En una noche lluviosa y fría, el fin de semana en el que muchos celebraban Halloween, Lorenzo Cazacu, de 21 años, murió de un machetazo cuando paseaba con un amigo por el parque del populoso barrio de El Polígono en Toledo. Le mató un hombre con una máscara de terror que se escurrió entre los edificios cercanos. Atrás dejó a Álvaro, el amigo de Lorenzo, angustiado, incapaz de atinar a darle una dirección a los servicios de emergencia para que enviaran una ambulancia.. Seguir leyendo
En una noche lluviosa y fría, el fin de semana en el que muchos celebraban Halloween, Lorenzo Cazacu, de 21 años, murió de un machetazo cuando paseaba con un amigo por el parque del populoso barrio de El Polígono en Toledo. Le mató un hombre con una máscara de terror que se escurrió entre los edificios cercanos. Atrás dejó a Álvaro, el amigo de Lorenzo, angustiado, incapaz de atinar a darle una dirección a los servicios de emergencia para que enviaran una ambulancia.
Casi cinco años después de aquel 30 de octubre de 2021, el hombre escondido detrás de la máscara sigue sin tener rostro. La Policía mantiene el caso abierto en busca de testimonios o pistas que ayuden a detenerle. El ataque sucedió en una zona muy oscura y sin apenas contacto físico. No hay grabaciones de seguridad que captaran la huida del enmascarado. Los investigadores trabajan con la hipótesis de que el sospechoso vivía en el barrio o conocía muy bien el entorno. Desde entonces, no se han vuelto a registrar incidentes similares en la zona. Pero el autor del crimen sigue suelto.
Álvaro, amigo de la infancia de Lorenzo, ha compuesto el relato de lo ocurrido aquella desapacible madrugada, en la franja horaria que daba paso al horario de invierno. Los jóvenes habían ido a una fiesta en casa de unos amigos, en el mismo barrio, y salieron a tomar aire al Parque Lineal. Cerca de las 2.30 de la madrugada, caminaban por un carril para bicicletas. Allí les abordó un hombre que parecía joven, vestido con vaqueros, sudadera oscura y zapatillas deportivas. Llevaba puesta una máscara, “como de una calavera”. “Dadme todo lo que tengáis”, les dijo. En las pocas palabras que cruzaron, Álvaro tuvo la sensación de que tenía acento latinoamericano.

Estaban cerca de una alambrada que separa el parque de la N-400. Se quedaron pensando que quizás era una broma, parte de la noche de Halloween. El enmascarado golpeó varias veces en el suelo con el machete. Iba en serio. Álvaro le dijo que no tenía nada. Lorenzo buscó en sus bolsillos y le tendió un billete de diez euros. Cuando el enmascarado ya lo había cogido, Lorenzo tuvo una reacción extraña en alguien que está siendo atracado. Le preguntó de cuánto era el billete, probablemente con idea de ofrecerle otro más pequeño, y se lo quitó de la mano. Ese gesto hizo que el enmascarado descargara el machete contra su cuello y le hiciera un corte muy profundo. La herida, en el lado izquierdo, resultó mortal.
El enmascarado salió huyendo. En el suelo quedó el billete de 10 euros, en el que no han encontrado vestigios relevantes. Álvaro llamó dos veces a los servicios de emergencia, en un intento por salvarle la vida. El joven también recibió un corte superficial en el lado izquierdo del rostro. Los investigadores creen que el agresor probablemente le hirió durante el ataque a Lorenzo.
Aquella misma noche, unos 25 minutos antes del asalto a Lorenzo y a su amigo, cuatro jóvenes, tres chicos y una chica, vieron a un enmascarado muy parecido a unos 850 metros de distancia. Estaban haciendo botellón en una urbanización a la que llaman “los pisos negros”, situada en la calle Yedra, y conocida por sus problemas de ocupaciones ilegales. Primero se encaró con uno de ellos. El joven se fijó en que levantaba mucho el brazo para sacar el machete de una funda que llevaba en la cintura y en que el arma blanca tenía unos reflejos azules. Llamó a los demás, y fueron en su busca. Tal y como ocurrió con Lorenzo, el enmascarado golpeó el suelo con el machete. Hizo ademán de atacarles, pero le repelieron con una silla abandonada y terminó huyendo hacia el Parque Lineal. No cruzó palabra alguna con ninguno de ellos, ni les pidió dinero.
La conducta del agresor, que los investigadores definen como “no lógica”, hace pensar que el sospechoso podría ser una persona con un trastorno mental o que actuó bajo los efectos de las drogas. Con esa hipótesis, que aquella noche terminara matando a Lorenzo, pudo ser fruto del azar.

Lorenzo, un chico corpulento de 1,75 metros, era un chaval tranquilo y sin enemigos conocidos. Había estudiado un módulo superior de informática y le gustaba pasar tiempo en casa, donde jugaba a videojuegos y cacharreaba con ordenadores. Aquella noche se despidió de sus padres sobre las nueve. Comentó que cenaría fuera y su padre le dijo que se llevara 20 euros. Su madre se ofreció a ir a recogerlo a medianoche porque estaba lloviendo, pero le dijo que no hacía falta.
La fiesta en el barrio transcurrió sin incidentes. Lorenzo se hizo algunas fotos dos horas antes de que lo mataran. En una de ellas se le ve, sonriente, con una chaqueta y una camiseta blanca, haciendo el gesto de la victoria. “Las compartieron en el grupo de ellos, a mí me llegaron después”, cuenta Constantine Cazacu, su padre.
Los investigadores revisaron el móvil y el ordenador de Lorenzo, pero no encontraron nada. Hablaron con vecinos de las zonas por las que vieron al enmascarado, repasaron las declaraciones de testigos. Al mes de producirse el crimen, que comenzaron a investigar agentes de Toledo, se sumaron investigadores de la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violenta, especializados en casos de mayor gravedad o que requieren una especial dedicación.
En estos años han intentado seguir cada hilo que pudiera arrojar luz al caso. La Policía Científica ha analizado tres o cuatro machetes abandonados en la ciudad; han buscado negocios en los que vendían o podían tener máscaras similares a las descritas. Los agentes de la Sección de Análisis de la Conducta, especializados en perfilación criminal y psicología forense, también lo han estudiado al detalle.

Las fotos de Lorenzo llenan el día a día de su familia. Está en la puerta de su casa, a escasos metros de donde le mataron, en un pequeño altar lleno de flores que su padre ha colocado en la zona en la que cayó muerto y alrededor de la tumba que tiene en el cementerio. Cada 30 de octubre, se reúnen en el parque para recordar que todavía no se ha hecho justicia por su muerte. “Tengo un fuego en el cuerpo que nadie lo puede quitar”, dice Constantine, tocándose el pecho. “Creo que moriré sin saber quién es el asesino”, se lamenta con gesto de impotencia.
