A las tres de la tarde del 17 de abril de 2024, Raquel Algilaga fue a buscar a Leo, su bebé de cinco meses, a la guardería El Petit Vailet de El Masnou (Barcelona). Era el tercer día que lo llevaba, solo unas horas porque aún estaba en periodo de adaptación. Llamó al timbre. Recuerda que todo estaba en silencio porque era la hora de la siesta. De repente, escuchó los gritos de una cuidadora y, después, los de la directora del centro: “¡Un médico, un médico!» Raquel, de 39 años, es anestesista y especialista en reanimación. Pensó que un niño tenía problemas y ofreció su ayuda. Pero lo que la directora puso en sus brazos era otra cosa: el cadáver, “blanco y frío”, de su hijo Leo.. Seguir leyendo

A las tres de la tarde del 17 de abril de 2024, Raquel Algilaga fue a buscar a Leo, su bebé de cinco meses, a la guardería El Petit Vailet de El Masnou (Barcelona). Era el tercer día que lo llevaba, solo unas horas porque aún estaba en periodo de adaptación. Llamó al timbre. Recuerda que todo estaba en silencio porque era la hora de la siesta. De repente, escuchó los gritos de una cuidadora y, después, los de la directora del centro: “¡Un médico, un médico!» Raquel, de 39 años, es anestesista y especialista en reanimación. Pensó que un niño tenía problemas y ofreció su ayuda. Pero lo que la directora puso en sus brazos era otra cosa: el cadáver, “blanco y frío”, de su hijo Leo.
