Como estos días el Pisuerga pasa por Salem, en Movistar Plus han creado la etiqueta “Halloween” para recopilar las películas de terror de su recámara. Cuando uno entra en la categoría, tiene que elegir, entre tres opciones, qué nivel de horror soporta. Ojalá el más alto, me digo mientras rebusco, lo proporcionara la ficción.
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Desde el Brexit, no podemos ignorar la interesada injerencia del Salvaje Oeste de las redes sociales en las campañas políticas, pero mientras no las regulemos con seriedad, la estamos ignorando


Como estos días el Pisuerga pasa por Salem, en Movistar Plus han creado la etiqueta “Halloween” para recopilar las películas de terror de su recámara. Cuando uno entra en la categoría, tiene que elegir, entre tres opciones, qué nivel de horror soporta. Ojalá el más alto, me digo mientras rebusco, lo proporcionara la ficción.
Veo el vídeo de los deepfakes del Partido Popular y no solo lamento el uso ramplón de la IA, la vulneración de la imagen ajena que conlleva y la bajeza intelectual de asimilar “zurdo” a delincuente. Me pasma la cantidad de comentarios en redes sociales que celebran que el PP haya entendido de qué va el juego. Porque esto es lo que de verdad aterra: el juego.
El juego de Meta, de X, de Youtube, de TikTok y, por supuesto, de Anthropic, OpenAI y otras tantas. En 2018, los partidarios de Bolsonaro padre celebraron su victoria gritando “¡Facebook! ¡Facebook!”. Sabían que su algoritmo había sido imprescindible para diseminar sus bulos, hoy perfeccionados gracias a la IA. Les funcionó, porque con ellos provocaron ira, la emoción más fomentada por las redes, porque es la que genera mayor tiempo de permanencia en ellas.
Lula ha ganado ocho años después de aquello. Mientras escribo esto, su victoria aún no ha sido reconocida por Bolsonaro hijo; veremos si desemboca en un equivalente al asalto al Capitolio de 2021 o al Congreso de Brasil en 2023, también articulados y extendidos online. Lula ha ganado y lo ha conseguido a pesar de que empleados de Meta en Brasil han admitido que se restringió el alcance de sus cuentas y se favoreció el de las de Bolsonaro, entre otras intrusiones. Ha tenido que diseñar una estrategia digital en tiempo récord para combatir esa desigualdad. Desde el Brexit, no podemos ignorar la interesada injerencia del Salvaje Oeste de las redes sociales en las campañas políticas, pero mientras no las regulemos con seriedad, la estamos ignorando. ¿No resulta obvia la línea de puntos que une los mensajes en redes que alentaron la entrada masiva en Ceuta este verano y los que han fomentado los disturbios en Barcelona, promovidos por una plataforma creada seis días antes y desaparecida un día después?
“A mucha gente no le conviene que llegue el Apocalipsis”, le dijo Pitita Ridruejo a Martín Bianchi en 2013. Pero a otra mucha gente sí. Entre ellos, a los partidos que viven de las redes y a las redes que crecen sin control gracias a los partidos que velan por su falta de regulación. O remamos para huir de él o nuestras democracias se hundirán con nosotros.
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