Arturo Ortiz (Ginebra, 1966) se retiró oficialmente del atletismo en 2002. Dejó atrás una brillante carrera repleta de éxitos con 13 campeonatos de España en salto de altura, tres presencias olímpicas (Seúl, Barcelona y Atlanta) y un récord nacional (2,34) que data de 1991, el más longevo de nuestro país en categoría masculina. Una marca que el propio exatleta no cree que alguien tenga ninguna posibilidad de mejorar a corto o medio plazo. «Si ahora cuesta pasar de 2,20, ¡imagínate llegar a los 2,30!», expresa a 20minutos. Aunque reconoce que los jóvenes tienen muy buena pinta: «A ver qué ocurre con ellos, pero me temo que habrá que esperar unos cuantos años para batir mi récord».. La marca de Ortiz tuvo como escenario el estadio de Montjuic, el 22 de junio de 1991. Faltaba un año para los Juegos Olímpicos de Barcelona y la cosa pintaba bien porque en su fuero interno albergaba esperanzas de hacer algo grande como subirse al pódium: «Recuerdo que aquel día me sentía como un cohete». Por la mañana fue a entrenar al estadio y cuando salió de la sala de pesas le comentó a Ramón Cid, su responsable de saltos: «Esta tarde bato el récord». No sabe muy bien por qué estaba tan eufórico, pero estaba «convencido» de que podía lograr la hazaña.. «Me sentía bien», reitera Ortiz. Se sentía «muy cómodo» en situaciones de mucho calor, pero él mismo reconoce que era «malísimo» saltando con el viento en contra y tampoco le importaba mucho que lloviera: «A muchos rivales les afectaba el agua, pero a mí me resultaba indiferente». Lo más importante, según relata el propio atleta español, no son las condiciones climatológicas, sino la confianza que uno tenga en sí mismo y el estado de forma. «Si no te duele nada y te sientes fuerte, al final eres capaz de hacer cualquier cosa», añade.. En Barcelona, Ortiz tenía razones para ser optimista. Solo dos semanas antes de que se encendiera la llama olímpica había rozado los 2,36 en los campeonatos de España, «que hubiera supuesto en aquellos momentos la mejor marca mundial del año», recuerda. Tres días después sus esperanzas se esfumaron por una inoportuna lesión. Ortiz se había ido a descansar a Benidorm con la idea de pasar tres días en la playa. Sin embargo, antes de Barcelona quiso probarse con los mejores saltadores del planeta que iban a competir en la ciudad alemana de Eberstadt, «que es el mejor meeting del mundo en salto de altura». Trató de calentar un poco durante uno de sus días de reposo playero «y haciendo unos saltos me desgracié el tobillo derecho, lo que condicionó mi participación en los Juegos Olímpicos».. Renunciar ante la primera contrariedad no entraba en sus planes y, junto a su entrenador Paco López, apostaron por arriesgar «entrenando mucho la pierna izquierda, que era la de batida, lo que me acabó perjudicando la rodilla de esa pierna de tal manera que el año siguiente acabé pasando por el quirófano». Tenía una confianza plena en alguien a quien considera su «segundo padre» y un «sabio» del atletismo. López fue quien pulió todas sus capacidades físicas y técnicas, lo que le permitió codearse durante muchos años con los mejores saltadores de la época. El caso es que físicamente llegó «fatal» a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Hizo lo que pudo. «Fue, sin duda, uno de los peores momentos de mi vida».. Cualquier deportista piensa siempre tras retirarse que «tal vez» pudo haber hecho algo más durante su carrera deportiva. En este caso, ese «algo más» hubiera supuesto uno o dos centímetros, una distancia que puede parecer insignificante pero que en el salto de altura puede llevar al atleta a la gloria. Rehúsa excusarse en situaciones sobrevenidas que no supo aprovechar en su momento o en las lesiones para no haber volado más alto, «aunque sí son un factor muy limitante para conseguir más cosas». Tampoco le gusta hablar de mala suerte, si bien a Ortiz no se le escapa el hecho de que al rozar el listón «un poquito» y que acabe cayendo «o no» es un factor que pudo haber influido para haber superado esos míticos 234 centímetros.. Al excampeón español le apasionaba saltar y competir. «Intenté estirar mi carrera todo lo posible», admite. Otra cosa bien distinta es que el cuerpo aguante y saber cuándo es el momento adecuado para echarse a un lado. «En este tipo de decisiones las lesiones también son un factor muy importante, pero el más obvio es que te das cuenta de que ya no ganas». La gente joven siempre aprieta y es quien ayuda a medir los tiempos y a consensuar una decisión nada fácil de tomar. El plusmarquista de salto de altura se muestra de lo más pragmático ante este tipo de situaciones. «Es que, si el objetivo del alto rendimiento es ganar, y ya no ganas, ¡ya me dirás que pintas allí!», subraya.. En lo saltadores de altura el desgaste físico de las rodillas influye y mucho a la hora de prolongar sus carreras deportivas. «Date cuenta de que en cada salto soportamos sobre esa articulación entre siete y nueve veces nuestro peso corporal en la batida», explica. Para dar una idea aproximada del riesgo que supone una actividad como la suya, Ortiz calcula que entre entrenamientos y competiciones llegó a realizar más de 24.000 saltos «y ese desgaste articular lo vas pagando con el paso del tiempo». Lo peor de todo es que las lesiones siempre aparecen cuando uno menos se lo espera y tienen el don de la inoportunidad.. El plusmarquista español de salto de altura es de los que sufrió algo de «descoloque» y de «angustia» al hacer el tránsito de la alta competición a la vida normal. «Siempre existe algo de incertidumbre sobre cómo va a ser tu futuro», confiesa. Y eso que contaba con preparación académica cuando se retiró. Sus estudios de Educación Física le hubieran permitido presentarse a una oposición para ser profesor de instituto complementando su curriculum académico con la carrera de magisterio. No era lo que realmente quería. «No me tiraba la rama educativa». Quería dedicarse al alto rendimiento. De ahí que después de muchos años como responsable de área en un macro gimnasio de Majadahonda, ahora trabaje con jugadores de baloncesto vinculados a la empresa de representación de Quique Villalobos y con algún que otro futbolista.. Ortiz había empezado en el mundo del atletismo casi por casualidad. En su infancia había un programa en televisión llamado «Torneo» donde competían escolares de distintos puntos de España en diferentes pruebas de atletismo. A sus 12 años residía en Arganda del Rey (Madrid) y Pedro Majorero, un entrenador «que era un friki del atletismo» quiso presentar un equipo del pueblo. Comenzó a seleccionar chavales y se dio cuenta que a Ortiz no se le daban nada mal las pruebas explosivas. Le captó para hacer salto de altura y no tuvo mal ojo. Además, fue quien le inoculó el «veneno» que lleva el atletismo. El resto de su carrera forma parte de la historia viva del atletismo español.
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