La ultraderecha no ha conquistado Europa. Pero está ganado una batalla clave, la que decide de qué se habla, qué problemas parecen urgentes y qué respuestas se consideran razonables. En la lucha por el relato, las fuerzas populistas avanzan con ventaja, impulsadas por el descontento social y los algoritmos. Y alimentadas desde el otro lado del Atlántico por el movimiento ultraconservador que ha alzado a Donald Trump, que ha puesto en su diana al proyecto europeo.. Seguir leyendo
La ultraderecha no ha conquistado Europa. Pero está ganado una batalla clave, la que decide de qué se habla, qué problemas parecen urgentes y qué respuestas se consideran razonables. En la lucha por el relato, las fuerzas populistas avanzan con ventaja, impulsadas por el descontento social y los algoritmos. Y alimentadas desde el otro lado del Atlántico por el movimiento ultraconservador que ha alzado a Donald Trump, que ha puesto en su diana al proyecto europeo.
El pasado domingo, Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo un espectacular 43,8% en las elecciones de Sajonia-Anhalt. La formación antiinmigración, prorrusa y euroescéptica quedó a solo tres escaños de la mayoría absoluta en el Parlamento regional. En cambio, la derecha tradicional, la CDU de Friedrich Merz, cayó hasta el 17,2%. Un resultado que empujó al canciller a reconocer que la situación ha cambiado no solo en ese pequeño Estado oriental de Alemania sino en todo el país.
La victoria electoral no garantiza el Gobierno regional a AfD, que necesita apoyos (podría dárselos la izquierda populista de BSW). La CDU mantiene el tradicional cortafuegos contra la ultraderecha. Si embargo, aunque el cordón sanitario se mantenga en Alemania, la realidad es que los ultras no necesitan las llaves de una cancillería para cambiar el comportamiento del resto de partidos. Merz ya ha endurecido aún más sus posturas sobre el presupuesto comunitario, por ejemplo.
Y el panorama es similar en el resto de Europa, donde la ola ultra y populista —como se vio en las elecciones al Parlamento Europeo de 2024— se ha convertido en una marea que ha arrastrado más a la derecha, radicalizado las posturas de los conservadores tradicionales y marca el discurso de la mayoría de las fuerzas políticas. En 2027, un superaño electoral, con comicios clave en Francia, Italia, Polonia o España, entre otros, se disputará también una batalla por el relato. La ultraderecha ya gobierna o cogobierna en ocho de 27 Estados miembros del Consejo Europeo. Y esas fuerzas marcan la conversación en Bruselas en inmigración, en temas medioambientales y energéticos.

“El panorama político ha mutado. El desencanto de los votantes es enorme y las fuerzas tradicionales no están sabiendo conectar con ellos”, avisa una alta fuente comunitaria. “Ahora, el desafío es cómo recuperar a ese electorado que se ha marchado a la extrema derecha sin asumir el marco político que esas fuerzas ultras han conseguido imponer”, añade. Le preocupa especialmente la campaña electoral francesa, donde la ultraderecha de Marine Le Pen aparece en una posición fuerte en los sondeos. En la segunda economía de la UE —junto a Alemania el ancla y motor del club comunitario—, la derecha radical también está consiguiendo moldear la conversación.
A finales de agosto, Gabriel Attal, ex primer ministro de Emmanuel Macron y uno de los principales candidatos de centro, defendió la introducción de cuotas restrictivas de inmigración algo para lo que habría que modificar la Constitución, reconoció. Un tabú que aseguró que estaba dispuesto a romper. “Controlar la inmigración es uno de los grandes fracasos de los dos últimos mandatos presidenciales”, afirmó Attal en una entrevista con Le Journal de Dimanche.
Édouard Philippe, el otro gran candidato del centro y también antiguo primer ministro de Macron, respondió desde una posición parecida. Tras la crisis migratoria de Ceuta propuso normas para impedir que un Estado pudiera realizar por su cuenta una regularización masiva y habló de suspender determinadas solicitudes de asilo y reagrupación familiar.
Los candidatos del centro y de la derecha tradicional temen que Le Pen y su Reagrupación Nacional los desborden por ese flanco, resumía hace unos días el analista de Ipsos Brice Teinturier. La ultraderechista ha logrado imponer los términos del discurso migratorio en el debate francés, pese a que la inmigración ocupa el sexto lugar entre las preocupaciones de los franceses, según un sondeo de julio de Ipsos BVA-CESI, por detrás del poder adquisitivo, las prestaciones sociales, la delincuencia, el medio ambiente y la deuda. Y entre los votantes centristas es un tema que tiene aún menos peso. Además, los datos de Frontex, la agencia europea de fronteras, muestran que las entradas irregulares a la UE se han desplomado en la inmensa mayoría de las rutas.

Sin embargo, la inmigración es un tema “profundamente emocional”, dice un veterano diplomático europeo, que ha visto el viraje de la UE al endurecimiento actual. Un grupo de Estados miembros, encabezado por Dinamarca —gobernado por una coalición encabezada por la socialdemócrata Mette Frederiksen— negocia abrir centros de deportación para solicitantes de asilo en países de fuera de territorio comunitario. Una idea que antes de la pandemia, en la Europa que despreciaba los muros, habría sido absolutamente impensable.
El politólogo holandés Cas Mudde, profesor de la Universidad de Georgia, lleva años advirtiendo de ese proceso de normalización. La extrema derecha es ya en muchos casos mainstream advierte en un reciente análisis para el centro Carnegie. Y no solo porque sus partidos ganan votos, también porque sus ideas han dejado de ser excepcionales, sus diagnósticos entran en la conversión política general y sus adversarios empiezan a responderles en lugar de disputarles el terreno.
Thomas Wright, investigador del Instituto Brookins, explica esa realidad con el concepto de la ventana de Overton —por el académico Joseph Overton—, que describe el rango aceptable de discurso político en una sociedad. La ventana de Overton de Europa se encontraba entreabierta en la era posterior a la Guerra Fría, cuando centroderecha y centroizquierda dominaban la política europea con sus desencuentros sobre impuestos y gasto público pero coincidían en la globalización, la UE y las sociedades abiertas. Tras la guerra de Irak de 2003, la crisis financiera de 2008-2009 y la crisis de refugiados de 2015, la ventana se amplió, dice Wright. Los ciudadanos descontentos estaban abiertos a nuevas ideas y nuevas fuerzas supieron capitalizarlas. Ahora, nuevos y viejos políticos han utilizado las herramientas que les ofrecen las redes sociales y esa ventana es todavía más amplia.

La inmigración vista como un problema de seguridad es uno de esos ejemplos en los que se ve que los límites entre la derecha tradicional y la radical son hoy extremadamente porosos. Pero no es el único tema, los conservadores tradicionales también han asumido algunos de los argumentos de los ultras de que la agenda verde y energética están lastrando la competitividad y la industria de Europa. En Bruselas, el Partido Popular Europeo (PPE) ha adoptado lo que un análisis reciente llama la “agenda Giorgia” —convergencia con la ultraderechista italiana Meloni en migración, pacto verde, demografía y ONG— y hace tiempo que dinamitó el cordón sanitario para pactar con algunos partidos de ultraderecha.
Así es como avanza la normalización, dice Nicolai von Ondarza,jefe de la división de investigación UE/Europa en la Stiftung Wissenschaft und Politik (SWP), aunque nadie busque abiertamente acelerarla. Tras las elecciones europeas, el PPE tiene, además, los números para formar sus coaliciones tanto más a la izquierda como a la derecha.
A corto plazo, dice Von Ondarza, esto significa una posición de fuerza, porque los liberales de Renew, socialdemócratas y los verdes no tienen opción de mayoría sin la derecha tradicional. “Esto significa que, si rompen con el PPE, allanan el camino para una mayor cooperación entre el PPE y la extrema derecha”, dice. “Pero a largo plazo, esto refuerza a la extrema derecha y normaliza sus políticas. Si los partidos de extrema derecha siguen avanzando en la política nacional de cara a 2027, el PPE podría acabar convirtiéndose en el socio menor, tal como ocurrió en Italia”, advierte por correo electrónico.
Italia es el gran laboratorio de esa normalización, señalan analistas y expertos. Allí, Forza Italia, heredera directa de la familia democristiana es hoy furgón de cola de Fratelli d’Italia. El país transalpino y su enrevesada política también ha servido de patrón para la diferenciación que se hace en Bruselas de la ultraderecha donde algunos partidos radicales —quienes defienden a Ucrania y a la OTAN, como Fratelli— se consideran aceptables y otros, como el prorruso Alternativa para Alemania, por ahora no lo son.
En la capital comunitaria, donde esta semana el resultado electoral en Sajonia-Anhalt se ha visto como un aperitivo de un periodo político complejo en distintos países, se mira hacia Francia con enorme inquietud. “La UE tiene anticuerpos contra los ataques a la democracia y el liberalismo, pero eso no significa que si la ultraderecha avanza no se vaya a resentir el proyecto europeo”, dice la alta fuente de Bruselas. La Comisión Europea trata de acelerar y cerrar los principales y más divisivos asuntos antes de la campaña francesa para que el presupuesto multianual o la eliminación de los motores de combustión de los vehículos no se conviertan también en parte de la pelea política nacional. Pero la batalla por el relato se ha recrudecido.
