy cansado y solo quiero dormir, pero aquí es difícil. Hay mucho ruido y duermo directamente sobre el suelo. Por suerte, tengo amigos que están pendientes de mí y me protegen de los robos. De madrugada empieza a hacer frío. Me despierto y vuelvo a pensar en lo mismo: en lo que puede pasar conmigo. Lloro cuando pienso en mi futuro. Durante la noche, a veces aparece la Policía para comprobar cómo está la situación.

Y así termina otro día.

Viernes, 14 de agosto. No me dejéis aquí

Algunas mañanas, varios coches entran en el polígono, dan vueltas entre las naves y nos pitan para despertarnos.

Hoy salí con mis tres amigos a buscar comida y conseguimos lo de casi siempre: un poco de pan y mortadela. Tengo hambre y sed casi todo el tiempo.

Hay mujeres que necesitan medicamentos y que pasan los días con dolor, esperando que alguien pueda ayudarlas. Muchas sufren en silencio.

A pesar de todo, seguimos aquí. Seguimos esperando que algo cambie, aunque algunos días sea difícil imaginar cuándo.

Varios chicos en el polígono del Tarajal.Joaquin Sánchez

Cuando llega el momento de despedirnos, Mohamed apenas encuentra palabras. Está cansado. También angustiado. Mira alrededor, hacia las naves en las que ha pasado estos últimos días, como quien ya no sabe cuánto más puede aguantar.

Nos despedimos y, justo antes pide ayuda. “Por favor, no me dejéis aquí”. Esa es la última frase de su diario.

 

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