De un cuento de hadas a la peor de las pesadillas. Así fueron los últimos 30 kilómetros de la etapa para Remco Evenepoel, que, después de que Bora, su equipo, partiera al pelotón en dos tras un abanico, arrancó frenético para enseñar la matrícula al pelotón. Tenía una cita con la gloria. O, al menos, eso pensaba porque su gozo, poco a poco, fue ennegreciéndose. Más que nada porque Vingegaard saltó tras él y le hizo de sombra, único en aguantar esas pedaladas de fuego, conforme con quedarse a rebufo porque sabe que su terreno es cuesta arriba por más que se defienda en las contrarrelojes, que si llegaban bien y si no también, que a él ya le valía con no perder tiempo, que su momento ya llegaría. De nada sirvieron los aspavientos de Remco, molesto porque no compartían objetivo y porque se complicaba su victoria de etapa. Y bien que se le enredó porque con 500 metros para la bandera a cuadros, en la última de las rotondas, parecieron chocar las ruedas de ambos y Evenepoel se dio de bruces con el suelo. “No sabe ni él lo que ha pasado”, concedió Patxi Vila, director deportivo de Bora. Sangre y rechistes, reniegos y torcida de gesto. Adiós a una victoria de galones. Por delante, Vingegaard se dejó ir —“no quería aprovecharme de una situación así”, confesó el danés en meta—, por lo que Dorian Godon, francés de Ineos, ganador de la primera etapa, volvió a demostrar que es el más rápido del pelotón, dos de tres posibles, toda una gesta.. Seguir leyendo
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