American Pie, de Don McLean, fue la canción más larga que alcanzó al número 1 en Estados Unidos. La enigmática letra de este tema de ocho minutos, que no ha dejado de sonar en todo el mundo desde la década de los años setenta, arranca con la muerte en un accidente de avioneta en 1959 de los tres músicos más famosos de EE UU, Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Bopper. Encarnaban, en cierta medida, la inocencia de un país que todavía no se había enfangado en la guerra de Vietnam ni vivía el estallido del movimiento de los derechos civiles contra la segregación racial, un país lleno de electrodomésticos y riqueza frente a la pobreza de la posguerra europea. . Seguir leyendo
American Pie, de Don McLean, fue la canción más larga que alcanzó al número 1 en Estados Unidos. La enigmática letra de este tema de ocho minutos, que no ha dejado de sonar en todo el mundo desde la década de los años setenta, arranca con la muerte en un accidente de avioneta en 1959 de los tres músicos más famosos de EE UU, Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Bopper. Encarnaban, en cierta medida, la inocencia de un país que todavía no se había enfangado en la guerra de Vietnam ni vivía el estallido del movimiento de los derechos civiles contra la segregación racial, un país lleno de electrodomésticos y riqueza frente a la pobreza de la posguerra europea.
El objetivo de McLean era “escribir una canción sobre el final del sueño americano” que habla en sus interminables y evocadoras estrofas de una “generación perdida en el espacio / sin tiempo para empezar de nuevo”. Con los versos en los que describe a una pareja enamorada que baila en un gimnasio —que recuerdan tanto a la escena del pajar de Único testigo mientras suena otro clásico, What a Wonderful World, de Sam Cooke—, el cantautor refleja una imagen idílica de EE UU, pero que está a punto de caer por un barranco, uno de los temas centrales de la literatura y el cine estadounidense.
Nadie reflejó esa sensación de eterna fragilidad como el escritor que simbolizó a la vez la locura de los años veinte y el crack de 1929, Francis Scott Fitzgerald, ya sea con el final de El gran Gatsby —“Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”— o en la primera frase de El Crack-Up: “Toda vida es un proceso de demolición”. Su esposa, la escritora Zelda Sayre, escribió sobre él cuando murió: “La contribución esencial de Scott es haber conseguido dramatizar la desesperanza y la pena de una época, y haber logrado, gracias a un valor trágico, una nueva razón de ser”.
La historia de Estados Unidos siempre se ha movido entre esos momentos de grandeza y caídas estrepitosas: muchas veces se ha encontrado al borde del precipicio, avanzando con decisión hacia el abismo. Pero también, en estos dos siglos y medio, ha ofrecido al mundo alguno de los momentos estelares de la humanidad. La Declaración de Independencia, firmada hace 250 años, es uno de ellos, al igual que su Constitución o el movimiento de los derechos civiles, tal vez la mayor lección de libertad que EE UU ha dado al mundo y que la actual presidencia de Donald Trump trata de revertir con todos los medios a su alcance.
La novela Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, refleja perfectamente lo que significó aquel movimiento contra la injusticia racial contado a través de los ojos de una niña a la que su padre enseña la solidaridad, la igualdad y la empatía hacia los demás, con independencia del color de su piel. Es difícil medir la inmensa influencia de la cultura estadounidense, pero sin Hollywood nuestro mundo sería mucho peor. Y el cine simboliza, además, todo lo que EE UU debe a los migrantes: fue una industria fundada en su mayor parte por refugiados judíos que huían primero de los pogromos rusos y después de los nazis.
La Guerra de Secesión; la Conquista del Oeste —el mito fundacional de Estados Unidos, que significó el exterminio de los nativos americanos—; la masacre racista de Tulsa en 1921; el Ku Klux Klan; la Caza de Brujas y la histeria anticomunista de los años cincuenta; la presidencia de Richard Nixon y el Watergate; la invasión de Irak en 2003, basada en mentiras, y toda la guerra con el terrorismo de Bush, que aplicó sin complejos la tortura…
A lo largo de su historia, este país ha pasado por momentos en los que parecía casi imposible que sobreviviese su democracia y los principios firmados hace 250 años para romper con la tiranía del imperio británico. No es sencillo saber qué lugar ocupa la presidencia de Donald Trump en medio de todos estos desastres; pero está bastante arriba. Solo podemos esperar que el famoso axioma de Francis Scott Fitzgerald —“No hay segundos actos en las vidas estadounidenses”— no se cumpla y que, una vez más, encuentre su razón de ser.
