Como si por entonces supiera que el futuro le esperaba en el techo del fútbol, en cuanto tuvo ocasión, a los 16 años, Lamine Yamal enseñó al mundo su pasado: pidió a Adidas que pintara tres banderas en sus botas blancas (Guinea Ecuatorial, Marruecos y España). Su madre. Su padre. Él.. Seguir leyendo
Como si por entonces supiera que el futuro le esperaba en el techo del fútbol, en cuanto tuvo ocasión, a los 16 años, Lamine Yamal enseñó al mundo su pasado: pidió a Adidas que pintara tres banderas en sus botas blancas (Guinea Ecuatorial, Marruecos y España). Su madre. Su padre. Él.
Meses más tarde, en la goleada del Barcelona al Real Madrid en el Santiago Bernabéu, Lamine Yamal escuchó cómo una parte de la afición le gritaba: “Hijo de puta, mena de mierda, negro de mierda”.
No era la primera vez que le pasaba. Pero sí era la primera vez que el altavoz del odio era tan potente. Lamine conoce el contexto. Sabe, por ejemplo, que a su padre se las pueden hacer pasar canutas en los controles de los aeropuertos. “Por lo general”, cuentan quienes conocen al 10 del Barcelona, “no le da importancia. Es como si tuviera una resina en la piel y las agresiones le resbalaran”. Como si esa capa invisible se le hubiese formado de escucharlas durante toda la vida. Sobre todo en su infancia, criado en el duro barrio de Rocafonda, en Mataró.
Hasta que uno se cansa. Durante un partido amistoso entre España y Egipto, una gran parte de la afición en el RCDE Stadium comenzó a cantar: “Musulmán el que no bote”. Cuando terminó el duelo, se lo vio pasar cabizbajo por la zona mixta del campo del Espanyol. Al día siguiente, le habló a sus más de 40 millones de seguidores en Instagram: “Sé que iba dirigido al equipo rival y no era algo personal contra mí, pero, como persona musulmana, no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable”.
A Lamine no le pasó como a parte de la afición del Madrid y no dejó que pasaran meses, sino días, para que su pensamiento volviera a la palestra. Y esta vez no fueron palabras, sino un gesto. Igual de masivo, probablemente más potente, definitivamente muy polémico. Nada que le meta el miedo en el cuerpo a un pibe rebelde como Lamine Yamal. En la rúa de campeones del Barça, tomó la bandera de Palestina de uno de los casi 750.000 seguidores que acompañaron el autocar azulgrana por las calles de Barcelona. Y la ondeó.
Hansi Flick, su entrenador en el Barcelona, entre ese lugar incómodo en el que todavía respira una parte de Alemania —la herencia de la culpa que no se disuelve— y la sombra de Pini Zahavi, representante de religión judía que facilitó su llegada al Camp Nou, condenó el gesto de Lamine. “Son cosas que no me gustan”, dijo el técnico azulgrana. Después vino lo otro. Siempre viene lo otro: el gesto paternal. “He hablado con él y, si quiere hacerlo, es su decisión. Tiene 18 años.” A algunos les pareció sorpresivo.
Entonces apareció Israel. “Eligió incitar contra Israel y fomentar el odio”, dijo su ministro de Defensa, Israel Katz. A muchos les pareció normal.
Pero, en realidad, lo que acostumbra a pasar es otra cosa: a los atletas se los prefiere tan poco sorpresivos como normales. Es decir, callados, dóciles y útiles. Siempre.

Muchos mitos se construyen a partir de los silencios. Se escribió poco de la gestión humana de Johan Cruyff. Se conocen pocas diabluras de Messi, como también se acostumbra a camuflar como competitividad el carácter difícil de Fernando Alonso. Ni hablar de Rafael Nadal o Roger Federer, dos tipos prácticamente inmaculados, ejemplares padres de familia, símbolos del atleta limpio. Todos unos imanes para las marcas.
Existieron —y existen— otros deportistas. “¿Por qué siempre me gusta luchar contra los poderosos?”, se preguntaba Diego Maradona; “muy simple: porque me repatea el hígado la injusticia. Y en este mundo, incluido el mundo del fútbol, hay excesos de injusticias”. Muhammad Ali, en el apogeo de su carrera, se negó a combatir en Vietnam. Le costó cuatro años de sanción: “¿Por qué me piden que vaya a la guerra a matar a gente, cuando en Louisville los negros son tratados como perros?”. Serena Williams, siempre en la diana, citó a Maya Angelou: “¿Mi descaro te molesta? ¿Mi arrogancia te ofende? ¿Mi sensualidad te molesta? ¿Surge como una sorpresa que yo baile como si tuviera diamantes ahí, donde se encuentran mis muslos?”. Y Megan Rapinoe desafió: “La verdadera victoria no se trata solo de ganar un juego, sino de utilizar nuestra influencia para generar un cambio positivo en el mundo”. Un pobre, un musulmán, una negra y una feminista. Todos rebeldes. Ninguno generó la unanimidad de Cruyff, Messi, Nadal o Federer.
A Lamine se le exige ser extraordinario en el campo y ordinario fuera de él. Como si existiera un interruptor para su carácter, tan inspirador como provocador, igual de genial que rebelde. No es un activista ni un militante. Es un pibe curioso, con ideas más imperfectas (perfectas) que ser el chico perfecto (imperfecto) del patrocinador de turno. Qué difícil, qué curioso para Lamine. Los que alardean de sus diferencias lo quieren igual. Sin sus banderas. O mejor, solo con una: la de España.
