“El verano es un montón de gente que no sabe lo que hace”. Así termina el periodista —y marino— Enrique Rey su ensayo Melón con jamón. Crónica sentimental de un país al sol (Temas de Hoy). Rey es aficionado al verano y pensador sobre el verano: más allá de esos tres meses que van del solsticio al equinoccio, el estío es un estado del ser teñido de nostalgia de veranos de infancia, esa sensación de quietud y sol, de clase media y pachorra con el Tour de fondo, atravesada por el dulce olor de la crema solar. Un estado mental que, dice Rey, puede que esté terminando. Se diluye este verano del alma, igual que se ha quedado viejuno el melón con jamón del título, en veranos más cortos, menos acompasados, más fragmentados, no faltos de postureo. Y sostenidos, como siempre, por los mismos de siempre: los que curran y los que cuidan.. Seguir leyendo
“El verano es un montón de gente que no sabe lo que hace”. Así termina el periodista —y marino— Enrique Rey su ensayo Melón con jamón. Crónica sentimental de un país al sol (Temas de Hoy). Rey es aficionado al verano y pensador sobre el verano: más allá de esos tres meses que van del solsticio al equinoccio, el estío es un estado del ser teñido de nostalgia de veranos de infancia, esa sensación de quietud y sol, de clase media y pachorra con el Tour de fondo, atravesada por el dulce olor de la crema solar. Un estado mental que, dice Rey, puede que esté terminando. Se diluye este verano del alma, igual que se ha quedado viejuno el melón con jamón del título, en veranos más cortos, menos acompasados, más fragmentados, no faltos de postureo. Y sostenidos, como siempre, por los mismos de siempre: los que curran y los que cuidan.. “El verano es una emoción y una mercancía”, dice Rey. “En España es una locomotora que nos lleva no se sabe bien dónde; es un proyecto perfecto, porque tiene de fondo una emoción que es una constante antropológica”, añade. El ensayista lo tiene claro, porque el verano determinó su vida: nacido y criado en Madrid, pasaba los veranos en Murcia, en el mar Menor, sin otra conexión genética, histórica o sentimental más que el propio veraneo. En aquellos veranos de la infancia se apuntó a la escuela de vela Socaire, en Santiago de la Ribera, la misma donde descubrió su vocación y en la que ahora es profesor. “Desde pequeño fantaseaba con el verano: para mí el peor día del verano era mejor que el día de Reyes”, recuerda a sus 34 años.. Embriagado por las corrientes y los vientos, llegada la hora de elegir carrera, optó por Ingeniería Naval, que cursó en una universidad de secano, la Politécnica de Madrid. “Como mis padres son filólogos les gustó que estudiase una ingeniería, que podría llevarme a algo más lucrativo”, cuenta. Donde le llevó es al punto de partida, la escuela de vela Socaire, donde ahora ejerce de coordinador, actividad que compagina con sus colaboraciones en la revista Icon de EL PAÍS y que ha compaginado también con la escritura de este ensayo cubierto de salitre. “Lo que más me ha gustado de siempre son los barcos y los libros”, dice. En el texto, que le mece a uno como la olas del Mediterráneo, hay barcos y libros, muchos libros, también anuncios de cerveza, canciones del verano, tristezas septembriles, turismo y urbanismo, por supuesto, chiringuitos. Una mirada nostálgica e informada a la que anima una curiosidad cuatridimensional.. Vista general de la playa de la Malvarrosa , en la imagen los bañistas disfrutan aunque las temperaturas del agua han aumentado, el 9 de julio de 2026. Mònica Torres. Para empezar, el verano es una cuestión de clase. Las primeras en veranear fueron las clases altas, que empezaron a frecuentar lugares como Brighton o Biarritz, muchas veces por motivos de salud. “En el siglo XIX se pusieron de moda los baños de olas, se pensaba que eran curativos y aristócratas y burgueses iban a recuperarse a los balnearios de los rigores de la vida urbana”, dice Rey. Como recuerda el ensayista, Marcel Proust visualizaba a esas élites, en A la sombra de las muchachas en flor, veraneando en el Gran Hotel de Balbec, como dentro de un acuario fuera del cual las clases subalternas observaban con gran curiosidad (“Mecidas lentamente entre remolinos de oro”) mientras esperaban para devorarlas. “El cristal finalmente se rompió en torno a los años 60 del siglo XX, cuando las clases medias tuvieron acceso al veraneo”, dice el autor. Eso sí, nadie se comió a nadie: más bien se unieron a la fiesta.. Las vacaciones pagadas (la Segunda República española fue pionera en su creación, con duración de una semana, en 1931) fueron uno de los pilares de las clases medias y acompañaron al estado del bienestar, pero también sirvieron para animar a la incipiente industria del turismo, especialmente importante en España. “El acceso al veraneo no fue precisamente un proceso feliz”, dice Rey, “en el franquismo el veraneante fue tratado como un menor de edad perpetuo: con acceso al placer y al descanso, pero sin derechos políticos”. Algunos pensadores, como Mario Gaviria (discípulo de Henri Lefevbre) vieron en la segunda mitad del XX el veraneo, no tanto como una actividad masiva y alienante, sino como un anticipo imperfecto de la sociedad utópica. Ejemplo: Benidorm, claro está.. El escritor Enrique Rey.ALFONSO DURAN. El verano está cambiando: en época de aceleración civilizatoria, el tiempo de vacaciones es menor, está más fragmentado, trata de exprimirse al máximo con multitud de experiencias (entre la clase de windsurf, el masaje y el restaurante reseñado en Instagram), no todo el mundo se marcha al mismo tiempo y agosto va dejando de ser aquel desierto de sol y paz. “Está desapareciendo una de las características fundamentales del verano, aquella gran pausa en la que el tiempo lento y amplio permitía aburrirse”, dice el ensayista. En general, ¿quién se aburre hoy en día?. En la citada red social hacemos de propagandistas gratuitos a la industria del turismo, con nuestras mejores fotos de calas de ensueño y centollos increíbles. Este año, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), España podría llegar al récord de los 100 millones de visitantes (con el consiguiente negocio y la consiguiente destrucción). Ya sea en el sur, sitio tradicional del turismo masivo y popular, como el norte, destino más discreto y elitista que va cogiendo fuerza como refugio climático, además de como estrategia de distinción. Aunque el postureo siempre ha existido: en el siglo XVIII, ya había obras de teatro que hablaban de familias que se endeudaban para ir de veraneo a la Toscana. “El verano puede verse como un gasto improductivo y un derroche, y las redes sociales lo intensifican. ¿Para qué sirve una moto de agua? Pues para chulearse gastando gasolina”, dice el autor.. Unos turistas llegan a la playa de Benidorm el pasado l 1 de julio.MORELL (EFE). A pesar de lo incrustado que está en la cultura, el verano no es para todos: según publicó el INE en 2025, el 33,4% de los españoles no puede irse ni una semana, porque los salarios son bajos y la precariedad alta. Sosteniendo el verano, los de siempre. Los trabajadores precarios en el sector turístico y las personas dedicadas a los cuidados, que no descansan nunca: esas madres a las que tradicionalmente les ha dado lo mismo cuidar en el barrio que en la playa, mientras el resto del mundo se tumba a la bartola. “Quienes construyen el verano son los que menos pueden disfrutar de él”, insiste Rey.
El periodista Enrique Rey explora las diferentes facetas culturales de las vacaciones en un ensayo tierno, documentado y literario, ‘Melón con jamón’
