El concierto de Rosalía el pasado lunes en Madrid contó con una anomalía que, me temo, pronto dejará de serlo: no se permitió el acceso a los fotoperiodistas para cubrir uno de los eventos culturales de masas más importantes de este año. Fue el resultado de una decisión que llegó apenas un par de horas antes de que arrancara el show. De momento, tampoco se han emitido acreditaciones para el resto de los programados en Madrid (hoy miércoles, el viernes y el sábado).. Seguir leyendo
El concierto de Rosalía el pasado lunes en Madrid contó con una anomalía que, me temo, pronto dejará de serlo: no se permitió el acceso a los fotoperiodistas para cubrir uno de los eventos culturales de masas más importantes de este año. Fue el resultado de una decisión que llegó apenas un par de horas antes de que arrancara el show. De momento, tampoco se han emitido acreditaciones para el resto de los programados en Madrid (hoy miércoles, el viernes y el sábado).. Las gestiones para acreditar al redactor gráfico de EL PAÍS, Claudio Álvarez, comenzaron hace un par de semanas con la promotora del concierto. Insólitamente, desde esa empresa se le requirió a Álvarez que enviara un portfolio con una selección de su trabajo para comprobar si acreditaba el nivel suficiente. Un examen previo al que, desde luego, no sometieron al redactor Carlos Marcos, que no tuvo que mandar ni una línea para demostrar su incuestionable valía a la hora de narrar el concierto para los lectores de este periódico.. Claudio Álvarez ha cubierto conciertos de artistas como los Rolling Stones, The Who, Amy Winehouse, Raphael, Sabina, Serrat, Isabel Pantoja, Taylor Swift, Rocío Jurado… o la propia Rosalía en julio de 2022. Muchos de esos conciertos, además, organizados por la misma promotora. Viejos conocidos, en resumen.. Hago un inciso: Rosalía, la promotora o quien haya decidido no dejar entrar a los fotoperiodistas está en su derecho. Es un evento privado y ellos deciden. Pero también existe el derecho a señalar los obstáculos que se imponen a la prensa gráfica para informar y que merman la calidad informativa que reciben los lectores, los más importantes en todo esto y quienes, al final, consumen el maravilloso trabajo de esta artista.. Tras enviar la selección de fotos requerida —hay que hacer todo lo posible para informar a los lectores, incluso someterse a un examen— se estableció el silencio de radio por parte de la promotora. Claudio Álvarez escribió a personas de la empresa que conoce para entender qué estaba ocurriendo. El silencio se prolongó hasta las 18.30 del lunes, cuando por correo electrónico se negaba el acceso a la prensa “debido a las particularidades técnicas y de producción del evento”. En ese mismo mensaje se facilitaba un enlace para descargar el material gráfico que la empresa iba a proporcionar.. Fotografía hecha por el redactor gráfico de EL PAÍS Claudio Álvarez, ante las puertas del Movistar Arena, en la previa del concierto de Rosalía el 30 de marzo de 2026.Claudio Álvarez. Ese argumento, legítimo, podría haber estado sobre la mesa desde el primer momento. Se podían haber organizado pases de fotógrafos durante una única canción, como se hace en todos los conciertos. O dividirlos en grupos para que fueran menos numerosos. O ubicarlos en una tribuna para que solo se tomaran imágenes con teleobjetivos y no menoscabar así “las particularidades técnicas”. O se podía haber decidido que accediera únicamente un número muy limitado de profesionales en régimen de pool, eligiendo los medios y agencias representados para garantizar imágenes independientes y no de parte. Opciones había.. Uno se para a pensar por qué no dejan entrar a la prensa gráfica. ¿De verdad unas fotografías tomadas por un fotoperiodista de larga trayectoria pueden dañar la imagen de una artista de talla global como Rosalía? ¿Algún fotoperiodista ha lesionado a un artista desde un foso o le ha arruinado un concierto? ¿Por qué se considera a los fotoperiodistas menos que a otros profesionales? ¿Por qué se nos percibe como enemigos? ¿Por qué tantas trabas en lugar de facilitar el trabajo de quienes van a contribuir a hacer brillar a sus artistas?. En un tiempo en el que todo el mundo lleva una cámara en el bolsillo en forma de móvil, ¿prefieren los artistas que circulen por las redes imágenes del primero que pasa, con mala calidad y escasa pericia, como única construcción gráfica de su obra? El control de la imagen resulta ridículo e ineficiente cuando el público hace fotos y son esas, precisamente, las que acaban ilustrando los conciertos en la mayoría de los medios. ¿Se prefiere una fotografía mal tomada con un móvil a la de un fotoperiodista que va a poner todo su empeño en hacer bien su trabajo? Si se trataba de control de imagen, el resultado no ha sido especialmente exitoso: basta asomarse hoy a las portadas de muchos periódicos para comprobar que, finalmente, se publican fotos reguleras hechas por el público porque no se permitió entrar a profesionales.. Nada de esto es, desde luego, insólito, pero no por ello deja de ser lamentable. Las condiciones para cubrir conciertos y festivales de música de manera independiente son cada vez más draconianas: se llega a exigir la firma de un contrato para la cesión de todos los derechos de las fotografías al grupo en cuestión o incluso una aprobación previa del material que se va a publicar, es decir, una censura en toda regla. El redactor, mientras tanto, puede escribir lo que quiera y en el tono que quiera. De momento, porque todo llega.. La cultura, la música, es una construcción global y necesariamente multidisciplinar. No limiten esa variedad con un discurso único, porque al final pierden el artista, el fotoperiodista, los lectores y su público. El legado que dejemos para el futuro, en forma de crónica gráfica de uno de los mejores conciertos del año, será entonces escaso, monótono y, sobre todo, pobre.. Moeh Atitar es redactor jefe de Fotografía de EL PAÍS.
El concierto del pasado lunes en Madrid contó con una anomalía: no se permitió el acceso a los reporteros gráficos
