Del agradecimiento y el orgullo por la selección, al desconcierto: en un puñado de horas, las que transcurrieron desde la madrugada de saltos y cánticos junto al Obelisco, Argentina sufrió varios golpes de realidad. El primero, digerir la derrota en la final ante España, ese dato, entre tantos otros, que marca que la Albiceleste no chutó entre los tres palos hasta el minuto 116. El segundo, que en gran parte del planeta se volvía a cuestionar el saber perder de los argentinos. Y el tercero, que buena parte de la selección, partiendo de Leo Messi, no pisaría el país. Ni título, ni festejo. Tampoco el día festivo que Javier Milei había anunciado en sus redes sociales en un mensaje «a la población», y cuya fecha y formato quedaba en manos de la selección.
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