
El poder iconográfico de la cultura popular es maravilloso. Una película, un cómic o las fotos promocionales de un disco —si están elaboradas con suficiente ingenio y gozan de una poderosa puesta en escena— pueden devenir en imitaciones ejecutadas por ciudadanos de a pie, casi siempre adolescentes o posadolescentes, por eso de que la juventud es inmune al ridículo.
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Nuestro acontecimiento estético actual es la religión. No ha habido en el planeta una fábrica de tendencias como el catolicismo, que ha creado el imaginario más poderoso de la humanidad


El poder iconográfico de la cultura popular es maravilloso. Una película, un cómic o las fotos promocionales de un disco —si están elaboradas con suficiente ingenio y gozan de una poderosa puesta en escena— pueden devenir en imitaciones ejecutadas por ciudadanos de a pie, casi siempre adolescentes o posadolescentes, por eso de que la juventud es inmune al ridículo.
Que un grupo de naturaleza violenta como los Bowery Boys (cuyo líder William Poole “el Carnicero” fue interpretado por Daniel Day-Lewis en Gangs of New York) tuviera un efecto llamada fue en parte gracias a la prensa sensacionalista de la época, raíz de la cultura del entretenimiento. En 2026 (doscientos años después), tenemos a esos entrañables preadolescentes que se llaman “bro” e imitan los gestos de esos matones de barrio que, si se los cruzasen, mínimo les darían una docena de collejas. En la primavera de 1999 se estrenó la primera entrega de The Matrix, una película sensacional que, entre otras cosas, conectó con una juventud que encontraba en internet una entrada a una inteligencia global que, por obra y gracia del turbocapitalismo, estaba destinada a convertirse en idiocia global. The Matrix, heredera de las novelas de William Gibson, llevó una moda ciberpunk “ponible” a las calles. Nadie (o casi nadie) se iba a vestir como en Liquid Sky, pero sí era posible vestirse como en The Matrix gracias a la visonaria Kym Barrett. Su vestuario en la película era toda una declaración de intenciones.
Nuestro acontecimiento estético ahora es la religión. No ha habido en el planeta una fábrica de tendencias como el catolicismo, que ha creado la iconografía más poderosa de la humanidad. Mal vista en tiempos de materialismo, la religiosidad estaba latente. No creo que las (y los) cosplayers —que lo son, aunque no lo sepan— que han ido a los conciertos de Rosalía, que la han imitado en fotos y saraos, hayan oído hablar de Medjugorje o de las Iesu Communio, y no creo tampoco que les fuera a llamar la atención. Tampoco creo que las famosas y famosillas que han procesionado con peineta y mantilla tengan más intención que salir guapas y muy españolas en las fotos. Andan algunas voces muy sulfuradas por la llamada religiosa de la juventud, pero que no se preocupen, porque mañana saldrá otro disco, otra serie, otro libro (es broma… no va a pasar con ningún libro) que arrastre a las masas. El hábito no hace al monje.
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