
El productor, compositor y guitarrista Ricardo Pachón ha fallecido en su Sevilla natal a los 89 años, tras haber superado no pocas batallas vitales y de salud en su larga, intensa y provechosa vida. Con su marcha, unida a las de tantos héroes de su tiempo, se pone un punto (casi) final a una etapa gloriosa de creatividad, empuje y libertad de la música andaluza, ya sea flamenca, rockera o experimental. En unos tiea los 89 apmpos de eclosión musical sevillana con muchos componentes, a mediados de los años setenta del pasado siglo, él estuvo allí, en lo que le gustaba denominar “la primavera lisérgica sevillana”, y nunca como un espectador: vivió con los músicos sus experiencias, y tuvo la visión y el talento de saberlas canalizar en producciones que, salvo excepciones, fueron sonoros fracasos de ventas para convertirse con el tiempo en productos de culto, valorados en todas las listas que comienzan por “Los mejores discos de…“, ya fuera de la década o del medio siglo.
El productor, compositor y guitarrista Ricardo Pachón ha fallecido en su Sevilla natal a los 89 años, tras haber superado no pocas batallas vitales y de salud en su larga, intensa y provechosa vida. Con su marcha, unida a las de tantos héroes de su tiempo, se pone un punto (casi) final a una etapa gloriosa de creatividad, empuje y libertad de la música andaluza, ya sea flamenca, rockera o experimental. En unos tiea los 89 apmpos de eclosión musical sevillana con muchos componentes, a mediados de los años setenta del pasado siglo, él estuvo allí, en lo que le gustaba denominar “la primavera lisérgica sevillana”, y nunca como un espectador: vivió con los músicos sus experiencias, y tuvo la visión y el talento de saberlas canalizar en producciones que, salvo excepciones, fueron sonoros fracasos de ventas para convertirse con el tiempo en productos de culto, valorados en todas las listas que comienzan por “Los mejores discos de…“, ya fuera de la década o del medio siglo.
Ricardo Pachón Capitán había recibido el nombre de un tío suyo abatido en la Plaza Nueva sevillana por las fuerzas golpistas en el abril del 36. Es difícil calcular si ese nombre y su historia lo marcaron, pero sí hubo otros elementos biográficos que bien pudieran explicar su carácter siempre inconformista con la sociedad que le tocó vivir. De familia acomodada, estudió Derecho, una etapa en la que descubrió su melomanía: con elementos de contrabando fue capaz de construirse un primitivo equipo de alta fidelidad con los que poder escuchar los discos que sacaba en préstamo de la Casa de América o de las Juventudes Musicales, institución de la que llegó a ser secretario. De forma metódica y constante, escuchó mucha música, principalmente clásica, en su etapa universitaria, experiencia a la que atribuía su reconocido oído musical.
A la producción, Pachón llegó casi por accidente, cuando se tuvo que hacer cargo de una grabación flamenca que había dejado a medias su colega Alfonso Eduardo Pérez Orozco. En ella participaba un ya amigo, el guitarrista Manuel Molina. Por allí aparecieron algunos músicos de la escena rockera sevillana, componentes del incipiente grupo Smash (Gualberto, Julio Matito…), y ahí comenzó una relación que lo llevaría, mediante intervención del mecenas catalán Oriol Regás, a una estancia con todos ellos, a principios de los setenta, en Platja d’Aro (Girona) en lo que sería el primer intento de fusión del rock y el flamenco. Intento alocado y quizás frustrado, pero del que quedó una huella discográfica de una forma un tanto anómala: algunos años después, en 1978, el sello Chapa publicaría el disco Pureza y vanguardia del flamenco, con el cante de Manuel Agujetas acompañado por Manolo Sanlúcar en una cara, y seis gloriosos temas de Smash —desgraciadamente para Pachón, apócrifos— procedentes de esa etapa. Entre ellos se encontraba el famoso Garrotín, junto a otras joyas primigenias.

De regreso a Sevilla, y tras superar unas oposiciones al funcionariado superior de la Diputación de Sevilla, no se acomodó. Su despacho era el lugar adonde acudían todos los gitanos flamencos de la ciudad, con lo que él nunca perdió noción de cuánto se cocía. Fruto de ello fue quizás el conocimiento de la pareja que formaron su viejo amigo El Moli (Manuel Molina) con Lole Montoya. La voz de aquella gitana, con orígenes maternos en Orán, lo cautivó y, con las letras de Juan Manuel Flores y la guitarra de Molina, compusieron un disco que tuvo una repercusión inmediata y popularísima (Nuevo día, 1975). No fue contractualmente fácil aquella grabación, pero sirvió para abrirles las puertas de una multinacional para los siguientes discos: Pasaje del agua (1976) y Romero Verde (1977).
A partir de ese momento, Pachón se convierte en un imprescindible, un George Martin de la música andaluza, que produce lo mismo ese entonces extraño producto, underground y flamenco, que fue el primer disco de Veneno (1977), que el homólogo de Imán. Califato independiente. Pero, sin duda, el punto de inflexión llegaría con la grabación del ya legendario La leyenda del tiempo de Camarón en 1979, otro disco incomprendido en su momento que, con el tiempo, ha llegado a ser valorado como el mejor de los últimos 50 años por la lista elaborada en meses pasados por El País-Babelia.
Conocida es la historia de cómo el productor y un entonces jovencísimo cantaor se conocieron en la Venta de Vargas de San Fernando. Pasados los años, fue el artista isleño, el que, impresionado quizás por la obra de Lole y Manuel, buscaría a Pachón para reorientar su carrera tras nueve discos registrados junto a Paco de Lucía y producidos por el padre de este. Con Molina quiso contar el productor para ese proyecto, pero, tras frustrarse el encuentro por cuestiones fútiles, vio la posibilidad de plasmar un sueño que le perseguía desde que escuchó el disco Rock Encounter, que grabaran en Nueva York el legendario guitarrista flamenco Sabicas con el músico de sesión Joe Beck: poner a un cantaor gitano del carisma de Camarón al frente de una banda de rock. Y así lo hizo, sin olvidar nunca las guitarras flamencas y con la poesía de Lorca, Omar Kayan o las composiciones de Kiko Veneno. El resultado, ya se sabe: la grabación que ha acaparado más textos, análisis y documentales en la historia de la música española reciente.
Pachón completaría hasta una decena de producciones más de Camarón, entre ellas el disco más vendido de la historia del flamenco, Soy gitano, de 1989, con la Royal Philarmonic Orchestra de Londres. También hubo algunas póstumas, extraídas del amplio archivo personal que él conservaba. Porque detrás del productor, siempre estuvo el aficionado entregado que, con su histórico magnetofón Nagra o la moderna cámara de vídeo a cuestas, registraría cientos, quizás miles, de horas de recitales y espectáculos que, unidas al histórico procedente de Morón (María Marrura), constituyen un archivo ingente por cuya conservación siempre luchó.
La labor de producción de Ricardo Pachón continuó mucho tiempo, hasta alcanzar más de un centenar de trabajos, que incluyen desde figuras del rock sevillano, como Silvio, o del malagueño, el grupo Tabletom, hasta alcanzar a la gran Rocío Jurado en La Lola se va a los Puertos. También joyitas de coleccionista como Jerez, Xerez, Sherry de Tomasa la Macanita (1998), A tempo (1991) y Voz de referencia (1993), de Diego Carrasco, o Perraterías (2005), que fue glorioso debut del entonces Tomás de Perrate. Y, sobre todo, más que producciones diríamos que creaciones, los seis discos del grupo Pata Negra, con ese magnífico Blues de la Frontera (1987), de Raimundo y Rafael Amador, los dos últimos solo con el segundo de los hermanos.
Su inquietud y creatividad también alcanzó la producción audiovisual, con un trabajo que fue triplemente premiado, Triana, pura y pura, un documental de 2013, que llegó a estar nominado para los Grammy Latinos como mejor musical. Este y otros trabajos—especialmente Bodas de gloria, con la familia de Los Farruco como protagonista— tuvieron mucho que ver con su compromiso con la etnia gitana, de la que se sintió uno más. No en vano, al hablar del título de sus memorias, siempre decía que eran las de un gitano canastero.
El responsable de grabaciones históricas de discos de Camarón, Lole y Manuel o Kiko Veneno, hoy consideradas las mejores de su tiempo, vivió con los músicos sus experiencias
