Venga, me lanzo: no debe quedar un grupo vivo (o en activo) de pop o de rock capaz de lucir y manejar semejante repertorio sobre un escenario. Quizá los Rolling Stones –desde las antípodas estilísticas–, si es que se deciden a volver a girar. Tampoco debe existir un proyecto capaz de fagocitar en su provecho tantos momentos clave en la historia de la música popular de los últimos cincuenta años, aunque a veces no se advierta a simple vista: Pet Shop Boys son hijos de la música disco, del advenimiento del new pop británico de los primeros ochenta, del italodisco, del Hi–NRG, del electro o de la música house, y supieron también valerse de la cultura rave, de la polirritmia brasileña que conocieron a mitad de los noventa e incluso de la EDM que se popularizó en los 2000. Neil Tennant y Chris Lowe ya eran auténticos locos de la cultura pop antes incluso de conocerse (el primero fue periodista musical), de hecho ninguna canción lo explica mejor que The Pop Kids (no la escatimaron), y anoche todos y cada uno de esos lenguajes musicales dejó su impronta a lo largo de 28 canciones sin mácula alguna.. Seguir leyendo
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
El dúo británico resumió anoche sus 40 años de carrera con un repertorio estelar en el Roig Arena de Valencia

Venga, me lanzo: no debe quedar un grupo vivo (o en activo) de pop o de rock capaz de lucir y manejar semejante repertorio sobre un escenario. Quizá los Rolling Stones –desde las antípodas estilísticas–, si es que se deciden a volver a girar. Tampoco debe existir un proyecto capaz de fagocitar en su provecho tantos momentos clave en la historia de la música popular de los últimos cincuenta años, aunque a veces no se advierta a simple vista: Pet Shop Boys son hijos de la música disco, del advenimiento del new pop británico de los primeros ochenta, del italodisco, del Hi–NRG, del electro o de la música house, y supieron también valerse de la cultura rave, de la polirritmia brasileña que conocieron a mitad de los noventa e incluso de la EDM que se popularizó en los 2000. Neil Tennant y Chris Lowe ya eran auténticos locos de la cultura pop antes incluso de conocerse (el primero fue periodista musical), de hecho ninguna canción lo explica mejor que The Pop Kids (no la escatimaron), y anoche todos y cada uno de esos lenguajes musicales dejó su impronta a lo largo de 28 canciones sin mácula alguna.
Son las que integran el Dreamworld Tour, que abarcan desde 1986 hasta 2024: el valor añadido es que tres pertenecen a su último álbum, el mejor que han publicado en lo que llevamos de siglo XXI, y en absoluto desentonan. No son un grupo que viva solo de rentas. No son un “grupo de los 80”, por Dios. Dijo Neil Tennant que era su tercera visita a Valencia, pero en realidad fue la cuarta, si contamos la del Velódromo Luis Puig (Benimàmet) en 2000, la de la Ciutat de les Arts i les Ciències en 2006 y la del Greenspace en 2007. Ninguno de aquellos recintos se diseñó expresamente para la música en directo, a diferencia del Roig Arena. Y eso se nota. Junto al imbatible cancionero que brinda esta gira, era uno de los alicientes principales para que el público amochase unos 90 euros que pueden parecer mucho en un primer momento, pero no lo son tanto si atendemos al espectáculo del que gozaron anoche 10.000 personas.
Pertrechados por paneles luminosos que iban multiplicándose tras una puesta en escena minimalista y urbana, presidida por dos farolas (la misma que se les pudo ver en el Primavera Sound hace tres años), y secundados a partir del primer tramo del concierto por tres músicos más (Simon Tellier a la guitarra y teclados, Bubba McCarthy a la percusión y Clare Uchima a los teclados y coros), el dúo británico más popular de la historia supo cómo enhebrar su argumentario más popular en distintos bloques. Porque no son solo las canciones, auténticas catedrales pop en sí mismas, sino cómo las secuencian: un inicio retrocediendo a su fase imperial (Suburbia, Can You Forgive Her?, Opportunities, Rent), un tramo explicitando su acercamiento a la música latina (Single–Bilingual, Se a vida é (That’s The Way Life Is) y Domino Dancing), otro apelando a la disco music que germinó en la Nueva York de finales de los 70 (Dancing Star, New York City Boy), el pertinente receso bajando revoluciones con baladones y medios tiempos para el recuerdo (Jealousy – la primera que escribieron juntos, explicaron – , una A New Bohemia que encendió los móviles del público y una Love Comes Quickly que fue el súmmum de la elegancia), un binomio que muestra la transición del house a la EDM (It’s Alright y Vocal) y un tramo final con la redención liberadora de Go West e It’s a Sin. Así hasta llegar a un bis con las que posiblemente sean sus dos mejores creaciones: la distinguida West End Girls y la melancólica Being Boring, una de las mejores canciones nunca escritas sobre los estragos del paso del tiempo.
Entre medias, cayeron delicias como una What Have I Done To Deserve This? en clave más sutil y minimalista de lo que acostumbran, con la escocesa – japonesa Claire Uchima suplantando muy bien a la recordada Dusty Springfield. Y el habitual reparto de papeles de una pareja siempre complementaria: la elegancia de un Neil Tennat cuya voz sigue sonando como si fuera un post adolescente a sus 72 años y el sempiterno hieratismo de un Chris Lowe parapetado tras el teclado (a veces parece que se mueva menos que Don Pimpón en una cama de velcro), quien siempre amaga con regalarnos una media sonrisilla que indique que la velada ha ido bien.
Han tenido Pet Shop Boys giras más vistosas en lo escenográfico, como el Performance Tour con el que recorrieron el mundo en 1991 o el Pandemonium Tour que pasó por el Primavera Sound en 2010, pero ninguna con un repertorio tan sobresaliente como el de esta, que celebra sus cuarenta años en el mundo de la música, recordándonos que nadie ha sabido mejor que ellos aunar frivolidad y hondura, comercialidad y distinción, superficialidad y complejidad, baile y emotividad, inglesidad y cosmopolitismo o baja y alta cultura: un juego de dicotomías del que han sido unos inigualables maestros.
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