Las relaciones diplomáticas guardan un sorprendente parecido con el laborioso arte de bordar: ambos requieren una atención minuciosa al detalle, cada acción individual tiene un propósito en el conjunto final y el objetivo último debe estar permanentemente presente durante la ejecución. El tapiz de Bayeux, la histórica pieza de casi 70 metros de largo y 350 kilos de peso confeccionada hace 1.000 años para conmemorar la conquista normanda de Inglaterra, confirma este otoño en Londres el insólito parangón. Después de casi un siglo de ruegos británicos por el retorno, Francia lo ha cedido durante 10 meses al Museo Británico tras una astuta maniobra del presidente galo, Emmanuel Macron, para reforzar la alianza anglofrancesa, que vuelve a fulgir una vez cicatrizadas las heridas del Brexit.. Seguir leyendo
Las relaciones diplomáticas guardan un sorprendente parecido con el laborioso arte de bordar: ambos requieren una atención minuciosa al detalle, cada acción individual tiene un propósito en el conjunto final y el objetivo último debe estar permanentemente presente durante la ejecución. El tapiz de Bayeux, la histórica pieza de casi 70 metros de largo y 350 kilos de peso confeccionada hace 1.000 años para conmemorar la conquista normanda de Inglaterra, confirma este otoño en Londres el insólito parangón. Después de casi un siglo de ruegos británicos por el retorno, Francia lo ha cedido durante 10 meses al Museo Británico tras una astuta maniobra del presidente galo, Emmanuel Macron, para reforzar la alianza anglo-francesa, que vuelve a fulgir una vez cicatrizadas las heridas del Brexit.
La exposición, que se abre al público el 10 de septiembre, ha generado un interés solo comparable a la muestra de los tesoros de Tutankamón en 1972. Las entradas de este año están agotadas y en las primeras 24 horas a la venta se despacharon más de 100.000, un hito para una obra cuyo origen sigue siendo un misterio. Durante la inauguración oficial el pasado miércoles —que contó con la asistencia, además de Macron, del rey de Inglaterra y del primer ministro británico, Carlos III— dio por válida la teoría más extendida, que considera que el tapiz, que cuenta con 626 personajes (solo seis mujeres), 737 animales, 37 edificios y más de 40 embarcaciones, fue confeccionado en Canterbury (al suroeste de Inglaterra), antes de ser trasladado a Francia, si bien el primer indicio de su existencia data de 1476.
El monarca se permitió bromear con que el nombre es un error, puesto que técnicamente no es un tapiz, sino una tela de lino, ni fue hecho en Bayeux. Aunque es improbable que su propuesta de renombrarlo como Bordado de Canterbury prevalezca, para los británicos supone un retorno a casa.
Los franceses, mientras, consideran el préstamo un triunfo de la diplomacia, un despliegue de soft power (poder blando) en una era de realineamiento geopolítico post-Brexit. Cediéndolo, se anotan un valioso punto político y, de paso, resuelven el dilema de qué hacer con la obra mientras su hogar desde 1982, el Museo de Bayeux, permanece cerrado dos años, hasta el otoño de 2027, para una profunda renovación.

Pese a la preocupación por el riesgo del traslado, dada la precaria conservación de una tela de mil años (un análisis de 2020 registró más de 24.000 manchas, casi 9.700 agujeros y una treintena de desgarros) y las críticas por emplear patrimonio cultural para objetivos políticos, el eje anglo-francés ha sabido capitalizar la cesión. Ambos países son conscientes del peso simbólico del préstamo, que cuenta con un seguro de 800 millones de libras (unos 930 millones de euros), asumido por el Gobierno británico, para eventualidades como terremotos, incendios o la colisión de un avión.
Los franceses lo ven incluso como un deber histórico, una deuda moral, tras la contribución británica durante la Segunda Guerra Mundial, sin la que, admiten, la obra podría haber quedado permanentemente fuera de Francia. Empleada por los nazis como instrumento de propaganda en su deseo de invadir Inglaterra, como había hecho ya Napoleón en el siglo XIX, los expertos británicos de Bletchley Park, la sede de descodificación de comunicaciones donde trabajó Alan Turing, sabotearon el intento de llevarla a Alemania casi al final del conflicto.
Reino Unido había solicitado el tapiz por primera vez en 1931, posteriormente en 1953 para marcar la coronación de Isabel II y en 1966 para conmemorar el 900 aniversario de la batalla de Hastings, el épico enfrentamiento en el que Guillermo El Bastardo (El Conquistador, al norte de Canal de la Mancha) derrotó al rey inglés Harold, dando paso a una nueva dinastía que marcaría el futuro de Europa. El combate es reflejado en detallada crudeza en el último tramo del tapiz, que habría actuado como arma de propaganda normanda tras la conquista.
La hipótesis más aceptada atribuye la elaboración a mujeres anglosajonas, posiblemente monjas, por orden del obispo Odón de Bayeux, hermanastro de Guillermo, para exponerlo tras la consagración de la catedral de la ciudad en 1077. Frente a las espadas, la infantería y la flecha clavada en el ojo que acabaría con la vida del rey Harold, gráficamente reflejada en una de las 58 escenas del tapiz (aunque los expertos consideran que la flecha se añadió siglos después), el legado patrimonial de una saga considerada el equivalente británico a La Odisea actúa en el siglo XXI como argamasa de la concordia.
Junto al trabajo silencioso y públicamente invisible de historiadores, diplomáticos y altos funcionarios, Carlos III y Macron han sido clave para el regreso de la tela, que generará para el British Museum el equivalente a unos 3 millones de euros en entradas, un récord en sus 273 años de historia. El mandatario francés había apuntado por primera vez la posibilidad de cederlo en una cumbre anglo-francesa en 2018, pero las disputas por el Brexit y la pandemia en 2020 enfriaron el sueño de ver la obra de vuelta en suelo inglés. Durante la visita de Estado de Carlos III a Francia, el anhelo volvió a ganar tracción y el año pasado, con el rey como anfitrión de Macron, el presidente galo confirmó que el préstamo se haría realidad.

La sintonía entre ambos ha sido un activo diplomático para dos países tradicionalmente alineados, cuya cercanía se vio empañada por el primer divorcio en la historia comunitaria. El monarca inglés, descendiente de Guillermo El Conquistador, ha descrito el préstamo del tapiz de Bayeux como “el mejor símbolo posible” de la “entente amicale”, una suerte de actualización oficiosa de la Entente Cordiale que en 1904 puso fin a siglos de rivalidad y sentó las bases de su alianza en el siglo XX. El miércoles, Carlos III le mostró entre risas a Macron su “parte preferida” del tapiz, una escena en la que un grupo de normandos empuja un carro: “Llevan una cantidad enorme de vino”. “Los franceses siempre hemos tenido un sentido claro de prioridades”, le respondió el presidente francés durante los discursos posteriores.
Tras agotarse las entradas para este año, el segundo plazo de visitas, de enero a abril, sale a la venta el 21 de octubre, mientras el tercero y último, entre abril y julio, será en enero. El precio normal es 33 libras (38,5 euros), aunque es gratis para los menores de 16 años. Los afortunados que se hagan con un billete podrán ver en una sala prácticamente a oscuras, por primera vez en horizontal y en línea recta (en el Museo de Bayeux estaba en vertical y en curva), una de las pocas fuentes históricas sobre la conquista de Inglaterra, última vez que el territorio fue invadido con éxito por un ejército extranjero.
El tapiz, tejido en hilo de lana, no escatima en detalles, pero el final queda para la imaginación. La última parte, que se asume recogería la coronación de Guillermo en la Abadía de Westminster, no ha llegado hasta nuestros días, algo que llevó al primer ministro británico a ironizar: “Hecho en Inglaterra, no pudieron soportar mostrar el final, demasiado difícil”. Macron, por su parte, tiene su propia lectura: “Es un final feliz, estamos aquí”, mil años después.
