Los éxitos futuros se construyen en tardes como esta. Un Masters 1000 no es un Grand Slam, no luce igual ni cuenta igual, pero el que levantó Carlos Alcaraz en París este domingo tiene un enorme valor. Ya está. Si la lesión en la muñeca derecha fue el peor trago de su carrera, ya ha quedado atrás. No merece la pena ni recordarlo. Muchos meses después, el español ha recuperado su máximo nivel, el tenis que dejó entrever en el pasado Open de Australia y que, a partir de ahora, sólo debe aspirar a mantener. Sin precauciones ni dudas. En la final parisina, ante Ben Shelton, el mismo que lo eliminó en los cuartos de final del pasado US Open, el hoy número tres del mundo confirmó con un 7-6(5) y 7-5 que habrá muchas más celebraciones en lo que queda de año y, sobre todo, en 2027 y más allá. Si algún catastrofista llegó a pensar que era el principio del fin de su carrera, nada más lejos de la realidad. Apenas un obstáculo, ya superado.
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