Miles de chavales castellanos y leoneses andan ufanos estos días presumiendo de sus selfis con Santiago Abascal. Como antes en Aragón, y antes aún en Extremadura, el líder de Vox se ha dado un atracón de pueblos en la región más extensa de España. Lo ha hecho con aires de celebrity, aclamado en calles y plazas de las nueve provincias de la comunidad autónoma. Las encuestas y el pulso de la calle transmiten las mismas señales: la extrema derecha acude a las elecciones autonómicas de este domingo en Castilla y León con el viento a favor para coronar su tercer éxito en tres meses. Y esta vez, puede que con más apoyo aún.. Seguir leyendo
Miles de chavales castellanos y leoneses andan ufanos estos días presumiendo de sus selfis con Santiago Abascal. Como antes en Aragón, y antes aún en Extremadura, el líder de Vox se ha dado un atracón de pueblos en la región más extensa de España. Lo ha hecho con aires de celebrity, aclamado en calles y plazas de las nueve provincias de la comunidad autónoma. Las encuestas y el pulso de la calle transmiten las mismas señales: la extrema derecha acude a las elecciones autonómicas de este domingo en Castilla y León con el viento a favor para coronar su tercer éxito en tres meses. Y esta vez, puede que con más apoyo aún.
Donald Trump se vanagloriaba de que podría liarse a tiros con los transeúntes en la Quinta Avenida de Nueva York y ni así perdería un voto. Su aliado político español podría decir algo semejante y costaría trabajo contradecirlo. Vox vive en una especie de purga interna permanente, la última contra Javier Ortega Smith, cofundador del partido y antigua mano derecha de Abascal, quien ha acusado a sus dirigentes de actuar por oscuros intereses económicos. Los ultras se alinean con Trump en una guerra contra Irán extraordinariamente impopular y con serias consecuencias para el coste de la vida de los ciudadanos. En Extremadura y Aragón, Vox bloquea la formación de nuevos gobiernos por un apenas disimulado interés electoralista. Su programa autonómico es un corte y pega idéntico con independencia del territorio. Cualquiera de esas cosas seguramente pasaría factura a cualquier otro partido. A Vox, salvo monumental sorpresa este domingo en las urnas, no parecen haberle infligido ni un rasguño.
Castilla y León encierra un significado especial para el partido de Abascal porque fue la primera comunidad autónoma en la que entró en el Gobierno como socio minoritario del PP. Aquí parte de un suelo electoral mayor que en otras comunidades. En las anteriores elecciones de 2022 alcanzó un 17,8% de los votos, similar a lo que le otorgan ahora las encuestas en el conjunto de España y a lo recogido, cuatro años y notables subidas después, en Extremadura y Aragón. Abascal persigue la conquista de un nuevo límite y demostrar así que todavía puede seguir avanzando desde esos porcentajes. Los sondeos le prevén un crecimiento más modesto que en las dos últimas elecciones. Aun así, suficiente para rebasar la barrera del 20%. Todo lo que pudiera progresar a partir de ahí mandaría el mensaje de que tampoco en España se vislumbra de momento un freno al empuje de la ultraderecha.
La letra grande de estas elecciones no ofrece dudas: la derecha, en el poder desde hace 39 años en la Junta con sede en Valldolid, renovará su mayoría, ahora repartida entre dos candidaturas, lejos los tiempos del monopolio del PP. La letra pequeña, en cambio, esconde muchas incógnitas y lecturas bajo la perspectiva política nacional. Las urnas calibrarán la resistencia del PP, que viene de encajar en Extremadura y Aragón sendas victorias etimológicamente pírricas: aquellas que proporcionan más perjuicios que beneficios. El PSOE confía en encontrar alivio tras las dos recientes debacles autonómicas. En el peor de los casos, con un retroceso amortiguado. Y, en el mejor, empatando o incluso superando al PP, objetivo en el que insisten los dirigentes regionales aun a riesgo de que se les vuelva en contra si no logran cumplirlo.
“Esto no son unas elecciones autonómicas como otras, son como nueve elecciones autonómicas a la vez, una por provincia”, describe un dirigente socialista para subrayar la complejidad de un territorio que comprende desde Aragón hasta Portugal y Galicia. Un conjunto de nueve provincias que, cuatro décadas después de acceder al autogobierno, no ha logrado que prenda un sentimiento de identidad común. Además de los partidos nacionales, en las Cortes salientes se sentaron tres formaciones de ámbito regional o local: Unión del Pueblo Leonés (UPL), que defiende una autonomía propia con Zamora y Salamanca, Soria Ya —primera fuerza en la provincia en 2022— y Por Ávila, fundada por desafectos del PP. Esta proliferación de siglas aporta incertidumbres añadidas. En León, se barrunta una disputa a tres por la primera plaza entre PSOE, PP y UPL. Con la ley D’Hont, cualquier pequeña variación entre ellos es susceptible de condicionar el reparto de escaños.
El protagonismo de Abascal y el dolor de muelas que está causando a los populares en las dos comunidades pendientes de formar gobierno han tenido un efecto nuevo sobre la campaña: ha acabado registrándose más confrontación dialéctica entre las fuerzas de la derecha que entre los dos principales partidos. Alberto Núñez Feijóo, muy activo en pueblos y ciudades, se ha lanzado a tumba abierta contra Abascal, del que llegó a decir: “No van a darme lecciones quienes no han ganado nunca”. El candidato del PP y actual presidente, Alfonso Fernández Mañueco (60 años), indignó a Vox al sostener en uno de los debates televisivos que el cabeza de lista ultra, Carlos Pollán (58 años), querría “tirar los inmigrantes al mar”. Abascal ha ido de pueblo en pueblo denunciando la “estafa” al PP.
Tras las expectativas defraudadas en Extremadura y Aragón, el PP se ha fijado metas modestas. Mañueco ha repetido que se conformaría con sumar un simple voto y un escaño más. Los populares disponen de una maquinaria y una red de poder inigualables. En campaña aseguran que han conseguido llegar a los 2.248 municipios. Más del 70% de ellos tienen alcalde del PP, que controla además ocho de las nueve diputaciones provinciales, todas salvo León. Este domingo, los populares desplegarán un ejército de 9.000 agentes electorales. Feijóo y Mañueco han aleccionado a sus representantes municipales para que echen el resto como si fuera su propio puesto el que estuviera en disputa.
Cordón al sanchismo
El PP ha embestido contra Vox al tiempo que se cerraba la puerta a cualquier alianza que no sea con la extrema derecha. El candidato socialista, Carlos Martínez (53 años), rompió con la estrategia habitual de su partido y ofreció a Mañueco que ambos se comprometieran a permitir que gobierne la lista más votada. En el debate en TVE lo escenificó acercándose al popular para ofrecerle su mano. Mañueco la rechazó. El único cordón sanitario que entiende el PP es el que aisle al sanchismo. “Nunca pactaremos con él”, insistió el actual presidente un día tras otro.
Martínez, alcalde de Soria desde 2007 con grandes mayorías absolutas, ha recibido el respaldo sin fisuras de Pedro Sánchez, a pesar de que sus credenciales son poco sanchistas. En las primarias del PSOE no apoyó al actual presidente y en 2016 defendió la abstención en la investidura de Mariano Rajoy. El gran adversario interno de Sánchez, el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, echó una mano en la campaña, invitado por otra crítica con la dirección, la alcaldesa de Palencia, Miriam Andrés. Martínez ha reprochado a Mañueco que emplease el “comodín de Sánchez” para atacarlo. El popular le ha respondido tachándolo de “sanchista fijo discontinuo”. Tras solo un año al frente del partido, Martínez recoge una buena valoración, con el lastre de un conocimiento bajo fuera de su provincia.
El PSOE regional —no tanto Ferraz— ha alimentado la esperanza de erigirse en la fuerza más votada. En 2022, los populares le ganaron por poco más de un punto. Las encuestas vuelven a situar al PP por delante, la mayoría con una exigua ventaja equivalente a los márgenes de error de las investigaciones demoscópicas. En el PSOE hablan de “empate técnico”. El gancho de Martínez en la tierra donde gobierna le sitúa en buena posición para recuperar parte del gran terreno que en 2022 arrebató a los socialistas Soria Ya. Por el contrario, en León es el PSOE el que se perfila como primera víctima del previsible avance de UPL, que aspira a contar por primera vez con grupo parlamentario en las Cortes de Valladolid.
Alcanzar el Gobierno es un imposible para el PSOE. Según todas las predicciones, los votos de los pequeños partidos no bastarán para completar la mayoría absoluta —42 de los 82 procuradores de las Cortes—, ni siquiera al PP si quisiera librarse del yugo de Vox. Pero obtener la primera plaza devolvería al PSOE —y al Gobierno de Sánchez— parte de la moral perdida tras la sucesión de batacazos.

Castellanos y leoneses acudirán a votar con los misiles y drones surcando los cielos de Oriente Medio y los mercados al borde de la histeria. Martínez ha seguido la tónica general de centrar la campaña en cuestiones locales —con la despoblación como tema principal—, lo que no ha impedido que en los últimos días el No a la guerra se dejase a sentir en sus mítines. Aun sin atreverse a pronosticar que la respuesta del Gobierno al eco de las bombas vaya a tener una gran incidencia, en el PSOE lo ven como un elemento movilizador. En la recta final, los socialistas han subido al atril de oradores a José Luis Rodríguez Zapatero, con sus recuerdos de la invasión de Irak y su decisión, nada más llegar al Gobierno, de retirar los soldados españoles de aquel país. “¡Y qué a gusto me quedé!”, presumió, entre el alborozo del público, en un mitin en Segovia.
En 2003, cuando la guerra de Irak, apoyada con fervor por el entonces presidente, José María Aznar, suscitaba el rechazo de casi el 90% de los españoles, se celebraron también elecciones autonómicas. En Castilla y León el conflicto no dañó lo más mínimo al PP, que arrasó con casi el 50%. Los populares creen que ahora tampoco les afectará. Un destacado dirigente popular concede, eso sí, que la firmeza de Sánchez contra la guerra “puede ayudar a que se concentren en el PSOE los votos de la izquierda”.
Si ocurriese esto último, sería la puntilla para las formaciones de ese espacio. Como ya sucedió en Aragón, comparecen por separado, de un lado la coalición En Común-IU-Sumar-Verdes- y del otro Podemos. Este último —cuyo candidato, Miguel Ángel Llamas, denunció este sábado un intento de agresión en la calle— tenía un escaño en las Cortes disueltas. Ahora las encuestas lo desahucian. La esperanza de En Común, alimentada por los sondeos, es arañar un procurador por Valladolid, la más poblada de las nueve provincias.
