A pesar de sus recién cumplidos 80 años y sus más de 55 de exitosa carrera, la distancia ha hecho de la vedette, actriz, presentadora y celebridad todoterreno argentina Moria Casán alguien poco conocido en España. Sospecho que a muchos por aquí les generaría rechazo esa picardía tan suya –y tan nuestra– pasada por la túrmix del ecosistema televisivo argentino, que deja en pañales a los programas más macarras de nuestra historia televisiva. Para acercarla a nuestra latitud, se la podría definir como una mezcla entre Susana Estrada, Lola Flores y Belén Esteban: erotismo, carisma, ingenio, frontalidad y frases lapidarias. Pero me quedaría corta, porque Moria no se parece a nadie. Si en algo se ha empeñado a lo largo de su trayectoria es en cultivar una personalidad única y en –si me permiten el palabro– performarla y retorcerla hasta el paroxismo.
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‘Moria’ brilla más cuanto más se aleja de los acontecimientos históricos y de la santificación vía icono LGTBIQ+ y cuanto más se deja arrollar por sus elementos fantásticos y por las contradicciones del personaje


A pesar de sus recién cumplidos 80 años y sus más de 55 de exitosa carrera, la distancia ha hecho de la vedette, actriz, presentadora y celebridad todoterreno argentina Moria Casán alguien poco conocido en España. Sospecho que a muchos por aquí les generaría rechazo esa picardía tan suya –y tan nuestra– pasada por la túrmix del ecosistema televisivo argentino, que deja en pañales a los programas más macarras de nuestra historia televisiva. Para acercarla a nuestra latitud, se la podría definir como una mezcla entre Susana Estrada, Lola Flores y Belén Esteban: erotismo, carisma, ingenio, frontalidad y frases lapidarias. Pero me quedaría corta, porque Moria no se parece a nadie. Si en algo se ha empeñado a lo largo de su trayectoria es en cultivar una personalidad única y en –si me permiten el palabro– performarla y retorcerla hasta el paroxismo.
Netflix acaba de estrenar Moria, su serie biográfica. Un género que tiene más peligros que considerar a Marcos Llorente una autoridad dermatológica. Primero porque decantar una vida para armar un relato ya, de entrada, suele plantear contradicciones de base: hay vidas llenas de acontecimientos extraordinarios que no tienen el más mínimo interés dramático y personajes extraordinarios cuyas vidas carecen de recorrido narrativo. Segundo, porque si tras él está su protagonista, puede convertirse en una hagiografía impúdica. Y tercero, porque es fácil caer en el síndrome Wikipedia (querer contarlo todo y por el camino olvidarse de contar algo). Y cuarto, por la dificultad de hermanar al público, desde el fan hasta el ajeno al personaje.
Moria es una serie excesiva, delirante, frívola e histriónica. Esto es, como su propia protagonista, a quien le encanta definirse como mostra. Así pues, esta ristra de adjetivos, lejos de constituir un demérito, pueden considerarse, en mayor o menor medida, un halago, sobre todo si uno tiene interés por el personaje. ¿Café para muy cafeteros? Mate para muy materos. Brilla más cuanto más se aleja de los acontecimientos históricos (para pintar una dictadura de cartón piedra mejor ni pintarla) y de la santificación vía icono LGTBIQ+ y cuanto más se deja arrollar por sus elementos fantásticos y las contradicciones del personaje, interpretado en sus tres etapas por Sofía Gala Castiglione (que espero cuente con un buen terapeuta tras haber interpretado a su madre), Griselda Siciliani (mi favorita, protagonista de la época más suculenta) y Cecilia Roth. A las tres las sobrevuela la propia Moria, como una giganta que domina el decorado –“¡El decorado se calla!”, que diría ella misma–. Una serie mostra para la mostra mayor.
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