El beso que Rafael Hernández siempre daba a su mujer antes de salir de viaje era uno de esos gestos que se repiten tantas veces, tan cotidianos, que uno nunca imagina que se pueda llegar a echar de menos. Ella se lo recordaba cada vez, por temprano que fuese: “Aunque esté dormida, me das un beso”. Pero el miércoles por la mañana se saltó esa promesa. Un par de horas después, la familia recibió una llamada del jefe de Rafa para decirle que el AVE en el que viajaba había colisionado con un Iryo. Poco después, en medio del caos del accidente, una policía que también viajaba en otro convoy les llamó. Se llamaba Noelia y estaba junto a Rafa, al que le había practicado un torniquete y lo mantuvo consciente hasta que una ambulancia se lo llevó.. Seguir leyendo
El beso que Rafael Hernández siempre daba a su mujer antes de salir de viaje era uno de esos gestos que se repiten tantas veces, tan cotidianos, que uno nunca imagina que se pueda llegar a echar de menos. Ella se lo recordaba cada vez, por temprano que fuese: “Aunque esté dormida, me das un beso”. Pero el miércoles por la mañana se saltó esa promesa. Un par de horas después, la familia recibió una llamada del jefe de Rafa para decirle que el AVE en el que viajaba había colisionado con un Iryo. Poco después, en medio del caos del accidente, una policía que también viajaba en otro convoy les llamó. Se llamaba Noelia y estaba junto a Rafa, al que le había practicado un torniquete y lo mantuvo consciente hasta que una ambulancia se lo llevó.
En los momentos antes de que abandonase el fatídico lugar, Noelia le acercó el teléfono a Rafa para que hablase con su mujer. “Nené, que de esta salgo, te lo prometo”, le dijo. “Mi madre se puso a temblar”, asegura su hija, Carmen Hernández, de 25 años. “La recogí en coche y nos fuimos al Hospital Universitario de Toledo. Nos habían dicho que no era nada grave, que solo tenía una herida en la pierna, pero cuando mi madre escuchó eso dijo: ‘Hay algo más”, cuenta Carmen. Al llegar les explicaron todo. Rafael tenía una fractura en el fémur, una fractura abierta en la tibia, el esternón roto, una herida abierta en el abdomen, además de contusiones en la cara y el cuerpo.
Desde aquel miércoles, la vida de Carmen transcurre entre los pasillos de un hospital y las cuatro paredes blancas de un box de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Su padre sigue allí. Todavía no ha abierto los ojos, no puede hablar. Permanece intubado y, en apenas tres días, ha tenido que pasar por varias operaciones. Carmen, sin embargo, no deja de hablarle. Cada día, cuando llega el momento de la visita, se acerca a su oído y le susurra lo mismo: “Papá, tú no te puedes ir”. Después, le pone una canción de Robe de esa lista de Spotify que tantas veces han compartido. Y entonces ocurre algo: durante unos minutos, aquellas cuatro paredes dejan de ser las de una UCI. Se convierten en el lugar donde los dos bailaban juntos, donde sonaban sus grupos favoritos, donde la vida era otra cosa.
Es la forma que tiene Carmen de intentar llegar hasta él. También escribe. Cada día envía a los suyos un pequeño relato de la jornada, un parte, como ella misma los llama. En ellos cuenta las noticias de los médicos y cada pequeño avance de su padre, que sigue en estado crítico.
Este es su diario. Turno a turno. Canción a canción. Parte a parte:

Miércoles 28 de octubre
15.00
Cuando llegamos al hospital, mi padre todavía está en quirófano. Durante media hora estamos sin saber muy bien adónde ir, hasta que sale la anestesista y nos cuenta que ha perdido muchísima sangre. Mi madre está a punto de desmayarse allí mismo.
Termina la operación, los cirujanos salen a explicarnos que mi padre tiene que ingresar en la UCI. Nos cuentan cuáles son las siguientes intervenciones y nos dicen que, si todo va según lo previsto, esta misma tarde podemos verle.
19.00
Vemos a mi padre por primera vez. Solo estamos mi madre y yo. Mi hermana vive en Milán y está cogiendo un avión para venir a España.
Nos quedamos en shock. En shock de verdad. Está muy hinchado. Mi padre siempre me dice que tiene la cabeza muy redonda, que parece una pelota de bolos. Así que, cuando le veo, no puedo evitar soltarle: “Ay, papá, ahora no es que lo parezcas, es que estás mucho peor. Así que ya te puedes ir desinflamando”.
Él no me contesta. Está intubado, no puede hablar y ni siquiera puedo verle los ojitos porque los mantiene cerrados. Pero yo sé que me escucha. Por eso intento hablarle como siempre y hacerle bromas. Porque eso es lo que hemos hecho toda la vida.
El horario de visitas de la UCI es muy estricto, pero con las familias afectadas por el accidente están siendo extraordinariamente humanos. Han flexibilizado los horarios para que podamos pasar un poquito más de tiempo junto a nuestros familiares. Y esos minutos, ahora mismo, valen muchísimo.
Después tenemos que despedirnos de él otra vez. Vuelven a llevárselo a quirófano. Y nosotros, de nuevo, a esperar. Este es el primer parte que envío al resto de la familia:
“Acabamos de llegar al hotel. Hemos pasado a verle y he estado viendo las heridas que tenía cuando mi madre ha salido fuera. Yo le he visto bien. Tiene la tensión controlada por un catéter arterial y está con noradrenalina. Mañana le van a ver también los otorrinos porque tenía un poco, muy poquillo, de la oreja colgando y lo iban a revisar”.
Carmen, enfermera de profesión, explica que, para afrontar el golpe que les ha dado la vida, se ha refugiado en su faceta más profesional. Ha intentado mantener la calma, agarrarse a la parte más racional y transmitir optimismo, mientras a su alrededor el resto de la familia se desmorona.

Jueves 29 de octubre
14.00
Empieza a sonar una guitarra de rock and roll clásico. Es nuestra canción.
“Quédate conmigo aquí. No tendrás que hablar. Solamente te pido una cosa. Y es que siempre mires bien. Saca la lengua para bailar”.
Es la primera canción que le pongo a mi padre desde que está en la UCI. La que tantas veces hemos bailado juntos.
Hace años vivimos en Estados Unidos. Solo estuvimos allí un año, pero no fue una época especialmente buena. Apenas veía a mis padres. Sin embargo, recuerdo que, cuando mi padre todavía no trabajaba, ponía esta canción y nos poníamos a bailar juntos.
De pequeña siempre había música en casa. Música en todas partes, a todas horas. Mi padre es un apasionado y creo que, ahora, es la mejor manera que tengo de comunicarme con él.
Por eso he decidido traerle nuestras canciones. Quiero que, al escucharla, vuelva por un momento a esos días en los que bailábamos juntos.
Al salir, le envío un mensaje a mi familia:
“La verdad es que le veo un poquillo mejor y eso me alegra mucho. He estado hablando con su enfermero y ha sido bastante optimista respecto a su pronóstico, nos ha tranquilizado bastante. He estado poniéndole música y amenazándole para que se espabile, que es un jabato y de esta sale. Aún así, nos han dicho que todavía no ha salido de la zona de peligro, pero que sigamos con la esperanza y con todas las energías positivas”.
No decae mi ánimo, que esté vivo es nuestro pequeño milagro y me aferro a él con uñas y dientes.
19.00
Esto ha sido un palo muy gordo. Hace unos meses veíamos las imágenes del accidente de Adamuz y nunca piensas que algo así te pueda pasar a ti. Hasta que te pasa. Y, de repente, te encuentras en una situación completamente desconocida.
Empiezan a sonar los primeros acordes de una guitarra. Después llega la voz de Robe, rasgada, inconfundible.
“Si te vas, me quedo en esta calle sin salida. Este bar está cansado ya de despedidas. Si he tardado y no he venido, es que ha habido un impedimento”.
Es Si te vas. Fuimos juntos al último concierto de Robe. A mi padre le encanta Extremoduro, pone sus canciones constantemente. Además, es muy maniático con los sonidos. Le encanta que todo suene bien y, en casa, tenemos hasta los altavoces colocados como él quiere.
Después de verle, le envío otro parte a mi familia:
“Sigo viéndole como esta mañana. La frecuencia cardiaca está muy bien, que es muy buena señal porque implica que tiene el ritmo necesario para poder llevar la sangre a los órganos y además no le han tenido que volver a poner más sangre. Sus pulmones poco a poco van recuperando la capacidad de poder oxigenar el cuerpo por sí solos y se le está yendo el líquido. A ver qué tal pasa la noche. Hasta mañana a las 13.00 no nos dirán nada y que no haya noticias también son buenas noticias”.
La verdad es que las horas sin noticias se hacen eternas.

Sábado 31 de octubre
13.00
Las primeras 72 horas son cruciales y hoy siento que, por fin, podemos respirar un poquito más tranquilas. Cuando he visto a mi padre, le he encontrado mejor cara.
Empieza a sonar una guitarra que va llenando la habitación. Es El poder del arte, de Robe. Diría que es su canción favorita de este artista.
“Demasiada droga solo para mí. Ojalá que te hubieras quedado conmigo aquí. Demasiado tiempo sin saber de ti. Me he quedado atrapado en el puto pasado y no puedo salir”.
Seguimos poniéndole música, hablándole, acercándole los audios que nos manda la familia o simplemente agarrándole la mano. Cada vez que lo hacemos, vemos cómo le sube la frecuencia cardiaca. Hoy, además, ha pasado algo que nos ha dado muchísima alegría. Mi madre y mi hermana acababan de salir de verlo, me han contado que había empezado a mover una ceja y a abrir un poquito un ojo. Después ha venido la enfermera y, mientras le hablaba, le ha preguntado si la entendía y le ha pedido que le apretara la mano. Y nuestro Rafita se la ha apretado.
Es verdad que hay riesgo de que pueda ocurrir cualquier cosa mala, pero ya afrontaremos ese frente si llega.
